NACIONALISMOS, TERRITORIOS Y EL RIESGO DEL AUTORITARISMO

“America first” es un eslogan que, junto a su promotor –el señor Trump- son un ejemplo paradigmático que sintetiza cuanto tratamos de reflejar en este artículo respecto a los riesgos que los nacionalismos representan para el desarrollo de políticas autoritarias en territorios físicos, que los nacionalistas no identifican con todos los que los habitan, sino sólo con los que están impregnados del mismo concepto de “nación” que el que formula las políticas nacionalistas. Y nos interesa esta triple relación entre “territorio”, “nacionalismo” y “autoritarismo” no sólo por los graves riesgos –a los que tratamos de hacer referencia en este artículo- que implica para un mundo desarrollado con inestabilidades crecientes (financieras, socioeconómicas, ambientales y de sostenibilidad), sino por las graves consecuencias que puede tener para abordar las inevitables crisis que se producirán en los próximos años.

No creo que sea preciso definir los conceptos involucrados –nacionalismo, territorio, autoritarismo- pero sí creo que es conveniente pasar una rápida mirada a los aspectos relacionados con los elementos económicos y ambientales que nos preocupan específicamente desde los objetivos de esta sección de Políticas de la Tierra. Y, en particular, nos interesa considerar en qué medida han influido y pueden influir en un futuro próximo sobre este trinomio nacionalismo-territorio-autoritarismo estas crisis asociadas a:

  • la subordinación de la economía productiva a la financiero-especulativa,
  • la globalización-deslocalización de empresas,
  • la crisis financiero-especulativa de 2008 y sus repercusiones en el bienestar de los ciudadanos y en el deterioro de las condiciones socioeconómicas de las clases medias,
  • una geoestrategia global de control territorial que, junto a las crisis ambientales han dado lugar a fuertes flujos migratorios que han tensionado las relaciones sociales en territorios ya gravemente impactados por los procesos anteriores,
  • un deterioro de la valoración del papel de la política y de la democracia, que se ha visto fuertemente afectada por la difusión generalizada de casos de corrupción y por la evidente priorización política de los intereses de los grandes grupos económicos sobre los intereses generales de los ciudadanos.

Es evidente que los aspectos anteriores no son los únicos que están detrás de los últimos resultados electorales registrados en los países desarrollados que vamos a considerar en este artículo -EEUU, Gran Bretaña, Francia y Alemania-, y que existen casos –como la actual situación catalana, o podría ser el caso de los flamencos en Bélgica, entre otros- en los que existen aspectos antropológicos determinantes del comportamiento de una parte muy significativa de sus ciudadanos, que no van a ser tampoco objeto de este artículo, pero con los que, en todo caso, interrelacionan los elementos antes considerados, que son los que nos interesan a efectos de establecer las consecuencias potenciales que esta interrelación puede tener hacia el futuro. Dejaremos también al margen el análisis de la denominada “explosión populista” –tanto de derecha como de izquierda- reflejo del apartado 5º anterior, y que indudablemente forma parte de la influencia que las crisis socioeconómicas generan sobre la democracia y sobre la crisis de los partidos tradicionales.

El primer ejemplo paradigmático de cómo las desigualdades territoriales, la primacía de los intereses financiero-especulativos y los efectos de las crisis señaladas han coadyuvado un resultado electoral inesperado lo encontramos en la Gran Bretaña, tanto en el referéndum del 23 de junio de 2016 para la salida de la UE (Brexit), con la debacle de los tres principales partidos de Gran Bretaña con una abrumadora mayoría en el Parlamento, como a los resultados es las siguientes elecciones en las que el principal partido –el conservador- perdió un 20% de su ventaja electoral, y está en la actualidad sumido en una fuerte crisis ante la gestión de dicha salida.

Considerando la dimensión territorial de los votos, todas las regiones, salvo Escocia, Irlanda del Norte y el Gran Londres votaron mayoritariamente a favor del Brexit. Los aproximadamente seis millones de votos en las regiones históricamente industriales de Inglaterra fueron determinantes del triunfo de la salida, destacando el peso de las regiones con mayor declive relativo en las últimas dos décadas, a la vez que cobraban especial relevancia los votos de los ámbitos con niveles más bajos de educación, ingresos y grado ocupacional.

Aunque también fueron relevantes los resultados pro Brexit en los ámbitos sociales con mayor añoranza de la grandeza de Inglaterra, donde residen numerosos pensionistas adinerados (condados tories tradicionales), queda poco duda sobre la importancia de las desigualdades territoriales y sociales en la reacción popular ante las grandes diferencias entre el Gran Londres y estos territorios, de la que eran responsables principales los Gobiernos conservadores desde Thatcher, pero en la que colaboraron también activamente los Gobiernos laboristas. También estaba presente en la reacción de muchos de estos territorios afectados por la desindustrialización, el desempleo y la pérdida de bienestar, el discurso xenófobo de partidos nacionalistas autoritarios que, tanto por su incidencia en la hostilidad hacia los inmigrantes, como con sus “posverdades” reiteradas hasta hacerlas creíbles, favorecieron el situar a la UE como chivo expiatorio de su situación. Pero la comprensión de la distribución territorial del voto antieuropeo y los resultados finales de las elecciones de 2017 permiten establecer que no existe sólo un estallido xenófobo o una añoranza nacionalista del “imperio”, sino una protesta social más profunda contra las desigualdades territoriales y sociales producidas por los regímenes –conservadores y laboristas- a través de sus políticas neoliberales desde 1977, y de su ayuda-rescate al capital financiero a costa del deterioro de la sociedad del bienestar.

En el caso de la elección de Donald Trump en EEUU, se dispone de numerosos análisis (desde la derecha, el centro o la izquierda intelectual americana, todos ellos desconcertados inicialmente por su triunfo) que nos permiten acercarnos a un mínimo común denominador de cómo los factores anteriores (financiarización-deslocalización, especulación, deterioro de la sociedad del bienestar y de las clases medias, inmigración, corrupción y deterioro democrático) influyeron en el desbordamiento, primero, de los candidatos oficiales del partido republicano y, después, en el triunfo de Trump sobre Clinton –pese a que tuvo 2,9 millones de votos menos- favorecido por un sistema de votación que permite que con menos de 78.000 votos más en tres Estados (Pennsylvania, Michigan y Wisconsin) obtuviera una gran ventaja en el Colegio Electoral decisivo para la elección (304 votos electorales frente a 227 de Clinton).

Aunque en EEUU la movilización electoral es reducida y las dificultades para el voto de las personas con menos recursos son elevadas, desde 2004, con la reelección de Bush, no ha habido grandes variaciones en el número de votantes totales (137 millones de votantes, que representan del orden del 59% de los inscritos, que son a su vez menos del 43% de la población total, la cifra más baja de todo el mundo desarrollado) y sólo pequeños cambios en el “desagrado” de uno u otro candidato han influido en los resultados que han llevado a Trump a la Presidencia.

Pero también ha sido determinante una política continuista de Obama con la que los bancos fueron rescatados, los ejecutivos que propiciaron una delincuencia especuladora no han recibido castigo –e incluso muchos han sido premiados con puestos muy bien remunerados-, no se concedieron ayudas a la inmensidad de la población que tuvo problemas graves con sus hipotecas, y la participación de los trabajadores y de las clases medias en la renta continuó disminuyendo, mientras el 1% más favorecido se hizo proporcionalmente más rico con una “flexibilización cuantitativa” propiciadora de unas bajas tasas de interés, que si bien ayudaron a sacar a Estados Unidos de la recesión y redujeron gradualmente el desempleo oficial generando crecimiento, lo han hecho de una manera territorial y socialmente desigual y desequilibradora, a la vez que han propiciado una reducción sostenida de la productividad de los factores de la economía real no especulativa. Y ello aunque no deban desdeñarse los avances ambientales –apoyo a los Acuerdos de París contra el Cambio Climático e intentos de introducir un mayor peso a la política de sostenibilidad energética en el país- o los producidos en la cobertura médica de la población que, sin embargo, ha marchado en paralelo con el hecho de que las tasas de mortalidad entre los trabajadores blancos –las denominadas muertes de la desesperación por drogas o suicidio- hayan seguido aumentando por la presión financiera derivada de la crisis de la “explosión” de la burbuja especulativa y fuera acompañada de multimillonarias subvenciones para el sector de los seguros privados.

La victoria de Trump corresponde, como se suele señalar, a un patrón generalizado de reacciones populistas contra el orden neoliberal vigente en Occidente desde la década de 1980, contra la corrupción en Washington y por la venta del apoyo a una recuperación del empleo industrial deslocalizado que, tras su nominación, no sin problemas obtuvo el apoyo y está intentando congeniarse con el ala más derechista-nacionalista-evangelista del partido republicano. En su elección se han demostrado relevantes la incidencia del racismo y de la inmigración. Pero, por otra parte, también atrajo a muchos trabajadores del “rustbelt” (cinturón industrial del Medio Este y del Medio Atlántico) convertidas en regiones proletarias desindustrializadas, en las que el desempleo y la bajada de salarios ayudaron a culpabilizar a la inmigración, exigiendo su expulsión y la creación de barreras –físicas y legislativas– contra ella. Su proclama de “Make America Great Again” encontró eco en territorios en los que el empleo industrial ha caído desde cifras superiores al 22%, en 1980, a cifras en el entorno del 10% en 2015 y en las que mientras la base industrial desaparecía y los salarios medios se estancaban, los salarios de los directores ejecutivos y los ingresos medios del sector financiero-especulativo se incrementaban hasta relaciones de 275 a 1 a principios de 2015. Lo que hace comprensible el alza de los votos a Trump no sólo en estas áreas, sino también en aquellas en las que mayor incidencia tuvieron los préstamos hipotecarios “subprime”, base de muchos de esos ingresos especulativos y de la desesperación de muchos de los prestatarios arruinados y desposeídos de sus viviendas.

En el caso francés los procesos analizados presentan características similares en algunos de los aspectos citados. La crisis financiera de 2008-2009 golpeó duramente, con un fuerte deterioro de la economía y un desempleo en aumento, ante el que las medidas restrictivas y neoliberales generaron fuerte oposición entre los más desfavorecidos, mientras que eran defendidas y aplicadas como urgentes e inevitables por liberales y socialdemócratas para que Francia volviera a ser “competitiva”. En paralelo, el deterioro de la valoración personal y ética de los políticos presidenciables (Hollande, Sarkozy, Fillón) llevó a unas elecciones en las que no sólo se produjo el triunfo de un neoliberal de derechas –Macrón- que defendía ostensiblemente que su movimiento trascendía “la anticuada oposición entre derecha e izquierda” para crear una supuesta política de centro liberal en economía pero con sensibilidad social. Su triunfo se vio favorecido por la dinámica a dos vueltas y el rechazo de la extrema derecha nacionalista -Marine Le Pen- que se presentaba como defensora de “las políticas de bienestar social y de la intervención estatal contra las devastaciones del neoliberalismo”; lo que la permitió atraer gran parte de los votos obreros que abandonaron al Partido Comunista Francés, y a gran parte de la población crecientemente hostil a los políticos y tecnócratas, y opuesta a los inmigrantes y vagabundos cada vez más presentes en el país.

Aunque las posteriores elecciones generales mostraron la desconfianza mayoritaria en el Frente Nacional, ésta no se produjo entre los trabajadores que siguen siendo su mayor núcleo votante, pese a que son aún muchos más los que se abstienen, votan en blanco o con un voto nulo. En todo caso, estas elecciones generales dieron lugar a un vuelco radical en la Asamblea Nacional con una mayoría absoluta para el partido creado “exprofeso” por Macrón para apuntalar su rebelión conservadora, y a un desastre general para los partidos tradicionales del país, a lo que también contribuyó el surgimiento de La France Insoumise dirigido por Mélenchon. Éste defendía los objetivos de lograr un revolución ciudadana que permitiera modificar la Constitución Francesa, redistribuir la riqueza y propiciar un desarrollo ambientalmente sostenible, y ha tenido una relevancia significativa (cerca del 20% de los votos, situándose en cuarto lugar en la primera vuelta de las elecciones), pero ha acentuado la división en la izquierda poniendo en duda el futuro potencial de ésta ante la derecha y la extrema derecha dominantes.

En los resultados finales cabe destacar que junto a los efectos de la crisis, la corrupción, la pérdida de confianza en los políticos tradicionales y la inmigración, nuevamente la dimensión territorial de los procesos es relevante: en cuatro de las diez ciudades más grandes de Francia -Marsella, Toulouse, Montpellier y Lille- con importancia de los votos de jóvenes, desempleados e inmigrantes, Mélenchon logró la victoria relativa. Y es en los espacios socioeconómicamente más deteriorados donde tanto Mélenchon como Le Pen consiguen su mayor incidencia que, unida a la abstención o al voto en blanco llevan a que Francia se haya convertido en el país desarrollado en el que cerca del 60% del electorado ha mostrado su rechazo radical al “orden político tradicional establecido”. Cómo puede influir en un futuro la actual política neoliberal de Macrón centrada en la desregulación del mercado de trabajo, el recorte del gasto público, el fomento y apoyo a las empresas de nueva creación, la reducción de la fiscalidad empresarial y el adelgazamiento del sistema de bienestar social, va a depender mucho de los Escenarios de evolución de la crisis global que hemos analizado en otros artículos de esta sección. Pero es evidente que las pautas esperables no son positivas si una nueva crisis financiera o ambiental incide de forma significativa sobre las bases que sustentan el creciente descontento de la mayoría de la población francesa. Su esperanza en potenciar una UE fuerte que minimice esos riesgos es inteligente y ojala tenga éxito, porque ello redundaría en una clara disminución de riesgos para el conjunto de la UE.

Aunque no parece éste el escenario más probable, ya que no todo es positivo en la relativa recuperación económica en términos de crecimiento de PIB y del empleo en la UE y en los países que la integran, porque esta recuperación se está produciendo con grandes dosis de desigualdad, precarización del empleo, peores salarios y puesta en cuestión del futuro para los jóvenes, lo que está propiciando una demanda crónicamente deprimida, escasas oportunidades de inversión productiva no especulativa y un exceso de ahorro que se desvía hacia la economía especulativa no productiva, generando burbujas de activos (mercado de valores y bonos en Occidente, mercados inmobiliarios en países emergentes, etc.) junto a una preocupante estabilización en la productividad de los factores, que rompe su tendencia histórica al crecimiento sostenido. Además, existe un creciente abandono de políticas ambientales protectoras de la sostenibilidad a largo plazo, lo que tiene el riesgo de propiciar futuras tensiones migratorias insostenibles sobre la UE.

En este marco, las elecciones alemanas del 24 de septiembre de este año han terminado con una fuerte derrota de los partidos integrados en la coalición de Gobierno previo (CDU/CSU y SPD) presidido por Merkel –que ha perdido más de dos millones de votos, 63 escaños y ha pasado del 42% al 32% de los votos totales- aunque el partido socialdemócrata –SPD- también ha sufrido un fuerte revés –del 26% al 20% de los votos, con pérdida de 40 escaños- mientras que el partido Alternativa para Alemania (AfD), un partido antieuropeo, xenófobo y populista, conseguía entrar en el Parlamento con 94 diputados.

Estos resultados eran consecuencia –según muchos analistas- de la política de bienvenida a refugiados de Merkel. Se olvida la importancia indudable de los efectos de la crisis sobre muchos trabajadores y clases medias bajas de la precarización de los empleos, de los bajos salarios y de las desigualdades territoriales y sociales que se han incrementado en el país entre regiones de las antiguas RDA y RFA. No sólo se trata –aunque también- del rechazo de pensionistas y clases medias a que sus impuestos se empleen para el asentamiento, educación y sanidad de los inmigrantes y sus familias mientras se van deteriorando sus niveles de bienestar, sino también del rechazo a las consecuencias de políticas claramente propiciadoras del sistema financiero-especulativo y de las ciudades sede de las poderosas estructuras del sector financiero, frente al deterioro relativo de los ámbitos industriales tradicionales y de las condiciones de trabajo en los mismos. Las consecuencias son una clara derechización de las regiones de la antigua RDA más pobres, despobladas y que tienen más desempleo y registra una productividad menor que el resto del país y que han situado a los filonazis del AdF en la segunda fuerza más votada con más del 20% de los votos.

Las conclusiones de los análisis citados sobre estos cuatro países muestran la importancia de los factores señalados inicialmente (financiarización-deslocalización, especulación, deterioro de la sociedad del bienestar y de las clases medias, inmigración, corrupción y deterioro democrático) en la evolución del voto y en el alza de los partidos y políticos autoritarios. Problemas significativos por su posible desequilibrio y generación de graves conflictos globales- como son los ligados a las materias primas, con particular incidencia en la energía, o la problemática asociada al endeudamiento o a las desigualdades sociales- exigen posicionamientos homogéneos que contrarresten a los neoliberales que niegan su relevancia, propugnando que son distorsiones temporales que los mercados equilibrarán. Los riesgos derivados del Calentamiento Global y de las Crisis Ecológicas sobre la subsistencia en amplias zonas del Planeta van a incrementar la presión de conflictos y  migraciones de supervivencia de la población que residen en las mismas, con la correspondiente presión sobre una UE con crecientes dificultades sociopolíticas para su asunción. Además, el desmantelamiento de las organizaciones de los trabajadores y la difícil y lenta recuperación del empobrecimiento de una clase media que influida por la “posverdades” y por el poder de control de los medios de comunicación difusores de las mismas, tiene tendencia a apoyar al populismo autoritario y a los nacionalismos de distinto cuño, nos llevan a que los Escenarios neoliberales que se van imponiendo –y sus inevitables futuras crisis- nos puedan acercar cada vez más a Gobiernos crecientemente autoritarios, con retazos nacional-fascistas.

Es evidente que estamos en una sociedad en la que la “posverdad” nos conduce a manipulaciones gravemente preocupantes, tanto por la difusión de las mismas por internet como por su reflejo –normalmente interesado- en los principales medios de comunicación, que utilizan la doble dimensión de las emociones ante imágenes –a veces manipuladas- y noticias “reinterpretadas” de acuerdo con los intereses parciales que se defienden, para potenciar posiciones excluyentes, entre las que el nacionalismo/victimismo territorial ocupa un lugar destacado. En este marco, es imprescindible que la dimensión territorial y ambiental de las políticas recobre el peso crecientemente olvidado por los partidos y los Gobiernos, si se quiere evitar una potenciación de nacionalismos excluyentes cuya vocación final necesariamente termina siendo autoritaria en defensa de un soberanismo que casa mal con la democracia.