MOMENTO SOCIALDEMÓCRATA

frutos090616

Es innegable la capacidad de encantamiento mediático que tiene Podemos. Bombas de humo para distraer la atención sobre la realidad política de España. La intención es que los ciudadanos bien intencionados terminen con picor en los ojos sin distinguir lo esencial y lo accesorio. Eso es el falso debate entre la vieja y la nueva socialdemocracia intentando arrinconar al PSOE. Con los socialdemócratas de Podemos sonreímos todos. Lo que más duele es que intenten atacar la inteligencia de los ciudadanos.

Abordar con seriedad el tema es complejo. Los cuatro partidos mayoritarios se nos presentan, aparentemente, como seguidores de una misma ideología: La Socialdemocracia.

El PP socialdemócratas a su pesar, según ha manifestado Esperanza Aguirre[1]; otros Socialdemócratas a fuer de liberales, como Ciudadanos; ahora llegan los Socialdemócratas 4.0 de Iglesias, Garzón, Anguita y Monedero y para finalizar, tenemos la vieja socialdemocracia de toda la vida del PSOE (137 años).

A finales de los años 70 del siglo pasado el apelativo de “socialdemócrata” en la izquierda política de España era casi un insulto. Los socialdemócratas eran los masajistas del capitalismo, los que estaban dispuestos a traicionar la “revolución pendiente” en aras de pactar con la burguesía y el gran capital sólo por mejorar las condiciones de vida de los trabajadores.

De dónde viene esto. Tras la II Guerra Mundial, y después del fracaso de los frentepopulares en los años treinta, los partidos socialdemócratas (socialistas) europeos en los países no ocupados por los soviéticos (en estos fueron exterminados), llegaron a una alianza con los democristianos, liberales y conservadores, permitiendo que se fueran sentando las bases del Estado de Bienestar para evitar una cruenta lucha de clases y haciendo posible el funcionamiento de la economía social de mercado, la CEE y posteriormente la UE. Evidentemente todo ello cambió de forma radical la calidad de vida de los asalariados y propició un crecimiento progresivo de las clases medias, acompañado de educación pública, sanidad universalizada, cobertura del desempleo y pensiones, etc. No se asaltó el palacio de invierno, pero se evitó el conflicto permanente y se regularizó la alternancia en el poder sin que ello significara el desmantelamiento de las instituciones garantistas del bienestar, y así evitar la generalización del malestar. Este sistema funcionó en Europa Occidental hasta que se produjeron tres hechos que trasformaron la realidad existente: la caída del muro de Berlín; la globalización y la revolución científico-tecnológica. Ello ha producido una mutación en los paradigmas económicos, sociales y, por supuesto, políticos anteriores.

El pasado determina el presente y sólo este, consecuentemente asumido, prefigura nuestro futuro, no lo olvidemos. No es cuestión de etiquetas, auto-asignación de referencias ideológicas, campeonatos de “socialdemocratismo”. Es de culturas políticas históricas, estas sí, y de su capacidad de adaptación a los procesos de cambio que se están produciendo. Los liberal-conservadores han tenido clara su estrategia (más mercado, menos Estado, menos intervención pública y menos políticas sociales) y asumido sus consecuencias de precarizar la sociedad en beneficio de los mercados de capitales. La socialdemocracia, por el contrario, ha sufrido una crisis al no haber conseguir adaptar sus prácticas políticas al mercado globalizado, donde ya no hay alianzas posibles. Los comunistas o la izquierda radical han perdido su lugar bajo el sol, al no tener un modelo alternativo que ofrecer ni en el ámbito nacional ni en el europeo.

Este “momento socialdemócrata” cuando empieza la campaña electoral no puede tener más objetivo que confundir a la ciudadanía.

Pasemos por alto el burdo electoralismo demoscópico de atribuirse, una buena mañana, ser el portador de los valores socialdemócratas al ser esta la línea de pensamiento en la que se colocan en las encuestas la mayoría de los españoles.

Vamos a lo dicho. Los “debates históricos” que pretende el líder de Podemos entre la vieja y la nueva socialdemocracia “para discutir el futuro de España en los próximos 30-40 años” es un manifiesto intento de engañar. Será histórico cuando la Historia lo diga, pero sobre todo el debate del futuro de la socialdemocracia o es Europeo o es ridículo.

No se puede decir que la socialdemocracia ahora “tiene una dimensión inédita en la historia de España”. Inédita fue cuando propició el cambio de modelo de sociedad que se produjo en los años 80. En estas elecciones tiene como obligación y tarea urgente evitar que se siga produciendo una quiebra mayor en la cohesión social. La definición de un modelo de futuro no es la labor de una contienda electoral, sino abrir un diálogo con la sociedad para ser capaces de construir un modelo europeo y nacional que ofrezca una alternativa al liberalismo. Esto es más serio que la pretensión de la ocupación de un espacio político como fin en sí mismo. Entender que este es el momento de redefinir “las identidades políticas” es declarar públicamente que no se quiere hablar de corrupción, de deuda, de déficit, de pensiones, de gasto social, de sanidad, de redistribución de la renta, de…, o peor ni se quiere hablar ni se tiene proyecto coherente para hacer frente a la situación actual.

En definitiva, la transversalidad política no es utilizar la ideología y las creencias de los ciudadanos siguiendo el modelo Sinatra (esto se va a hacer “a mi manera”) y que cada uno elija: comunista, socialdemócrata o transversal. Como diría Marx, que como Anguita ha fichado por la nueva socialdemocracia, in memoriam: Esto es el mundo de la universalidad del egoísmo, del interés personal.

[1]El PP “no puede seguir siendo el más socialdemócrata del arco parlamentario ”Red Floridablanca”, serie Conversaciones sobre el centro-derecha, https://www.youtube.com/watch?v=1fMO-KaBCIc