MENTALIDAD DE CORRUPTO

simancas170216

Se ha estudiado y se ha escrito mucho sobre las motivaciones y las conductas de terroristas, asesinos, violadores, atracadores y otras tipologías criminales. Por el contrario, se echa de menos un análisis objetivo y profundo en torno a la mentalidad del corrupto. Puede que la razón haya que buscarla en cierta justificación, incluso cierta permisividad social, hacia el comportamiento de quienes se enriquecen espuriamente a costa de los demás.

En estos días en los que proliferan informaciones sobre casos de corrupción, pueden leerse comentarios que llegan a caracterizar a sus protagonistas como herederos de la histórica tradición picaresca en nuestro país. Se atribuye a los corruptos, de esta manera, un carácter cuasi romántico, prácticamente inevitable por razón de una pretendida desviación genética entre los españoles.

Sin embargo, la conducta de los corruptos resulta más dañina si cabe para la colectividad que la propia de terroristas o asesinos, porque estos últimos atacan nuestra convivencia desmarcándose claramente del sistema de valores y normas que nos hemos dado. Por el contrario, los corruptores y los corrompidos socavan el sistema desde dentro, pudriendo su legitimidad, quebrando la confianza en sus instituciones y estimulando otras conductas antisociales.

Los corruptos que vamos conociendo por las crónicas de tribunales no tienen nada que ver con el lazarillo de Tormes, con Guzmanzillo de Alfarache o con el don Pablos de Quevedo. No se trata de pobres avispados que emplean su ingenio para escapar del hambre y la miseria. Los comisionistas de contratos públicos, los evasores fiscales, los otorgadores de créditos tramposos, los manipuladores del urbanismo, los empresarios que manejan dinero negro o explotan a sus trabajadores, incluso los deportistas que se dopan o que se venden, no son pícaros sin maldad, sino sociópatas peligrosos.

A los corruptos de nuestra sociedad no les guía el afán por salir de la pobreza, porque son todos pudientes hombres públicos o de empresa. No han de sortear las reglas morales para sobrevivir. Practican la inmoralidad por puro egoísmo, para enriquecerse. Ignoran las normas y se saltan las leyes para acumular riqueza a costa del prójimo. Muestran una repugnante falta de empatía hacia aquellos a los que perjudican con sus mordidas. Son egocéntricos y hedonistas hasta el vómito.

Los crímenes de los corruptos no solo detraen recursos preciosos que hacen muchísima falta para mejorar la vida de los millones de españoles que de verdad sufren pobreza. No solo agravan los recortes en las políticas públicas llamadas a rescatar a los caídos en la cuneta de esta loca carrera por la acumulación y la desigualdad. También destruyen la esperanza en cualquier proyecto colectivo de futuro. Destrozan la confianza en las convenciones y las instituciones.

Y abren un hueco descomunal a los demagogos, a los populistas y a los supuestos salvadores, hábiles en la expresión del hartazgo y la rabia que muchos quieren escuchar, pero inútiles y faltos de voluntad para solucionar realmente los problemas más complejos.

Lo primero es señalarles como es debido. No son pícaros a los que mirar con comprensión, con indulgencia o, como hacen algunos incluso, con admiración. Son criminales peligrosos. Tanto, al menos, como los terroristas, los asesinos y los violadores. Porque destruyen nuestra convivencia.

Y lo segundo es blindar nuestras normas para hacérselo más difícil. Multipliquemos los recursos para que policías, fiscales y jueces los detecten, los detengan, los juzguen, los encarcelen y les hagan devolver lo robado. Cada euro dedicado a este menester se nos devolverá con creces en forma de decencia.

Nos están matando. Y hay que defenderse.