“ME EQUIVOQUÉ… EN LA FORMA”

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Dos palabras han bastado -o deberían contribuir- para marcar el tono de la nueva etapa de la campaña electoral que llevamos viviendo desde el 21 de diciembre de 2015. Las ha pronunciado Pedro Sánchez ante los micrófonos de una cadena de radio, se han convertido automáticamente en el centro de todos los comentarios y han acaparado los titulares destacados de todos los medios. El líder del Partido Socialista no ha tenido ningún empacho en reconocer que no acertó con la expresión cuando, en su debate televisado con Mariano Rajoy, utilizó el término “indecente” para solemnizar su discrepancia, pero ha matizado que no renuncia a mantener el fondo de su alegato, considerando que el actual presidente en funciones está bajo suficientes sospechas de corrupción en su entorno más próximo como para invalidarle como candidato.

El hilo de los acontecimientos borrará pronto esta noticia, pero quedará latente la idea de que el desarrollo de la estrategia de campaña en los grandes partidos va a experimentar un giro hacia la elaboración de mensajes más centrados en ofertas de soluciones a las más urgentes demandas ciudadanas, que en el cansino reparto de culpabilidades del pasado, incluida la que afecta al fracaso de la formación de gobierno. Y si así no ocurre, será un gravísimo error, que solo beneficiará al partido de la abstención y al descrédito de la democracia.

Tras conocerse los resultados del 20-D algunos arriesgamos el pronóstico de la ingobernabilidad y la insoslayable, aunque no deseable, repetición de elecciones. No se trataba de una visión pesimista de la realidad, sino de un somero análisis de los datos y, fundamentalmente, de la imposibilidad expresada, por activa y por pasiva, de conformar una mayoría en la que participaran los dos grandes partidos nacionales, PP y PSOE, al modo acostumbrado de colaboración entre conservadores y socialdemócratas en el espacio europeo. El relato de lo ocurrido durante estos cuatro meses de agotadoras negociaciones tendrá tantas versiones como protagonistas implicados y tardaremos tiempo en conseguir la distancia crítica para elaborarlo con desapasionamiento. No ahora, cuando forma parte del discurso político y es instrumento para la movilización del voto.

No ha sido un tiempo perdido, sin embargo. El 26 de junio los españoles tendremos mucha mejor y más contrastada información sobre los propósitos reales de los partidos políticos y las capacidades de sus dirigentes. Incluso los debates en el Congreso, a sabiendas de la inutilidad práctica de los resultados conseguidos en las propuestas, han servido para visualizar proximidades y lejanía en algunos aspectos concretos, como la política de Educación. Las próximas Cortes se conformarán ya, además, sin que la anécdota sorprenda y con una mayor experiencia en el contenido de sus normas reglamentarias, que eviten innecesarios rifirrafes en la constitución de sus órganos. Y, sobre todo, deberá haber servido para aprender la necesidad de pactar acuerdos en los grupos de trabajo, en las Comisiones, sin la exposición constante a los focos y a los micrófonos.

Pese a los augurios en contrario, no es seguro que el 27 de junio nos encontremos ante un escenario idéntico. El baile de un puñado de escaños puede hacer oscilar la balanza de los futuros pactos, pero, sobre todo, marcará un camino sin vuelta atrás en el que ya no será posible marcar líneas rojas basadas tanto en la incompatibilidad de programas como en la incompatibilidad de caracteres entre los líderes. En paralelo a la campaña, la atención va a estar puesta en los movimientos internos de los principales partidos, sin que puedan esperarse grandes sorpresas en cuanto a las cabeceras de las listas electorales dada la proximidad de la fecha para su registro. No cambiarán las caras, pero es deseable que cambien los discursos y que se interioricen los errores. El más urgente a corregir, el más tentador por supuesto, el de trasladar culpas, que sólo convence al núcleo más próximo.

No podemos seguir sin gobierno indefinidamente, mientras la EPA del primer trimestre apunta un repunte del paro hasta el 21%, desperdiciamos las oportunidades de la coyuntura económica y somos irrelevantes en los grandes foros mundiales, que no están “en funciones”.