MARIO SOARES

Una llamada telefónica desde Lisboa me alerta de que Mario Soares ha sido internado, en estado crítico, en un hospital. No veo la noticia en la prensa española. Acudo a la portuguesa y compruebo que el hombre con más peso específico del socialismo luso se resiste a decir adiós, a sus 92 fecundos años. Sus compatriotas, sin distinción de colores políticos contienen la respiración y algunos, como su tradicional adversario, Freitas do Amaral, acuden al centro hospitalario para expresar su reconocimiento hacia aquel que contribuyó tan decisivamente a fabricar la democracia post-salazarista y enfrentarse, incluso con riesgo físico, a quienes intentaban implantar un modelo “revolucionario” con extrañas conexiones internacionales. A Este y a Oeste.

Mario Soares es -me resisto a usar el tiempo pasado- el gran ejemplo de la fusión socialismo y libertad. Es también el mejor ejemplo de las virtudes republicanas, encarnadas en una conducta personal alejada de cualquier boato, modesto en su forma de vida, más propia de un profesor que conservaba el gusto por volver a su casa de siempre tras su tarea política, después de un recorrido a pie, sin cortejo de escoltas, por algunas librerías del Chiado.

Mis contactos personales con Mario Soares no comenzaron con buen pie. Discutimos abiertamente -impensable ese diálogo entre un periodista y una gran personalidad política que no fuera él- sobre algunos resabios tópicos que yo creí haber advertido en un libro suyo sobre las relaciones de desconfianza entre Portugal y España… “Ni un viento, ni un buen casamiento”. Me dio razones. Escuchó las mías. A partir de ahí, muchos más encuentros. Y un creciente respeto por el político que habiendo sido todo recorría las calles entregando folletos de un partido, “Frente Republicano y Socialista” fruto de un breve periodo de separación del gran tronco del PSP.

La trayectoria de Soares, como primer ministro y Presidente de la República, su protagonismo en la descolonización y en la integración en Europa, es tarea para historiadores. Esta nota, con Soares vivo, es apenas un desahogo personal, un mensaje que se que no va a leer, para ese hombre que hace pocos años se prestó a hacerme el impagable favor de venir a Alcorcón para dar una charla ante unos centenares de personas. Sin alharacas ni despliegues de medios.

“Mario, amigo, la gente está contigo”. Te lo gritaban en los mítines. Hoy, te lo digo yo.