LUPUS IN FABULA

Muy del gusto de Terenzio (Adelphoe), Plauto (Stichus) o Cicerón (Epistulae ad Atticum), el lobo aparece siempre cuando de él se habla. En España diríamos “Hablando del ruin de Roma…”. pero nada como los clásicos para hablar con precisión. VOX tiene mucho más de lobo. Sus dentelladas ideológicas primero destrozarán al que engendró el engendro democrático. Es decir, el PP en su versión Hide: Alianza Popular. Años le costó a Arriola que se mostrase en público en su cara Jekill. Ahora es cada vez más difícil, con Aznar dedicado con el esmero de Jack a destripar cualquier moderación. Es el niño de las boutades. Y Casado, cual caperucita rojigualda, va derecho a la casa de la abuelita.

VOX primero crecerá por transferencia del PP y el voto de la antipolítica, después aglutinará el voto de las decenas de partidos de extrema derecha que pululan fragmentados y sin esperanzas. Y como bola de nieve rodando engrosará su perímetro electoral. Hay que reconocer que su música es pegadiza e irrefutable. Con el “Que viva España” o el “Yo soy español, español, español” es difícil contenerse siendo hombre de pro o “mujer mujer” como predicaba Gallardón hijo.

Andalucía. Tras lo que salga de gobierno, ya nada será igual. El PP se dirige al desastre sonriendo y sin drama. Eso es valentía de no ser ignorancia y dejará un buen recuerdo fotográfico del principio del fin. A nadie que tuviese dos dedos de frente jamás le fue bien defendiendo dos frentes. Sea Napoleón, sea Hitler, sea cualquiera que aspire a estar en misa (derecha) y repicando (extrema derecha). Entre Ciudadanos y VOX le matarán electoralmente, y él solo se murió. Todo el mundo sabe que el PP está debilitado orgánicamente tras una larga enfermedad. En Comunidad Valenciana, Murcia o Castilla y León ya escuchan en el viento a VOX susurrando “ven y ven y ven, chiquillo vente conmigo”. Es algo que funciona, sobre todo entre los votantes ideológicamente solteros del PP. Y son muchos.  ¿Usted se pregunta en qué segmentos del PP morderá VOX? Evidentemente, le comerá por los pies, que es donde menos cerebro hay y se está más capacitado para dar patadas.

La fortuna del PP puede ser, en carambola, las perplejidades de Ciudadanos. El resultado electoral a Ciudadanos le aprieta por todos lados y no deciden en qué posición ponerse que no les den, malos resultados. Combinar con VOX le aleja aún más del centro y le lleva a malas compañías. Es el fin de la ambigüedad. Ya se sabe, luchar contra las autonomías, contra la igualdad de género, bienvenido Franco ese hombre o machacar derechos humanos te da mala fama. Por ahora le salva la inercia electoral, que lleva vida propia. Cuánto tiempo dure es otro cantar. En este ménage à trois andaluz la cama la pone Ciudadanos, y los gozos y las sombras los otros dos.

Y en conjunto, vivimos el drama de las fuerzas que dirigen la vida pública como si de títeres se tratase. Eso sí, títeres griegos. De lo contrario puedes terminar en prisión madrileña allá por el metro de Tetuán, que ya no se paran en barras y dan hostias judiciales como panes. Ya voy al meollo. Como en una tragedia griega, en ocasiones los argumentarios conducen, necesariamente, a una situación trágica.

Un argumentario es una lista de posiciones y valoraciones que los partidos (sus estrategas) distribuyen entre sus cuadros (los que ponen la cara) para que apliquen en sus apariciones públicas o debates. Pueden renovarlos por temporadas o por exigencias del guion (texto y personaje), pero allí van miles de políticos con la chuleta en el bolsillo haciendo playback. Lo que sí y lo que no del día a día.

Y aquí, de esta necesidad organizativa de coordinar estratégicamente las respuestas del partido, surge la trama. Cada partido tiene su argumentario, que intercambian en diálogo de sordos en los escenarios públicos. Entre ellos y para los medios. Sin embargo, para la sociedad, el respetable público, el intercambio de argumentarios forma un argumento, una fábula y su sentido. Es ese argumento (suma y sigue de argumentarios) el que cuenta la historia a los ciudadanos. Y escapa, en su conjunto, al control de cada estratega. Entre todos/todas aportan una parte de la trama y su ejecución, ninguno de ellos se responsabiliza de la Fábula ni hacia donde nos lleva. Esa dinámica entre argumentarios es, a su vez, el lobo escondido en la trama. Nos conducirá donde nadie sabe, cada uno a su tema. La crispación, el deterioro de la actividad política, la desafección de una historia de semidioses enloquecidos que olvidaron a los hombres solo puede llevar a donde vamos. Los argumentarios puestos a funcionar producen su propia lógica y automáticamente, construyen destinos. En este caso, de la democracia española.

Si los argumentarios forman parte de la estrategia, las argumentaciones lo son de las tácticas. Cómo responder en cada situación concreta, sin salirse del guion, puede llevar a la sobreactuación. Y el problema es la abundancia de políticos con capacidad para asumir argumentarios, pero incapaces de desarrollar tácticamente un argumento. Como un papel mal aprendido por un pésimo actor, son incapaces de aportar eso que hace la diferencia y la eficacia: Hugh Laurie añadiendo una cojera, Marlon Brandon unos algodones en las mejillas. Los malos políticos distorsionan los argumentarios cuando actúan y, en situaciones tácticas, añaden “morcillas” que los adornan y decoran, pero hacen fijarse más en las hojas que en el rábano. Estamos en manos de políticos que están en manos de sus argumentarios, que están en manos de lo que forman: una fábula nacional. En fin, en algún lugar debíamos terminar. Demos la palabra a Shakespeare “La vida no es más que una sombra en marcha; un mal actor que se pavonea y se agita una hora en el escenario y después no vuelve a saberse de él: es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada” (Macbeth, 5 acto, escena 5). A solis ortu usque ad occasum.