LOS TRES TENORES DE LA ESCENA INTERNACIONAL.

Trump, Putin, Xi Jinping. Son los líderes de las tres principales potencias mundiales (aunque esto sea discutible, al menos en uno de los casos). Tres estilos diferentes pero un mismo propósito: cuestionar o rechazar el modelo de gobernanza liberal occidental, desde presupuestos político-culturales distintos. Y una coincidente ausencia de referencia ideológica solvente, aunque la retórica diga lo contrario.

Estos tres personajes, cada uno a su manera, van a modelar los próximos años de las relaciones internacionales con inquietantes perspectivas. Dos de ellos, el chino y el ruso, parten de un entorno crecientemente autoritario (Putin) o autoritario sin ambages (Xi) y el tercero se encuentra embarcado en la disolución de premisas y valores que han conformado Occidente desde mediados de los años cuarenta.

De los tres, Trump es el más precario, no sólo por el sometimiento a dinámicas electorales imperativas, sino por la fragilidad de su proyecto, si es que puede hablarse de algo digno de tal nombre relacionado con el actual presidente norteamericano. Esta debilidad favorece y alienta las tendencias autoritarias en Pekín y Moscú, en la medida en que renuncia a combatirlas, a reducir sus efectos, a acentuar sus límites.

Como tenor otrora principal, el líder de Estados Unidos pierde influencia a ojos vista en el coro que le ha reconocido su liderazgo, su condición de voz cantante desde 1945. Trump se ha saltado todos los libretos, desconoce el repertorio clásico de un presidente norteamericano y, lo que resulta más irritante, desafina condenadamente. La decisión de imponer tarifas y aranceles a las importaciones de acero y aluminio, basada en sus engañosos principios de primacía norteamericana (“America first”) amenaza con desencadenar una guerra comercial, algo extemporáneo y destructivo.

Los otros dos le siguen en su descarriada interpretación de la partitura con una mezcla de desconcierto y complacencia. La imprevisibilidad de Trump inquieta a sus pares, pero para ellos esta conducta presenta una ventaja indudable: la única superpotencia no les pedirá cuentas por sus salidas de tono, por sus gallos, por sus interpretaciones abusivas, siempre que no se opongan a las suyas. La democracia liberal y los derechos humanos ya no constituyen una exigencia en el sistema de convivencia internacional. Estamos en la era de los strongmen (hombres fuertes), según el modelo de los tres tenores: Erdogan, Sisi, Duterte, Mohamed Bin Salman, etc.

El estilo Trump ofrece a diario muestras abrumadoras, ejemplos inagotables. El último, su enésimo viraje en el dossier coreano. Primero planteó una negociación sin base programática ni estrategia coherente. Cuando el líder norcoreano le dejó en ridículo con las pruebas nucleares y sus avances en el programa de misiles, el errático presidente se entregó a un inmaduro y tabernario juego de amenazas bélicas, con sonrojantes afirmaciones impropias de un dirigente mundial.

Ahora, de repente, cogido por sorpresa por un gambito astuto del frívolamente despreciado líder de Corea del Norte, se aviene a una cumbre sin establecer primero condiciones, agenda y objetivos. Y encima sus colaboradores, abochornados por la enésima salida de pata de banco de su jefe, se empeñan en decir que Washington no ha hecho concesiones. Como ha señalado Jeffrey Lewis, responsable de programas nucleares del Instituto de Monterrey, “la cumbre es la concesión”.

El capricho, el estilo irreflexivo e impulsivo de Trump constituye un quebradero constante de cabeza para esta administración. No hay forma de articular un equipo de gobierno coherente, cuando sus principales exponentes se enteran de las decisiones de su jefe por tuits intempestivos o por los breaks informativos en las televisiones.

En medio de este caos, el responsable de la diplomacia ha sido el último en caer. Nadie derramará una lágrima por este ejecutivo petrolero que en un año ha estado a punto de arruinar la cultura diplomática de Estados Unidos con la avenencia de la Casa Blanca, o su indiferencia, que tanto da. Tillerson no ha querido asumir la chapuza de la cumbre con Kim y esa discrepancia ha precipitado su cese. En todo caso, su salida del gobierno se esperaba desde comienzos de año. Le sustituye un nacionalista muy cercano al presidente, Mike Pompeo, el militar que hasta ahora dirigía la CIA como a Trump le gustaba. El “gobierno de los generales” se refuerza, aunque ya han surgido desavenencias entre ellos. Al frente de la inteligencia exterior estará Gina Haspel, una de las responsables de las cárceles secretas y las torturas en la etapa de G.W.Bush

Trump utiliza los asuntos internacionales para desviar la atención de la sombra que lo persigue y amenaza con destruir su presidencia: las conexiones con Rusia y la posible participación, complicidad o complacencia en los intentos del Kremlin por interferir y condicionar las últimas elecciones presidenciales. El fiscal especial Mueller está a punto de presentar conclusiones. Trump asegura que se siente tranquilo, pero los pasos que da entre bambalinas reflejan una preocupación creciente.

Putin contempla con lejanía esta situación. Contrariamente a lo que han proclamado los medios, el presidente ruso no esperaba gran cosa del magnate inmobiliario, más allá de su negligencia. Sabía que, para disimular cualquier actividad incriminatoria, Trump acentuaría sus posiciones de dureza frente a Kremlin. Pero, a la postre, esta actitud es también engañosa, irrelevante.

El presidente ruso se dispone a revalidar el control absoluto de su país, en unas elecciones que son puro trámite. Sus siete competidores apenas si llegan al 10% de los votos. El modelo Putin combina autoritarismo político, populismo económico y nacionalismo retórico. El ciudadano ruso es cínico, y cada vez más. No compra un mensaje de democracia, después del monumental fiasco de los noventa. Los apparatchiks se convirtieron en oportunistas empresarios. El comunismo se resolvió en un capitalismo salvaje, despiadado, criminal.

De aquel desastre sólo emergieron unos servicios secretos reforzados, un gobierno opaco, oscuro e inclemente que ha enterrado la ideología y los principios y se ha refugiado en un discurso ampuloso de orgullo y dignidad nacionales.  Rusia camina hacia un modelo autoritario y personal de poder, basado en el control férreo de la sociedad y el clientelismo, asertivo en el exterior, más para tapar sus debilidades que como reflejo de su potencia real. El reciente caso del espía disidente asesinado con gas recrea las peores evocaciones de la guerra fría.

El tercer tenor es que goza de un registro más sólido y se atiene a un libreto más trabajado. Pero, como los otros dos, no tiene intención alguna de compartirlo a no ser que sus socios en el escenario acepten sus solos (sus designios) sin interferencias.

Al eliminar la limitación de mandatos presidenciales, Xi Jinping ha confirmado su condición de líder chino más poderoso, incontestado y absoluto desde el Mao posterior a la revolución cultural. Se ha quitado de en medio a sus rivales mediante la herramienta de la lucha contra la corrupción, una manera muy taimada de purga a gran escala.

El proyecto de Xi se basa, como el de Putin, en dos grandes pilares: la mejora de las condiciones de vida de la población y la afirmación del poderío nacional de China en la escena externa. Pero contrariamente a su colega ruso, el gran mandarín de los tiempos actuales asienta su poder sobre bases más amplias, más firmes, más sistémicas. No depende de una banda de amigos (cronies). Goza de una estructura estatal mucho más desarrollada y compleja.

Tres tenores que sólo coinciden cuando pronuncian el verso del autoritarismo y de la sed de poder y la arrogancia. En absoluto puede esperarse de ellos un Yalta o un Potsdam. Sólo una cacofonía desalentadora y peligrosa.