LOS PARTIDOS POLÍTICOS COMO ENTIDADES CÍVICAS. ¿ALGUIEN QUIERE CAMBIARLOS?

En las próximas semanas, sin perjuicio de las anteriores, el debate político va a centrarse en los procesos de elección en los cuatro partidos mayoritarios españoles. Las discutidas primarias y algunos aspectos más de estas arcaicas estructuras de participación política.

La cuestión no está solo en celebrarlas, sino en cómo se configuran y regulan de forma garantista y coherente democratizando los procesos electivos. Por ejemplo, incluyendo, como en las francesas, una segunda vuelta, lo cual permite animar a la participación a una mayor pluralidad de opciones, obtener mayores porcentajes de legitimación y cohesionar posturas previamente enfrentadas; dos, diferenciar claramente los procesos internos de elección de dirigentes orgánicos de institucionales, pues en función de un caso u otro el cuerpo electoral puede ser distinto (afiliados + simpatizantes + electores) y los procesos también. En el primer caso, las propuestas programáticas habrían de tener un contenido más organizativo e ideológico pues, en definitiva, lo que se elige es cómo organizar el Partido y hacia dónde. En el otro es una secuencia distintita y consecutiva, estamos proponiendo a alguien que tiene que ser el cartel para liderar el Gobierno institucional, y por tanto los contenidos propositivos tienen que estar más centrados en la actuación desde el Gobierno. Hay quien me dirá que eso es imposible y perjudicial: “si son diferentes sujetos y equipos terminarán chocando ambos liderazgos, hay ejemplos”. Cierto, tan cierto como lo contrario y tan dados que somos a asumir los modelos norteamericanos tenemos el ejemplo palmario de separación entre el jefe del Partido y Candidatos institucionales. El tema es establecer previamente la incompatibilidad entre ambos puestos, ya que sus funciones en principio son diferentes y autónomas, aunque complementarias. El problema es de convicciones democráticas de los que ocupan los cargos y, sobre todo, su ambición de poder. No todo el mundo es el mejor para todo.

A lo largo de la historia los partidos políticos han sido objeto de detallado estudio por la Ciencia Política desde Burke, que estableció una categorización visionaria al considerar que la diferencia entre un partido y una facción es que en los primeros sus fines son superiores a los “puros intereses mezquinos por obtener puestos”; o los conocidos planteamientos de Sartori, analizando la función de la democracia de partidos donde estos deben y juegan papeles esenciales como contendientes institucionalizados “por mecanismo regulares” en la lucha cívica por el poder y servir para fomentar la socialización política, trasmitiendo “principios, proyectos e ideas que propician el aprendizaje cívico del electorado”, vinculando afectivamente a una comunidad con la que comparte ideales vitales.

Estas tres ideas de los teóricos nos permiten ver que no solamente el problema está en los procesos de elección del liderazgo, sino que el problema y la solución penetra más dentro de los partidos. Es preguntarse en este momento de la historia si no han terminado más siendo facciones producto de una profunda desideologización (“todos proponen parecido y pretenden lo mismo”) y han terminado siendo simples conjuntos en intersección sin propósito transformador real, posicionado para evitar el enfrentamiento violento como antaño. Pero sin lugar a dudas, si hay algo que han dejado de ser, si lo fueron, y que en cualquier caso sería de gran valor en una sociedad plural y pluralista en ideas e intereses, es configurarse como entidades ciudadanas que informen, formen y coaliguen a los ciudadanos para la defensa de sus intereses y para propiciar la construcción de realidades diferentes a las existentes y que se nos presentan como injustas o rechazables.

Las labores de formación en los partidos han quedado en encuentros a mayor gloria y satisfacción de sus dirigentes; la formación se confía a los medios de comunicación social y la que no es beneficiosa se la demoniza como falsa, pero en ningún caso se da un plus cualitativo al miembro para poder debatir con los ciudadanos y ayudarles a entender problemas complejos. Me atrevería a decir que el debate suscitado con la tarifa de la luz no ha supuesto ni sesiones en las sedes partidarias para explicar la cuestión (si es posible) o que se haya formado dentro de la organización a miembros conocedores del tema eléctrico y energético, esencial para el país. Aunque seguro hay miembros cualificados a los que ni siquiera se recurre no vayan a querer un pedacito de pastel.

En definitiva, desde la más longeva a la más moderna formación política no han llegado a pasar el umbral del 1900 y lo único que pretenden con la exposición y alegatos de sus afiliados con convocatorias y declaraciones (tipo “pensemos todos el futuro” o “Yo estaré donde digan los militantes”) es sintonía de chachachá.

Por ello, el término militancia política viene muy al pelo, no es una cualificación más en la cadena simpatizante, afiliado y militante. Es una categorización de lo que es y se pretende que sea la membresía (membership) partidaria. Una estructura de adhesión, jerarquiza absolutamente cuando el poder es monopolista y de consentimiento de la discrepancia cuando hay fracciones de poder dentro de la propia organización. El elemento de adhesión no es ideológico sino simplemente de mantenimiento de los núcleos de poder. Por ello puede observarse cómo hay dirigentes en los partidos que pase lo que pase siempre caen sentados (“lo importante no es lo que vayamos hacer es que yo esté”).

Todo ello no es un casual, es una tradición que viene de lejos y que fue muy destilada por los partidos bolcheviques tras la III Internacional y asumida con el pasar de los años por todos los demás de derechas o izquierdas. Les recomiendo vivamente, si no lo hicieron, la lectura de la obra de teatro de “Las manos sucias” (Les mains sales) de Jean-Paul Sartre (1948).

Qué hacer con los partidos es un tema sobre el que habrá que seguir reflexionando, pero si se quiere cambiar la situación solo dependerá de que los elegidos sean capaces de cambiar la escalera que les llevó arriba y dar entidad cívica, modernidad, valor y profundización democrática en los partidos, piezas esenciales del sistema de convivencia.

¿Pero si una ya ha llegado, para qué cambiar?