LOS “PARTIDOS-METEORITO”

Desde esta tribuna y desde las páginas de Temas, algunos advertimos desde el principio que el fenómeno Podemos podía tener una trayectoria similar a otros partidos populistas europeos, cuyo arranque y ascenso fue tan vertiginoso, como su ulterior declive. Y poníamos el ejemplo de los fenómenos poujadistas y de algunos movimientos populistas y caudillistas latinoamericanos, cuya historia estaba indisolublemente unida al declinar de su líder carismático y singular. En el caso del partido fundado por Pierre Poujade en Francia a mediados del siglo pasado, hay que recordar que en las elecciones de 1956 llegó a obtener 52 escaños en la Asamblea Nacional, para desaparecer prácticamente en las siguientes elecciones de manera tan rápida y repentina como había surgido. Es decir, como un meteorito, como una estrella fugaz. Por eso se puede calificar este fenómeno como el de los “partidos-meteorito”.

Sin embargo, otros movimientos populistas han logrado una mayor persistencia en el tiempo, llegando a arraigarse en determinados ámbitos de la estructura social de determinados países. El caso del peronismo, y sus muy diversas lecturas, en la sociedad argentina resulta paradigmático en este sentido.

En lo que concierne a Podemos no se sabe aún si su historia va a ser larga o corta, ya que los apoyos de este partido tienen un doble componente: por un lado un híperliderazgo muy enfatizado, como ocurre en todos los fenómenos populistas; y, por otro lado, la existencia de un profundo malestar social y unas condiciones  de postergacíon y exclusión social y falta de horizontes de futuro entre sectores bastante amplios de la población española, especialmente entre las nuevas generaciones.

Desde la perspectiva del hiperliderazgo de Iglesias Turrión, el tiempo juega en su contra, y a medida que se vea erosionado y desacreditado tal liderazgo resultará inevitable que Podemos entre en declive y se agoten sus posibilidades como partido-movimiento que, si no pacta y no llega a acuerdos con otras fuerzas políticas, está condenado a convertirse en una minoría prácticamente irrelevante. Una minoría de mayor o menor entidad, pero con nulas posibilidades de llevar a la práctica, por sí sola, sus propuestas de reforma y cambio social.

De ahí que aquellos que cuestionan el hiperliderazgo de Iglesias Turrión no estén tan desencaminados sobre lo que podría ocurrir en este partido, si no son capaces de institucionalizarse y dotarse de vertebradura organizativa y de capacidad –y voluntad- de interlocución política; antes de que su hiperlíder dé al traste con sus expectativas.

La experiencia histórica demuestra que cuando los líderes de una organización llegan a tener más importancia y prevalencia que la propia organización como tal, es inevitable que tal organización entre en declive y el líder caiga en la típica paranoia de grandeza. Por eso, los partidos y organizaciones que vinculan su destino al devenir de un gran líder se vuelven sumamente frágiles y encadenan su porvenir al futuro de su propio líder. Y, por eso, precisamente, solo los partidos y organizaciones que tienen vida y dinámica propia, al margen de quienes sean sus líderes en un momento determinado, logran persistir en el tiempo y permanecer conectados a los intereses concretos de muchas personas y sectores sociales.

En el caso de Podemos y de Iglesias Turrión no puede negarse que se han cometido demasiados errores de hiperliderazgo y de un personalismo exagerado desde el principio. Excesos que son impropios de una cultura democrática madura, y que solo el simplismo y el papanatismo de algunos medios y comunicadores explica que no hayan sido adecuadamente enjuiciados y valorados. Por ejemplo, resultaría insólito que cualquier otro partido político español convocara a unas elecciones llevando como anagrama en su papeleta electoral el rostro de su líder, como hizo Iglesias Turrión en las primeras elecciones a las que compareció. ¿Se imaginan lo que hubiera dicho la legión de tertulianos en activo si Mariano Rajoy, o Pedro Sánchez, hubieran hecho lo mismo?

Pero no se trata solo de anteponer tu retrato a tus siglas, sino que hay un sinfín de aspectos en la organización actual de Podemos que revelan que este partido hasta ahora ha funcionado con graves déficits democráticos, enmascarados bajo la presentación aparente –e incontrolada- de que todo se consulta a sus bases a través de Internet.

Pero lo que se ha visto hasta ahora es que los poderes del hiperlíder son enormes e incontrolados. Como lo demuestra su reacción ante los intentos de algunos de controlar y tasar dichos poderes. El líder se ha revuelto como un tigre y ha intentado taponar cualquier debate racional y tranquilo convocando un  plebiscito sobre su persona y su liderazgo indiscutible “¡O yo o el caos!”. Con lo cual ha dejado todo bastante claro.

En Podemos las cosas y los modos son bastante peculiares, con extrañas pseudovotaciones para órganos y comisiones que casi nadie es capaz de entender. Con poderes condicionantes, con posibilidades absolutas de someter directamente a plebiscito las medidas, decisiones y propuestas que quiera el jefe, o que no sean aprobadas por los órganos decisorios. Y, sobre todo, con la atribución al hiperlíder de competencias para cesar fulminantemente a cualquier miembro de la dirección que le venga en gana. Como de hecho hizo nada menos que con el anterior Secretario de Organización, que parece que fue considerado poco “leal”. Sin que ningún tertuliano haya clamado todavía al cielo por tamaño ejercicio de poder absoluto. ¿Se imaginan lo que habrían dicho si Pedro Sánchez hubiera fulminado de esa manera a algún miembro de la anterior Comisión Ejecutiva, antes de que éstos hubieran culminado la conspiración interna contra él?

En pleno siglo XXI cuesta trabajo entender como en determinados círculos políticos no se acaba de tener claro que la democracia es un valor imprescindible de nuestro sistema político, tanto en el ámbito de los partidos como en el del conjunto de la sociedad, y que sin democracia no hay legitimidad ni garantías de estabilidad. Por eso la inmensa mayoría de españoles queremos ser respetados y tratados como ciudadanos de pleno derecho y no como  súbditos a los que solo se les pide que se callen, que obedezcan y, en todo caso, que se limiten a “confesarse” por Internet. ¿Por qué hay tantos silencios cómplices y tanto tartufismo ante comportamientos que suponen riesgos evidentes de regresión democrática?