LOS MILITANTES TIENEN LA PALABRA

LOS MILITANTES TIENEN LA PALABRA

El pasado 1 de abril el comité Federal del PSOE dio luz verde al calendario para la celebración de Primarias (21 de mayo) que precederá a su Congreso ordinario (16, 17 y 18 de junio). Días antes, Susana Díaz había presentado su candidatura (a la secretaría general del PSOE) con una fuerte repercusión mediática, a pesar de que lo realmente noticiable no tuviera relación con ninguna propuesta política, económica y social de interés para los ciudadanos. Lo más reseñable y comentado se refirió a los acompañantes y a los apoyos que recibió Susana: desde Felipe González y Alfonso Guerra a José Luis Rodríguez Zapatero, pasando por ex ministros, alcaldes y presidentes de CCAA. Nadie puede negar el alarde de fuerzas de semejante convocatoria; sin embargo, más dudoso es que eso sirva para acrecentar la figura de Susana y mejorar las expectativas electorales del PSOE delante de los jóvenes, de las fuerzas emergentes y de los ciudadanos en general.

Esta incertidumbre sigue en aumento en estos momentos, al comprobar que los partidarios de Susana señalan a Pedro Sánchez, sin ningún fundamento, como el único culpable de los últimos desplomes electorales (a pesar de que el gran declive electoral comienza, en 2011, con Rubalcaba) y también del enfrentamiento y la división actual en el PSOE, cuando todos saben que, en buena medida, los problemas provienen de la gestión de los gobiernos socialistas y de los órganos de dirección del partido en etapas anteriores. El PSOE contemporáneo arranca en el congreso de Suresnes, donde fue elegido secretario general Felipe González. Posteriormente, a pesar de una fuerte oposición interna, el 28º congreso extraordinario (1979) aprueba que el PSOE se declare como un partido interclasista (abandono del marxismo), además de reafirmar el liderazgo de Felipe González junto a Alfonso Guerra. El triunfo del PSOE, en el año 1982, facilitó la modernización del país y, en concreto, la reforma de las estructuras económicas y la consolidación de la democracia, lo que se hace en principio con el concurso de los sindicatos -sobre todo de UGT- y el sacrificio de los trabajadores.

No debemos olvidar que los sindicatos aceptaron en los primeros años de la década de los 80, con lealtad, un duro ajuste industrial (reconversión) y de salarios justificados por la situación crítica de la economía española, con la esperanza de recuperar más tarde una parte de los beneficios que se generarían por un mayor crecimiento de la economía. Pero eso no ocurrió y, lo que es peor, se comprobó que en el Gobierno predominaba una política socio laboral que mantenía una permanente demanda de contención salarial, planteaba duras propuestas que chocaban con las demandas sindicales y además exigía un apoyo incondicional a su política económica y social: los incumplimientos del Acuerdo Económico y Social (AES), el abuso constante de la contratación temporal, la caída brusca de la protección por desempleo, así como la reforma (recorte) de las pensiones, en el año 1985, y el referéndum de la OTAN, en 1986, son cinco motivos de grave confrontación.

Además de estas medidas impopulares, lo que preocupaba a los responsables sindicales era el tono con el que eran tratados los sindicatos en las altas esferas del gobierno socialista: la visión creciente de los sindicatos como organizaciones opuestas al progreso social; como grupos de presión a los que había que limitar su capacidad de acción. En definitiva, se postulaba una “socialdemocracia sin sindicatos” como si eso fuera posible… Todo ello unido a un discurso sobre el fin de la clase trabajadora en un mundo post- industrial, defendiendo que las clases medias profesionales abandonaran la alianza con la clase obrera. En todo caso, la clase obrera pasó de ser considerada vanguardia de la transformación social a un grupo social en declive, conservador y retardatario. Como consecuencia, la UGT y CCOO encabezaron la contestación obrera, junto a otros sindicatos, cuyo máximo exponente fue la huelga general del 14 de diciembre de 1988 (que tuvo su continuidad en las huelgas del 92 y 94), donde se reivindicó una política de Solidaridad basada en el reparto, cuando menos, de una parte de los beneficios que se estaban generando por un mayor crecimiento de la economía (“giro social”), en compensación de la “deuda social” contraída con los trabajadores desde años atrás.

Posteriormente, José Luis Rodríguez Zapatero, en los últimos años de Gobierno, acuciado por la crisis y presionado por las políticas de ajuste de la UE, tomó también medidas muy duras e impropias de un Gobierno socialista (mayo de 2010) -pactadas con el PP (bipartidismo)-, que llegaron, incluso, a modificar el artículo 135 de la Constitución española, que antepone la corrección del déficit y el pago de la deuda a las políticas sociales y al correcto funcionamiento de los servicios públicos (sobre todo de la educación y sanidad). Finalmente, en la etapa reciente, es de destacar el voto favorable a la investidura de Mariano Rajoy, aprobado por el Comité Federal del PSOE (en el pasado mes de octubre), que desgarró al partido, no sin antes dar un espectáculo lamentable que mancha su historia centenaria.

Como queda dicho, estas políticas comenzaron a llevarse a cabo en la segunda parte de la década de los ochenta, sin ningún debate ni teorización ideológica que las justificara -como sí lo hizo más tarde Tony Blair-, lo que dio lugar a la nefasta tercera vía, a la pugna por el centro político y a la imposición del llamado social liberalismo, renunciando con ello al enfrentamiento dialéctico con el poder establecido y a las políticas de cambio progresistas. Como consecuencia, el PSOE se desploma electoralmente y pierde la credibilidad y la confianza de la ciudadanía: sobre todo de los jóvenes y de los ciudadanos más conscientes, ubicados fundamentalmente en las grandes concentraciones urbanas. Ambas etapas de Gobierno (González y Zapatero) nunca fueron analizadas a fondo dentro del PSOE y, mucho menos se hizo, de manera ordenada, la necesaria autocrítica con el fin de no cometer los mismos errores en el futuro. Eso explica suficientemente que el PSOE mantenga, a duras penas, el voto de los mayores y el voto de la España del interior, de la España mesetaria y profunda y, sobre todo, que pierda apoyos en la periferia y en las fuerzas emergentes.

Por eso, en este contexto, los militantes más activos reclaman un giro hacia una genuina política socialdemócrata y exigen una profunda regeneración democrática; incluso algunos hablan de refundar el partido y de cambiar el modelo de partido para que se tenga en cuenta a los militantes por encima de todo (consolidación de la democracia interna y de las Primarias). A esto se resisten los dirigentes en general, apelando a un modelo de partido tradicional (más fácilmente controlable), basado en la democracia delegada, como ha quedado puesto de manifiesto en la presentación de la candidatura de Susana, a pesar de que no es incompatible la democracia indirecta y representativa con la consulta directa a los militantes, ante hechos concretos, como lo demuestra sobradamente la historia del PSOE.

Como conclusión, nos encontramos ante dos proyectos claramente diferenciados y enfrentados sin remedio; encabezados, por una parte, por un número de dirigentes territoriales, ex responsables del Gobierno y de las Instituciones (que cuentan con el apoyo de los poderes fácticos y de grandes medios de comunicación) y, por otra parte, por una gran mayoría de afiliados que reclaman ocupar el espacio de la izquierda y defienden aplicar una política socialdemócrata ante los graves problemas que tiene nuestro país: desempleo, pobreza, exclusión social, desigualdad creciente, déficit democrático… En estas circunstancias, y por primera vez en muchos años, las Primarias pueden cambiar las cosas y, por lo tanto, pueden modificar el rumbo de un Congreso tradicionalmente dominado por los poderes territoriales a través de los delegados elegidos en su ámbito correspondiente. No será nada fácil, pero todo indica que, a pesar de los inconvenientes y de la actuación de parte de la Gestora, es posible el cambio hacia unas políticas progresistas y claramente diferenciadas de la derecha y, por supuesto, hacia un modelo de partido más democrático y más participativo, como lo demuestra el clamor y el entusiasmo de los militantes, al acudir masivamente a los mítines de Pedro. Para muchos, este fenómeno -al margen de los resultados de que se den en las Primarias-, es de la misma naturaleza que el fenómeno del 15-M y el nacimiento de Podemos, guardando las distancias y limitado, lógicamente, al PSOE.

Esto explica sobre todo el enfrentamiento directo entre Susana (con una gran acumulación de cargos y fuertes apoyos institucionales) y Pedro (apoyado por los militantes de base). Patxi López y su equipo, ya han demostrado que sólo aspiran a seguir participando en los órganos de dirección del partido, sabiendo que ello sólo será posible participando en la comisión ejecutiva presidida por Susana, siempre y cuando resultara triunfadora. Por el contrario, esta participación sería mucho más difícil en el equipo de Pedro (en el supuesto de ganar), por múltiples razones (algunos no le perdonan su deslealtad a Pedro); sobre todo si mantiene hasta el final su candidatura a las Primarias, lo que según todos los indicios será en detrimento de Pedro. Por otra parte, es necesario señalar que en estas Primarias no sólo se elige al secretario general. También se ponen en tela de juicio algunas de las políticas llevadas a cabo en los últimos años y el actual modelo de partido (donde los militantes han sido simples convidados de piedra), además del prestigio de significados ex dirigentes que, sin ningún rubor, están apoyando con uñas y dientes a Susana en la actualidad.

En todo caso, los planteamientos populistas, vacios de contenido o carentes de rigor no deberían tener cabida en una consulta a los militantes. Por eso, y para que todos puedan votar con conocimiento de causa, es necesario conocer a fondo las Propuestas concretas de los candidatos, sus documentos programáticos y las alternativas que defienden -de manera clara, nítida y convincente-, para hacer una oposición eficaz en el Parlamento y alcanzar el Gobierno en algún momento, además de resolver los problemas que afectan a los ciudadanos y, sobre todo, a los más débiles: empleo, precariedad, protección social, sector público, servicios públicos (sanidad y enseñanza), fiscalidad, medio ambiente, modelo territorial, modelo de partido, laicidad, memoria histórica…

Por último, es imprescindible que el resultado de la consulta sea asumido por toda la militancia y, sobre todo, por los dirigentes territoriales que deben apoyar sin fisuras al candidato ganador. Por eso, las declaraciones intolerables (chantaje) de Emiliano García-Page, secretario general del PSOE, en Castilla la Mancha, son impropias de un dirigente y le sitúan fuera de la disciplina partidaria, al no aceptar el veredicto de los militantes y, por lo tanto, la democracia interna. García-Page sigue, lamentablemente, el lastimoso ejemplo de deslealtad de Manuel Valls (ex primer ministro francés), al negar su apoyo a Benoît Hamon reciente ganador de las Primarias en el Partido Socialista Francés. No es extraño, en estas circunstancias, que muchos se preocupen por el futuro del Partido Socialista Francés… y, muchos más, por el Partido Socialista Obrero Español. Esperar y ver.