LOS JÓVENES Y LOS PARTIDOS POLÍTICOS EN EL CICLO DE LA NUEVA SOCIALDEMOCRACIA

El papel que han desempeñado los jóvenes en los partidos políticos de la era moderna no ha sido objeto de la atención que merece. Y aún en nuestros días no se está analizando con suficiente rigor y detalle cómo evoluciona –o debe evolucionar− dicho papel en función de los cambios que están teniendo lugar.

Históricamente los jóvenes tuvieron un peso, y sobre todo una visibilidad, muy notable en los partidos políticos más innovadores, durante sus primeras etapas de desarrollo. En la mayor parte de estos partidos, en especial en aquellos que tenían ideales de mayor alcance transformador, era frecuente que los jóvenes desempeñaran un papel de vanguardia y de estímulo para el desarrollo de las iniciativas políticas más avanzadas.

En algunos partidos la presencia de los jóvenes era tan importante y su activismo tan destacado que se llegaron a crear organizaciones juveniles específicas. De forma que los jóvenes tenían su propia escuela práctica de formación política, de aprendizaje y de cauce para la movilización activa. Tales organizaciones juveniles llegaron a tener bastante influencia en las estructuras de los partidos, conquistando cuotas de representación en los diferentes órganos del partido, y en especial en sus Congresos. Lo cual fue posible, precisamente, en virtud del alto grado de sintonía mostrado con los proyectos programáticos de dichos partidos, contribuyendo a dar más visibilidad a los jóvenes y a su papel.

Sin embargo, los jóvenes no llegaron a desarrollar discursos propios sobre la acción juvenil en particular, sino que su función −sobre todo en los partidos de izquierdas− era básicamente reduplicativa y orientada a favorecer la movilización y una mayor presencia pública.

Hay que recordar que en las primeras etapas históricas de desarrollo de los partidos de raíz obrera, por ejemplo, la cuestión nuclear que se atendía y se proyectaba políticamente era la problemática que afectaba a las clases trabajadoras en su conjunto. Es decir, todo aquello que concernía tanto a las personas que tenían más años como menos. Por eso, los jóvenes y sus problemáticas eran entendidas como una parte inseparable de la propia cuestión social y laboral por la que pugnaban los antiguos partidos socialistas. Esto no impidió, sin embargo, que algunas organizaciones juveniles desarrollaran deliberadamente estrategias escisionistas, orientadas a organizar o fortalecer otras opciones políticas. Como ocurrió, por ejemplo, durante los años treinta en España, cuando las Juventudes Socialistas Unificadas se pasaron con armas y bagajes al Partido Comunista. Pero esa es otra historia.

Lo importante ahora es ser conscientes de que en nuestros días se están produciendo importantes transformaciones sociológicas y políticas de fondo que implican –o debieran hacerlo− cambios en el papel y la función de los jóvenes en los partidos políticos.

En este sentido, el surgimiento de una fuerte problemática juvenil está dando lugar al desarrollo de una “cuestión juvenil” específica de gran entidad y alcance, tal como hemos analizado con detalle en un libro de reciente publicación[1]. Esto hace que dicha problemática se haya convertido objetivamente en uno de los principales trasuntos de la cuestión social, sin que a veces los partidos socialdemócratas estén siendo suficientemente conscientes del carácter nuclear de esta problemática, y sin que hayan llegado a hacer de ella una de sus banderas principales en la acción cotidiana.

Esto se debe, en buena medida, a que en la mayor parte de los partidos socialdemócratas los jóvenes tienen una organización diferenciada y no participan suficientemente en las reuniones ni en las estructuras políticas ordinarias de estos partidos. De hecho, la edad media de los afiliados a los partidos socialdemócratas tiende a envejecer progresivamente, siendo cada vez más infrecuente encontrar a nutridos grupos de jóvenes en sus reuniones.

Consecuentemente, la existencia de dos compartimentos organizativos bastante estancos (de jóvenes y de adultos) puede llegar a convertirse en un factor de disfunción política que conduzca, por un lado, a que la problemática juvenil no esté presente prioritariamente como debiera estarlo en las reuniones y las actividades cotidianas de estos partidos. Y, a su vez, también puede dar lugar a que las estructuras organizativas de los jóvenes desarrollen enfoques, discursos y propuestas que en ocasiones tienen poco que ver con las que plantean las organizaciones adultas en su conjunto. Incluso, a veces se cae en un cierto esfuerzo de diferenciación recíproca, con el propósito de afirmar una entidad propia y distinta, no siendo infrecuente que desde dichos ámbitos respectivos tiendan a acumularse la disparidad y los desencuentros, en una dinámica en la que lógicamente siempre serán los jóvenes los que perderán más. Sobre todo perderán –podrán perder− influencia política y capacidad operativa efectiva, amén del acceso a otros recursos materiales. De ahí la importancia de garantizar los equilibrios recíprocos y los compromisos de amplio alcance.

Una evidencia de que esta es una tendencia relevante es que cada vez más jóvenes se inclinan por incorporarse directamente a los partidos como tales, sin pasar previamente por esas “escuelas de ciudadanía”, “de iniciación política” y “de movilización” que suponen las Juventudes de los partidos políticos.

En definitiva, las nuevas realidades políticas y las tendencias que se están produciendo cada vez con mayor fuerza requieren una reflexión rigurosa y precisa sobre tales cuestiones, urgiéndonos a buscar soluciones y alternativas que impidan caer en los tres grandes riesgos a los que nos enfrentamos, si se mantienen determinadas inercias. El primer riesgo puede ser una pérdida de perspectivas políticas adecuadas para todos (si se piensa y se opera con total autonomía de propósitos y programas). El segundo riesgo es prestar una insuficiente atención a la actual problemática sociolaboral y económica de los jóvenes, con toda su dimensión de crisis sistémica –que no es solo cosa de jóvenes−. Y el tercero es deslizarse hacia una desviación sesgada –y/o diferenciada− en la ordenación de los objetivos y las metas políticas que tienen que permitir a los partidos socialdemócratas de hoy en día volver a sintonizar con los sectores mayoritarios de la sociedad.

No se trata, pues, de cuestiones pequeñas ni triviales, sino de asuntos de fondo, que requieren una clarificación y una adecuación de las estructuras organizativas de los partidos socialdemócratas a las nuevas realidades. Proceso que, en el caso del PSOE, se ha emprendido en el 39º Congreso, y que en el caso de las Juventudes Socialistas deberá ser objeto de las debidas aclaraciones, en primer lugar, para saber si todos remamos en la misma dirección, y para delimitar qué jóvenes están dispuestos a trabajar en la vanguardia de los propósitos de la “nueva socialdemocracia” que hoy se necesita, y quiénes están –aunque suene contradictorio e impropio de jóvenes− en las inercias del pasado y en otros enfoques y propósitos, más propios de partidos e ideologías diferentes.

[1] Vid., José Félix Tezanos y Verónica Díaz Moreno, La cuestión juvenil. ¿Una generación sin futuro?, Biblioteca Nueva, Madrid, 2017.