LOS EXCESOS DE PABLO CASADO

La estrategia que Pablo Casado está utilizando no es nueva. Ya lo hizo José María Aznar en un combate desleal contra el PSOE, utilizando el terrorismo como instrumento de demagogia y electoralismo. A Aznar no le dolió el uso “sucio” del dolor y el sufrimiento de las víctimas. Aunque, cuando posteriormente lo vimos gobernar, cambió radicalmente su discurso, intentó negociar con ETA, estableció puentes y diálogos, y hasta les cambió el nombre cuando estaba negociando con ellos, y les llamó “movimiento vasco de liberación”, una denominación que nadie, ningún Presidente se atrevió a utilizar nunca.

Aznar demostró con ello el alto grado de cinismo e hipocresía. Un cinismo que no tuvo límites morales cuando el atentado del 11-M, realizado por los yihadistas, y que fue manipulado por el propio gobierno de Aznar para engañar consciente y vilmente a la ciudadanía, esperando sacar réditos electorales del peor momento de la historia democrática de España. Increíble pero cierto.

En la primera oposición de Rajoy, se supone que aconsejado por el dedazo de Aznar, intentó utilizar la misma estrategia frente a Zapatero, y le acusó de “traicionar a los muertos”. Hay que recordar que fue con el gobierno de Zapatero con el que se consiguió la disolución de ETA y la entrega de las armas.

Hoy, el terrorismo de ETA no es una amenaza en España. No existe. Entonces, ¿a qué vienen los excesos de Pablo Casado?

Comenzó con una serie de insultos barriobajeros hacia Pedro Sánchez: “felón, traidor, desleal….” y un largo etcétera, que a cualquiera abochornaría, pero él los pronuncia con total naturalidad, sin vergüenza alguna. Siguió con la insinuación inmoral de que habría que saber la verdad sobre el 11-M. No solo hay que ser atrevido para decir eso, sino tener poca catadura moral.

Y si pensábamos que Casado había terminado sus “excesos”, llega ahora utilizando el terrorismo de ETA, hablando de que Sánchez prefiere las manos manchadas de sangre a las manos blancas. ¿Cómo calificar esta salvajada en un Estado democrático? ¿Cómo calificar a un tipo como Pablo Casado, que puede ser el principal líder de la oposición, y que compite para presidir el Gobierno de España?

El mayor problema no es lo que dicen, sino por qué lo dicen y con qué capacidad sigue utilizando la cúpula del PP una estrategia electoral sucia, llena de mentiras, y manipulando el dolor y el sufrimiento ajeno.

Porque si Casado es capaz de revolver las tripas con esta estrategia, a la que parece que ni siquiera se atreve Vox, será capaz de repetir la peor historia del PP, la del gobierno de Aznar. Un gobierno que aún está hoy resolviendo sus problemas con la justicia: que engañó, manipuló, robó, allí donde gobernó. Y Casado, en vez de avergonzarse de ello, parece remontarse al origen del mal, cuando todavía no le hemos oído pedir perdón, y tan solo se refiere a la corrupción institucionalizada del PP como “cuatro chorizos”, utiliza la misma bazofia.

He visto a muchos concejales del PP de pueblos de mi Comunidad sufrir por los excesos de corrupción de sus dirigentes. Sabían y así lo han asumido con paciencia y vergüenza que debían pagar ellos el descrédito de la cúpula del PP. Siguen siendo honestos y leales con las siglas de su partido, se han quedado al frente haciendo oposición, cuando en más de una ocasión no sabían qué decir. He tomado café con muchos de ellos porque la democracia consiste justamente en compartir espacios, charlas, ideas, opiniones, en buscar mínimos de acuerdo. Tengo amigos en el PP. Y no se merecen volver atrás, desenterrar las armas sucias e inmorales, repetir el pasado.

Si Pablo Casado supiera de verdad lo que es el juego democrático: una competencia electoral limpia, una confrontación de ideas, incluso, los titulares que proporciona la campaña, sin más intención que animar a los propios e intentar conseguir algún indeciso. Si Pablo Casado se preocupara por los miles de concejales y afiliados de su partido, les devolvería el orgullo y no la ignominia.

No hay calificativos para la actuación de Casado. No hay razones que justifiquen su inmoralidad.