LOS DEBATES ELECTORALES

TEZANOS011215

En las democracias maduras los debates electorales ocupan un papel central en la confrontación política, y nadie mínimamente sensato que aspire a ser elegido se plantea ni siquiera la posibilidad de rehusar participar en ellos.

De hecho, con un buen sistema de debates los partidos políticos podrían ahorrar mucho dinero en sus campañas y llegar mejor y más directamente a bastantes ciudadanos que no suelen acudir a los mítines ni suelen seguir con atención la propaganda. Por lo tanto, con buenos debates los partidos ahorrarían recursos y los ciudadanos menos politizados podrían tener más y mejor información para tomar sus decisiones electorales.

Pero el problema es que los debates tienen que estar bien planteados (también en sus aspectos técnicos) y los candidatos deben aprovechar bien sus tiempos para informar adecuadamente sobre las soluciones que propugnan sobre los problemas que más preocupan a los ciudadanos. A los ciudadanos y no a ellos, o a los medios de comunicación social donde tienen lugar los debates.

En este sentido, el debate realizado por el diario El País el día 30 de noviembre tuvo un problema inicial al no difundirse adecuadamente por televisión que, dígase lo que se diga, continúa siendo la plataforma primordial para realizar este tipo de acontecimientos, con suficientes garantías técnicas de difusión.

Pero, lo cierto es que el debate entre Pedro Sánchez, Albert Rivera e Iglesias Turrión se convirtió en una noticia de entidad, entre otras cosas por la incomparecencia de Mariano Rajoy, que en su condición de actual Presidente del Gobierno y candidato del principal partido conservador español era el referente natural del contraste de posturas. Es decir, lo que realmente se sustancia el día 20 de diciembre es si el Presidente va a continuar siendo o no Mariano Rajoy, y si se van a mantener las políticas del PP o no.

Por lo tanto, la ausencia de Mariano Rajoy de este debate desvirtuó su sentido político, y ya se le puede criticar todo lo que se quisiera por su ausencia poco justificada, pero lo cierto es que el acontecimiento quedó cojo. Como luego se vio, con el consiguiente riesgo de desviar los tiros en direcciones equivocadas, haciendo de Pedro Sánchez el principal objetivo a batir por los otros dos candidatos noveles.

Pero, este no fue el único problema, ya que el debate se caracterizó por comportamientos propios de las tertulias radiofónicas y televisivas, en las que tan duchos son Albert Rivera e Iglesias Turrión. Sobre todo, este último recurrió constantemente a los trucos, ademanes, formas (y también falsedades) que tanto proliferan en estos debates. Por eso, algunos interpretan que salió vencedor. ¿Vencedor en qué? ¿En hablar más y más alto que los demás? ¿En hacer simplificaciones demagógicas? ¿En descalificar a los demás aparentando que no lo hacía?

Lo cierto es que en el debate de El País faltó altura de miras y sobró tacticismo tertuliano. Muchos nos quedamos sin saber qué proponen realmente en muchos aspectos tanto Albert Rivera como Iglesias Turrión. ¡Si esto es la nueva política, estamos aviados! Posiblemente yo no sea objetivo (como tampoco lo son los demás comentaristas sobre el debate, aunque ellos no lo reconozcan), pero mi impresión es que en el debate solo se veía la presencia de un partido serio y de entidad (el PSOE), al que se puede identificar y conocer realmente por su trayectoria, por sus hechos y realizaciones –buenas o malas, con aciertos y equivocaciones─, pero con entidad real. ¿Qué propone de verdad Iglesias Turrión? ¿Qué piensa realmente? ¿Dice sinceramente lo que piensa, o más bien lo que en cada momento cree más oportuno decir? ¿Por qué cambia tanto de opinión y de programa? ¿No denota un exceso de tacticismo barato?

En el caso de Albert Rivera la impresión que causa es que últimamente está muy crecido, y creído de sí mismo, y que se ve prácticamente a las puertas de la Moncloa. Incluso habla sin ningún pudor de cuál debe ser el sueldo del Presidente de Gobierno. Le falta modestia y capacidad para escuchar y encajar críticas, al igual que él espera que los demás encajen sus críticas absolutas y concluyentes. ¿Realmente cree que son lo mismo el PSOE y el PP? ¿Por qué tiende a meter a estos dos partidos en el mismo saco e intenta descalificarlos a los dos por igual? ¡Un poco de paciencia y de modestia, por favor!

Pedro Sánchez, en este contexto, reaccionó a las críticas con calma y firmeza, hizo las aclaraciones que fueron precisas –o que le permitieron hacer─ e intentó dejar claro que la confrontación de programas y propuestas tenía que ser realmente con el gran ausente –el PP─ que es el partido al que una inmensa mayoría de españoles desea ver en estos momentos fuera de la Moncloa. Por eso, explicó con detalle las leyes que es necesario derogar y las leyes correspondientes que se necesitan en España en estos momentos para restablecer muchos de los derechos y oportunidades que han sido puestos en cuestión por las políticas del PP. Y luego algunos comentaristas se quejarán de si se habló o no se habló de un proyecto futuro para España. ¿Qué es este proyecto sino un conjunto de buenas leyes alternativas?

Por lo demás, la experiencia ha servido para demostrar que en estos debates se necesita un poco más de labor de moderación –a veces incluso parecía que Iglesias Turrión quería sustituir al moderador y hasta reñía a los otros dos “contertulios”, como si estuviese en su programa de la Tuerka─ y, sobre todo, capacidad de orientar más el debate hacia las propuestas de alternativas en positivo. Aunque eso, desde luego, siempre resulta más aburrido.

Sobre los comentaristas acompañantes –los protagonistas del “debate sobre el debate”─, que en algunos medios van comentando los incidentes, el vestuario, los gestos y demás asuntos circunstanciales, mejor es que no digamos nada.