LOS BILLETES DE 500 EUROS Y EL FIN DEL DINERO FÍSICO

LOS BILLETES DE 500 EUROS Y EL FIN DEL DINERO FÍSICO

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El miércoles 4 de mayo de 2016, el Banco Central Europeo (BCE) anunció su decisión de dejar de imprimir billetes de 500 euros a partir de finales de 2018, al llegar a la conclusión de que esta denominación se usa de manera intensiva por redes criminales para mover grandes cantidades de dinero sin ser detectadas. En España, por ejemplo, se concentró durante la burbuja inmobiliaria el 26 por ciento de todos los billetes de 500 euros de la Eurozona.

Es éste un problema común a los billetes de tan alta denominación. Así, en Estados Unidos dejaron de imprimir en 1946 los billetes de 500 y 1.000 dólares, y en 1969 se retiraron de la circulación por la misma razón. Sin embargo, el BCE solamente dejará de fabricar los billetes de 500 euros, por lo que aquellos todavía en circulación seguirán siendo de curso legal por tiempo ilimitado, salvo decisión en contrario.

Al no retirar estos billetes de circulación, se renuncia a hacer aflorar un capital oculto que se tendría que declarar a Hacienda al momento de su ingreso en cuentas bancarias o canje ante los bancos centrales nacionales. Alternativamente se podría producir un pequeña expansión del consumo privado al recurrir sus poseedores a gastar el capital acumulado irregularmente en billetes de 500 euros (siempre en pequeñas cantidades, pues al menos en España ya hay un límite de 2.500 euros a las transacciones en metálico).

Que el BCE se haya limitado a aprobar no seguir imprimiendo estos billetes tiene que ver con el poco entusiasmo que la cruzada contra los billetes de 500 euros generaba en los bancos centrales de las economías más ricas de la Eurozona, como la alemana y la austríaca, donde como es natural esta cantidad es menos astronómica que en países como el nuestro, y en las que los billetes de alta denominación suponen una cuestión de prestigio nacional. En Alemania por ejemplo, existía el billete de 1.000 marcos, de valor aproximado al actual billete de 500 euros.  Además, los gobernadores de estos bancos se oponen a cualquier eliminación del dinero en efectivo, pues su cultura monetaria se basa en la plena capacidad del individuo de poder convertir la totalidad de sus ahorros e inversiones en metálico. La supresión del billete de 500 euros se considera un primer paso en esta espiral contra el dinero físico que no comparten en absoluto[1].

Pues bien, si en efecto puestos a eliminar el billete de 500 euros por las razones aludidas de lucha contra el crimen organizado y el fraude fiscal hubiera sido mejor rematar la faena retirándolos de circulación, lo cierto es que no es aconsejable acabar con el dinero físico; los defensores de esta medida se apoyan al fin y al cabo en las mismas razones que han motivado el fin del billete morado: sin efectivo todas las transacciones son por defecto electrónicas y pueden ser rastreadas. Pero hay una constelación de razones en contra de dar este paso.

En primer lugar, el dinero en metálico como reconoce el propio BCE permite saldar pagos de manera inmediata y sin recurrir a infraestructura técnica alguna, la cual puede quedar inutilizada durante cortes energéticos. Al mismo tiempo, aun cuando es positivo favorecer la posibilidad de utilizar tarjetas de pago electrónicas en el mayor número de entornos, sería excesivo imponer su uso obligatorio para liquidar pequeñas transacciones en mercados, mercadillos, rastros, pequeños comercios y hostelería.

En segundo lugar, existe una preferencia social en muchos países por el efectivo, además de la costumbre de la propina, que se vería afectada por la eliminación del dinero en metálico. Asimismo, se complicarían enormemente los pagos a confidentes e informantes de la policía y de los servicios de inteligencia.

En tercer lugar, solamente el euro físico es moneda de curso legal. Su desaparición supondría que el dinero estaría siempre por defecto en una cuenta bancaria desde la que efectuar pagos, pero que sería indisponible por el propietario del capital. Entonces, un ataque cibernético podría teóricamente “borrar” un saldo en una cuenta corriente y el depositante perder todos sus ahorros (por supuesto esto es posible en la actualidad, pero al menos cabe la posibilidad de tener una parte del dinero en efectivo en el propio domicilio).

Por último, no se debe subestimar el papel simbólico, artístico y cultural que desempeñan las monedas y billetes en nuestras sociedades. La acuñación de moneda es uno de los rasgos más característicos de las grandes civilizaciones humanas que se remonta varios milenios a nuestras espaldas. Concretamente, el dinero físico (si bien forma de cebada) nació en Sumer hacia el año 3000 antes de nuestra era (a.n.e), al tiempo que la escritura (y no por casualidad)[2]. Hacia el año 2500 a.n.e apareció el siclo de plata, en Mesopotamia, que era una unidad de cuenta (equivalía a 8,33 gramos de plata) y en el 640 a.n.e  se acuñaron en Anatolia las primeras monedas de plata y oro[3].

Su desaparición, por cierto, entrañaría también la pérdida de miles de puestos de trabajo en la Eurozona, además de acabar con una actividad industrial altamente especializada y de valor añadido (por las técnicas avanzadas empleadas para evitar la falsificación de papel moneda).

[1] Véase http://economia.elpais.com/economia/2016/05/04/actualidad/1462379348_037049.html

[2] Véase Yuval Noah Harari (2016): Sapiens. De animales a dioses. Una breve historia de la humanidad, Editorial Debate, p. 204.

[3] Íbid, p. 205.