LO DECENTE ES QUE NO GOBIERNE RAJOY

noguera231015

Marguerite Yourcenar, la autora de Memorias de Adriano dice en las páginas de esta deliciosa novela sobre el emperador romano que “La moral es una convención privada; la decencia es una cuestión pública”. La última semana electoral se ha visto marcada por el hecho de que el candidato del Partido Socialista le recriminara al candidato popular dos cosas esenciales de cara las elecciones del día 20, una que la corrupción es el segundo mayor problema que sienten los españoles sobre la situación de la vida pública española (precedida del empleo), y que Rajoy había sido indecente respecto a esta cuestión (e incumplidor en cuanto a las cifras de creación en cantidad y calidad del empleo en España). Ambas afirmaciones pueden ser dolorosas cuando uno sale, después de cuatro años, de la jaula de oro de la Moncloa y comprueba que la realidad no se compadece con la percepción propia.

Dolorosas tal vez pero no inciertas, ni tildar de “no decente” es insulto, es simplemente la constatación, también dolorosa,  de cómo ven la vida pública los ciudadanos españoles.  Tomar conciencia de ello es relevante en la conformación de la opinión de los votantes antes de decidir a quién le otorgan la confianza para gobernar los asuntos de todos en los próximos años.

Si hay muchos ciudadanos, no es el caso, que creen que no ha sido indecente lo que hemos ido viviendo en nuestro país en los últimos tiempos en lo que respecta a la corrupción política, tenemos un serio problema. Esta y no otra es otra la razón por la que la política está en crisis y ha supuesto el descrédito institucional. Todos hemos sentido el duro golpe de comprobar las tramas y re-tramas corruptas que terminan en la sede de un partido político concreto, no somos tontos. Hemos llegado al absurdo de que el Consejero de Justicia del PP que inauguró un centro penitenciario ahora se encuentra viviendo en su interior por ser el cabecilla de una fastuosa red de corrupción (Granados en  la cárcel de Estremera -Madrid VII).

La corrupción es tan antigua como la historia de la humanidad pero ello no es justificación de nada. La democracia debe ser la lucha por gobiernos decentes, es decir que actúan conforme a lo que la sociedad espera de ellos, con comportamientos ejemplares. En una España que ha sufrido una dura crisis económica, siendo irrelevante a estos efectos las causas de dicha crisis y si se gestiona bien o mal, no es de recibo que existan miembros del poder político y  otros auspiciados por él (Rato es el ejemplo más paradigmático siendo recibido en el despacho del Ministro del Interior) que se están lucrando, por no decir robando, con cuentas millonarias en paraísos fiscales. En la calle, mientras ciudadanos pierden sus derechos, su empleo, sus condiciones de vida digna, se recortan prestaciones, se aumentan los costes de formación y un larguísimo etcétera.  ¿Qué hace  el que está a la cabeza de ese poder político? Mira para otro lado, dice que él no sabe, que no conoce y solo habla de leyes, que como decía Tácito abundan en los estados más corrompidos, tiene un atributo, es un indecente. No querer hablar de ello y esconderse más aún. No dimitir el colmo. Volverse a presentar una tomadura de pelo.

La única forma de recuperar la decencia nacional y afrontar el futuro es que al frente del país esté otro ciudadano. El que por acción o por omisión en el momento de renovar el contrato entre política y sociedad sea diletante con ello, no deja de convertirse en cooperador necesario para que la decencia no vuelva al país y las instituciones vuelvan a funcionar como en una democracia deben de conducirse.  El voto es el único instrumento directo que tenemos los ciudadanos para poner las cosas en orden. Desperdiciar ese momento es un error que podemos pagar muy caro pues estamos perdiendo la oportunidad de regenerar España. Ni todos son lo mismo, ni el bipartidismo es el problema. Un Parlamento fraccionado e ingobernable no es solución a los problemas de este momento y son lo suficientemente graves como para cooperar en las urnas a recuperar el orgullo de país.