“LEVANTARSE, INSISTIR Y COMPETIR”

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Las grandes metáforas de la vida nacional ya no se generan en las plazas de toros, sino en los estadios de fútbol, aunque hoy, al hilo de la actualidad política, haya vuelto a ponerse de moda reverdecer la sentencia de Rafael Guerra, “Guerrita”, “Lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible”, que algunos eruditos enlazan con el pensamiento de Talleyrand asumido tal vez por el torero en alguna charla informal con Ortega. Pasar de la aceptación sabia, pero resignada, de lo inevitable a la más arriesgada pero también más creativa e ilusionante idea de las posibilidades transformadoras, si existe voluntad y convicción para hacerlo, es lo que ha convertido hoy a un entrenador de fútbol, Simeone, en un fenómeno de liderazgo social, digno de estudio. Por encima de las estrategias y los fichajes, el entrenador argentino del Atlético de Madrid, ha situado las palabras y los gestos como un resorte movilizador del equipo y de la afición, haciéndoles confiar en la victoria y asumiendo con naturalidad la derrota. A los jugadores les habla de “valores” y ha acuñado una sentencia que hace pensar: “La vida es esto: levantarse, insistir y competir”.

Con un elevado tanto por ciento de probabilidades, los españoles vamos a ser requeridos a acudir a las urnas el próximo 26 de junio. Los notables y elogiables esfuerzos puestos en marcha, sobre todo por la iniciativa del Partido Socialista, para conformar una alternativa de gobierno al decadente Partido Popular no parecen haber cristalizado en una fórmula parlamentaria viable para garantizar el éxito de una investidura. Será la sociedad quien penalice a los culpables, si es que esa variable resulta, al fin, determinante en la valoración del voto. Y si las previas afinidades no trasladan la culpabilidad a campo ajeno.

Al día 26 podemos llegar bajo el impacto de una idea de fracaso, de oportunidad perdida para acabar con el desastroso gobierno del Partido Popular, asumiendo la frase del torero, o con un espíritu de victoria basado en la convicción de los valores propios y la confianza en el ejercicio de la democracia, es decir, en nuestros conciudadanos. El pesimismo circulante, que acepta, sin más, la hipótesis de que unas nuevas elecciones consolidarían el triunfo del Partido Popular, evidencia una gran debilidad y, al tiempo, una incoherencia: pretender transformar una sociedad que admite que la dirija el paradigma de la corrupción y de la injusticia social, dando por supuesto que la mayoría acepta gustosamente esa situación y está dispuesta a prolongarla. Gran error de diagnóstico en un país donde la izquierda ha gobernado más años que la derecha, con el respaldo de esos mismos ciudadanos.

La acumulación de escándalos que afectan al partido que nos gobierna, aunque sea en funciones, está afectando ya, gravemente, día a día, al crédito del PP, sumido en una crisis que ya no se encargan de disimular. Cada mañana, los españoles sumamos un nombre nuevo al cuadro del deshonor que rodea a Mariano Rajoy y contemplamos su incapacidad para minimizar el desastre. Articular una alternativa de última hora, inestable por naturaleza, con serias contradicciones programáticas, y con evidentes signos de desconfianza personal entre sus dirigentes, se antoja, lamentablemente, como una pobre solución al problema. Se abre, por el contrario, la oportunidad de dar un vuelco real hacia un Gobierno basado en las ideas transformadoras de la izquierda, con el respaldo de una sociedad que ha tenido la oportunidad de conocer durante estos últimos meses la cara auténtica de los partidos y de sus líderes. Eso sí, no puede acudirse a solicitar el voto de los españoles desconfiando de ellos, transmitiendo la idea de la aceptación resignada de su veredicto, sino con un mensaje preñado de ofertas realistas para la resolución de sus problemas, pero impregnado de un lenguaje ilusionante, que ponga en pie, de nuevo, a los que hoy parecen aburridos espectadores de una mala comedia o de un encuentro amañado. Supimos hacerlo.