LECTURAS DEL 20-D

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Los españoles, en su gran mayoría, se han mostrado partidarios del cambio, pero el PP ha vuelto a ser el primer partido, y la fragmentación extraordinaria de la representación en el Parlamento hace muy difícil tanto un nuevo Gobierno presidido por Rajoy, como un Gobierno alternativo conformado por las fuerzas de la oposición.

La valoración del electorado sobre los cuatro años de Gobierno del PP es muy contundente: el partido del Gobierno pasa de 186 a 123 diputados, pierde más de cuatro millones de votantes y 16 puntos porcentuales de apoyo. No hay precedente en la historia democrática española de una caída tan dramática en el respaldo a un Gobierno que parte de una mayoría absoluta en el Parlamento.

Los españoles han manifestado con claridad su oposición mayoritaria a una política económica que persigue el crecimiento por la vía de la precarización laboral y el recorte de los derechos sociales. La ciudadanía ha expresado también su rechazo contundente a la corrupción sistémica que lastra al partido de Rajoy, y a la falta de reacción del Presidente, tanto en términos de control como en términos de responsabilidad.

Los electores han votado cambio frente a continuidad, y el sentido ideológico del cambio ha sido inequívocamente progresista. La segunda fuerza electoral sigue siendo el PSOE. La tercera fuerza es un Podemos que se declara ajeno a la dialéctica izquierda-derecha, pero al que la gran mayoría de su electorado sitúa incluso más a la izquierda que el PSOE.

El reflejo institucional de la votación es de una complejidad sin precedentes en los 37 años de vigencia de nuestra Constitución. La representación ciudadana aparece más fragmentada que nunca. Posiblemente se conformen nueve o diez grupos parlamentarios.

La iniciativa para intentar la formación de un Gobierno corresponde legítimamente al candidato del partido más votado; es decir, a Mariano Rajoy. No lo tiene nada fácil, puesto que cuenta de entrada con el voto en contra de más de la mitad de los diputados: PSOE, Podemos, IU y nacionalistas. Salvar esta oposición parece extraordinariamente complejo, si no imposible.

Si Rajoy fracasa, nuestro régimen parlamentario ofrece la oportunidad a quienes se presentan como alternativa; es decir, a Pedro Sánchez. Tampoco sería fácil, porque la naturaleza, los programas y las condiciones expuestas por los demás grupos que promueven el cambio son de una heterogeneidad difícilmente superable.

En un análisis más pormenorizado del resultado de cada formación, el PP merece dos apuntes aparentemente contradictorios: sus apoyos se desploman, pero sigue siendo el primer partido en votos, bastante destacado sobre los demás. La escasa vocación para el diálogo y los acuerdos que han exhibido Rajoy y los suyos durante estos cuatro años van a pasarles factura a la hora de intentar sumar apoyos para una eventual investidura. Si lo logran, tendrán una nueva oportunidad para corregir errores. Si no lo logran, es posible que pasen una larga temporada en la oposición.

El PSOE retrocede en votos y escaños, pero resiste bien en un contexto con dificultades extraordinarias. Segunda fuerza parlamentaria, primera fuerza del cambio, 90 diputados y más de 5,5 millones de votos constituye un bagaje aceptable para un partido que salió del Gobierno con una gran contestación social hace solo cuatro años, y que ha tenido que bregar en un escenario con dos nuevos partidos de gran proyección social y de extraordinario apoyo  mediático.

Durante los últimos meses, el espacio socialista era el espacio a conquistar por casi todos, y Pedro Sánchez era el enemigo a batir por casi todos. El PP trabajaba por deteriorar la imagen del PSOE, porque el PSOE es su alternativa natural. Podemos, Izquierda Unida y Ciudadanos han pescado con ahínco en los caladeros del centro izquierda, donde tradicionalmente se sitúa el PSOE. Los apoyos mediáticos de la derecha se han repartido los papeles: unos promocionaban directamente al PP, mientras otros beneficiaban indirectamente al PP, promocionando a quienes disputaban el espacio político al PSOE.

Los resultados del PSOE son especialmente positivos en los ámbitos de tradicional voto socialista, como Andalucía y Extremadura. Y son especialmente negativos en las áreas urbanas como Madrid, Barcelona y Valencia, donde la estructura socialista es más débil y donde los llamados “emergentes” han sabido conectar mejor con las nuevas demandas de participación política. El Partido Socialista ya ha iniciado un proceso de renovación e impulso a su actividad en estas zonas urbanas, pero habrá de intensificar y mejorar mucho su trabajo al respecto.

Al PSOE solo le cabe respetar en un primer momento la iniciativa de Rajoy para intentar la investidura, con el voto socialista en contra, desde luego. Y solo con posterioridad a un eventual fracaso de Rajoy, cabría establecer consultas para valorar una eventual alternativa. Esta alternativa sería muy difícil en todo caso, por la multiplicidad y diversidad de las fuerzas del cambio. Y sería imposible si la condición esgrimida por algunos fuera, por ejemplo, abrir la puerta al secesionismo catalán.

El resultado de Podemos es meritorio, teniendo en cuenta su corta trayectoria política. No obstante, sus dirigentes no alcanzan ni de lejos el propósito explicitado durante toda la campaña de “conquistar los cielos”, superar al PSOE y llegar a la Moncloa. Ciudadanos ha sido otro de los grandes perdedores del 20 de diciembre. Los apoyos mediáticos fabricaron el espejismo del triple empate e, incluso, de un Ciudadanos aspirante a encabezar el Gobierno. Pero la realidad de las urnas ha llevado a Rivera al cuarto puesto con apenas 40 escaños.