LECCIONES DEMOCRÁTICAS APRENDIDAS. NO TODO ES INÚTIL

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Todo parece indicar que la vuelta a pasar por las urnas es la única solución a la encrucijada. Muchos pensarán que ha sido un tiempo totalmente inútil, y así será si no reflexionamos sobre las lecciones aprendidas que nos deja este proceso. Esta reflexión debe hacerse por parte de todos: los ciudadanos, los medios de comunicación, los agentes sociales y, principalmente, los políticos.

Empezaré por la conclusión: la calidad de nuestra democracia es manifiestamente mejorable. Lo es en muchos sentidos y sólo aplicándonos en su saneamiento intensivo podremos reconducir nuestra vida colectiva, lo cual parece prioritario si tenemos en cuenta el panorama internacional en el que nos encontramos, tanto en seguridad, como económico y político.

Construimos imaginarios políticos en base a la agregación de manifestaciones individuales de voluntad. Los ciudadanos con su voto han dicho lo que cada uno prefiere como opción política de gobierno, o a sabiendas de que su opción no alcanzará la mayoría suficiente para gobernar quien quiere que ejerza, en ese caso, de oposición. El resultado de esa elección le corresponde interpretarla a sus representantes y eso da sentido a este tipo de mandato frente a lo que sería el directo. Ese es otro tipo de democracia que en nuestro sistema es excepción y no regla. Por tanto no se optó por romper el bipartidismo. Cada ciudadano decidió quien le iba a representar mejor, esta vez algunos optaron por otras opciones diferentes que en el pasado. Lo que sucede es que, como hemos podido comprobar, los intérpretes se han dejado llevar por algo que hay que saber si pertenece a la condición política o a la humana: sus propios intereses y los de aquellos que de forma cercana les rodean. Ello hace cada vez más importante el que sin ambages corrijamos el modelo hacia la elección de personas y equipos y no lo desvirtuemos simulando que elegimos organizaciones, o peor que eso, en defensa de intereses cívicos o ideológicos. Ello ahorraría un 80 % de palabras innecesarias y reiterativas en el discurso político.

En relación con esto último también hemos aprendido que cuando los procesos se alargan la política puede llegar a adquirir una dimensión de simplicidad capaz de herir la inteligencia humana más simple. Evidenciando que los asesores de comunicación política saben poco de política y menos de comunicación, pues reiterar la misma frase hasta la saciedad genera el descredito sobre lo importante que es la política y llegas a pensar que si lo del gobierno a la valenciana es por coincidir con fallas o porque el arroz no puede llevar azafrán y tener color naranja. O si “el peor resultado de su historia” es uno del Barca hablando del Madrid. No puede tratarse a los ciudadanos de forma tan irrespetuosa cuando lo que nos jugamos es tener un programa de gobierno y un gobierno que encauce la situación.

Las nuevas tecnologías deben de venir a innovar la política como están haciendo en las ciencias del conocimiento y con la misma rapidez. Ahora bien, pare ello hay que saber que innovar no es que el debate político se cifre en los 140 caracteres a la salida de una reunión, sino en ensanchar los márgenes de la participación mediante sistemas rigurosos, por ejemplo recabando la opinión y validando la misma como la firma digital. Pero no por ello olvidando la validez y superioridad de la democracia representativa.

Nos hemos hartado de oír que por fin tenemos un parlamento fresco y dinámico. Aludir a la “cal viva” no es fresco; ofrecer desde la tribuna el despacho para encuentros amorosos, igual alguno lo considera dinámico y gracioso. El Parlamento es forma, representación popular, respeto del otro y de los que representa; es un templo laico de la civilidad, no el “Club de la Comedia”, ni la obra de teatro de fin de curso y si no tenemos eso meridianamente claro debilitaremos la democracia en lugar de engrandecerla. Las leyes no tendrían el valor de ordenación social si las publicáramos en la revista de garabatos del colegio.

El que a Diputados y Senadores les surjan escándalos de corrupciones vivas y actuales y que no existan instrumentos expeditivos de exigencia de responsabilidad política y se tenga que esperar a la judicial, como estamos viendo estas semanas, nos dice que la regeneración democrática obliga a procedimentar rápidamente para evitar la pérdida de la dignidad de la política.

En definitiva, es a los ciudadanos a quienes, parece ser, les va a tocar volver a decidir cuál es el camino de salida de esto. Esperemos tengan la lección aprendida y sepan diferenciar cada uno de ellos cuando quieran elegir de nuevo, diferenciando a los políticos que están en el conflicto o en la solución; lo realmente viejo y lo que puede ser nuevo; distinguir la política del teatro; lo progresista de la impostura; el relato de lo que se pretende de las genialidades; los parapetos de poder y los senderos de trabajo.

Es la vía de los 36 510 952, la de los electores españoles.