LECCIONES A PROPÓSITO DE LA INICIATIVA DE AMANCIO ORTEGA

Hace unas semanas y en plena campaña electoral, Pablo Iglesias quiso generar un debate con intenciones electorales a propósito de la iniciativa que tuvo Amancio Ortega de donar una importante cantidad de dinero (más de 300 millones de euros) para que el sistema sanitario público pudiera proceder a la modernización de sus equipos de diagnóstico y de radioterapia para el tratamiento del cáncer.

Iglesias mezcló de manera interesada o ignorante, (no se sabe qué es peor), diversos asuntos al hilo de esta iniciativa y, en muchos casos, consiguió confundir a la opinión pública generando un debate de carácter electoral que probablemente no ha servido ni para disponer de mejores resultados electorales, ni para profundizar en el análisis de los elementos que realmente caracterizan este caso. Elementos que son clave en la conformación de una posición coherente con la ideología progresista que defiende el Estado de Bienestar.

La Fundación Amancio Ortega planteó la donación económica con la finalidad de apoyar al sistema público en la compra de tecnología moderna para el diagnóstico y el tratamiento del cáncer. Y lo hizo repartiendo la cuantía de los alrededor de 310 millones de euros de manera equitativa entre las diversas Comunidades y sin poner condición alguna ni sobre el tipo de aparatos ni sobre la marca comercial, ni sobre en qué hospitales ubicarlos.

En base a estos planteamientos, las Comunidades Autónomas han realizado procesos concursales a los que se han podido presentar todos aquellos proveedores que hayan querido hacerlo sin discriminación alguna.

Por tanto, una primera cuestión a tener en cuenta es que se trata de una donación completamente altruista y respetuosa con las funciones y las competencias que tienen las autoridades sanitarias para determinar el modo y la manera en la que entienden que deben organizarse y planificar sus servicios de salud.

En base a esto, cabe una primera reflexión sobre si son aceptables o no aquellas donaciones altruistas que tengan un equilibrio territorial y que mantengan el pleno respeto a las competencias de las autoridades para definir cómo y dónde ubicar equipamientos de esta naturaleza.

Esta es una cuestión de gran importancia, porque cabe posicionarse en favor o en contra de los mecenazgos, pero hay que valorar si son interesados o, por el contrario, si resultan respetuosos con las funciones de los poderes públicos.

Este mecenazgo es de los que yo apoyaría siempre, basándome en esta primera característica.

En segundo lugar, creo que es relevante debatir en torno a cuál debe ser el régimen fiscal aplicable a empresas del tipo de las de Amancio Ortega. Yo creo que este es un debate interesante, porque probablemente haya margen para la mejora de la progresividad de nuestro sistema fiscal. Pero Iglesias no ha planteado adecuadamente este aspecto porque ha insinuado que el motivo de su donación perseguía pagar menos impuestos e, incluso, se ha deslizado la duda sobre la eventualidad de un fraude fiscal o deslocalización fiscal por parte de Amancio Ortega.

Este es un asunto que no está ligado a la donación y que merece una reflexión profunda y serena. Considero que la política fiscal que impulse un Gobierno de progreso tiene que profundizar de manera realista y firme en la progresividad. Eso sí, hasta el punto que no provoque la deslocalización dado el tipo de economía global en el que nos ubicamos. Y probablemente sea más eficaz esa política fiscal más progresiva si se enmarca en una acción común en el ámbito de la Unión Europea, lo que nos llevaría a apuntar que ésta debe ser una prioridad de nuestra política exterior.

Nada de esto he percibido en los planteamientos de Pablo Iglesias, claramente orientados al debate electoralista y superficial.

Hay un tercer aspecto a tener en cuenta en el marco de esta donación de la Fundación de Amancio Ortega. Me refiero a la necesidad de analizar las causas que explican el enorme deterioro que el Sistema Nacional de Salud (SNS) ha sufrido en relación a la calidad de sus equipamientos en los últimos años. La causa no es otra que los recortes en las inversiones como consecuencia de las políticas aplicadas por el Gobierno de Rajoy con la excusa de la crisis económica. El déficit presupuestario del SNS ha rondado los 10.000 millones cada año en la época del Gobierno entre 2012 y 2018; ello ha afectado a diversos elementos clave de la sanidad pública. Sobre todo, ha condicionado la obsolescencia de muchos equipamientos como es el caso de los usados en el diagnóstico y tratamiento del cáncer, donde se han producido importantes avances que no estaban en la sanidad pública con garantías y equidad hacia los ciudadanos.

Yo creo que no es admisible que la sanidad pública llegue a esta situación por insuficiencia de recursos públicos que, además no son tan cuantiosos (310 millones) si tenemos en cuenta que la sanidad pública española invierte entre los 64.000 millones de 2012 o los 68.000 millones de 2017.

En este aspecto sí que coincido con Pablo Iglesias, ya que en un país de nuestro nivel sería lógico y, además posible, tener recursos suficientes para cubrir las necesidades y obligaciones establecidas por nuestra cartera de servicios.

Pero ello no obsta para valorar cómo muy positiva y aceptable una donación como la que ha realizado la Fundación de Armando Ortega. Cualquier donación similar es aceptable y digna de elogio. Pero no puede aspirarse a que las necesidades del SNS se vean cubiertas en base a donaciones cómo esta.

En definitiva, Iglesias vuelve a aprovechar la superficialidad que caracteriza hoy la comunicación social, para provocar un debate con argumentos simples y medias verdades que no buscan otra cosa que rédito electoral.

Pero quienes queremos de verdad un Estado de Bienestar fuerte, sólido y financiado con impuestos equitativos, no podemos caer en la trampa de la superficialidad.

Yo creo que el episodio de la donación de Amancio Ortega ofrece la oportunidad para sacar lecciones y profundizar en nuestros valores de un sistema sanitario público, universal y gratuito que, por otra parte, no son incompatibles con mecenazgos como este. Extraigamos lecciones a propósito de la donación de Amancio Ortega que, probablemente haya perdido muchas de las ganas de repetir iniciativas similares en el futuro gracias a Pablo Iglesias.