LAS TRIBULACIONES EN LA FORMACIÓN DEL GOBIERNO

Como se puede ver en el número de Temas para el debate del mes de junio de 2019, en muchos países europeos se está produciendo una mutación muy intensa del sistema de partidos y está mutación está provocando cambios importantes en sus sistemas parlamentarios y, de rebote, en el modo de formación del Gobierno. El modelo parlamentario que se consolidó en el Reino Unido en el siglo XIX, que se fundaba en el bipartidismo más o menos imperfecto y que se extendió por Europa a partir también de la segunda mitad del siglo XIX, propiciaba Gobiernos fuertes y estables. Todavía en el mismo siglo XIX apareció el multipartidismo, cuya ejemplo más relevante fue la Tercera República francesa a partir de 1875 que generó Gobiernos mucho más inestables. Pero en uno y otro caso acabó asentándose el régimen parlamentario (que describió muy bien el profesor de Estrasburgo Robert Rebslob en 1924) que descansaba en una idea muy simple: el Gobierno se forma porque posee la confianza del Parlamento. Esa es la filosofía de los numerosos sistemas parlamentarios de Europa, incluyendo España.

Ese paradigma, presente en muchas Constituciones que nacieron en las dos posguerras de 1918 y 1945, tenía un elemento político nuclear, el sistema de partidos permitía formar Gobiernos más o menos estables y cuando esa exigencia no se alcanzaba, todo el sistema político entraba en crisis, como se vio en la Tercera y en la Cuarta República francesa, en la Segunda República española y en la Italia de los años noventa. Pero en estos momentos Europa vuelve a ver cómo se quiebra el paradigma, de modo que, por causa de una crisis de los sistemas de partidos existentes, la formación y la permanencia de los Gobiernos se hace cada vez más problemática como se vio tras las últimas elecciones en Alemania, en Italia, en Suecia y en España el año 2016.

¿Qué conclusión podemos sacar de este cambio de paradigma? Que cuando se ha pasado de un sistema de partidos asentado a un nuevo sistema de partidos, la gobernabilidad se resiente ANTES, DURANTE Y DESPUÉS de la formación del Gobierno. El Gobierno que formó Mariano Rajoy en 2016 lo acredita: se formó tras unas segundas elecciones y con una mayoría escasa y cayó tras una moción de censura que el Partido Popular no pudo soslayar. Podría decirse que ese es el destino de los países donde se ha alterado el sistema de partidos, bien con la desaparición de partidos tradicionales, bien con la aparición de otros nuevos (en España, Ciudadanos y Podemos).

La situación actual española, en la que el Rey ha iniciado las consultas con los representantes designados por los grupos políticos con representación parlamentaria prevista en el artículo 99 de la Constitución, nos conduce a reflexionar sobre el proceso de formación de Gobierno que estamos viviendo. En primer lugar, se acabó el modelo que conoció el Rey Juan Carlos cuando acudía a la consulta un partido (PSOE o Partido Popular) con mayoría absoluta o una mayoría relativa suficiente para obtener la investidura del Congreso. Esa situación se ha acabado y desde las elecciones de diciembre de 2015 ningún partido dispone ni siquiera de una mayoría relativa amplia.

En segundo lugar, esa menor fuerza parlamentaria de los partidos tradicionales obliga a gobernar de otra manera. ¿Es positiva esa nueva forma de gobernar? Quienes han participado en Gobiernos en el pasado afirman, con razón, que sin una minoría sólida y sin un programa de gobierno pactado con otros partidos (lo que algunos denominan pacto de legislatura) es muy aventurado gobernar si se desea asegurar un plan de reformas que el ciudadano perciba. Todo ello es verdad pero no hay soluciones milagrosas. Mejor dicho, hay una solución más milagrosa, mágica. Es la solución mágica que Iglesias Turrión (más que el partido Podemos) está exigiendo desde la noche electoral del 28 de abril pasado: Gobierno de coalición para tapar sus fracasos electorales. Pero, como se ve en Alemania, los Gobiernos de coalición desgastan a todos los partidos que los forman y, especialmente, al partido minoritario.

Por ello, parece más realista pactar programas de gobierno (aunque no dejarán de provocar conflictos como el Decreto-Ley sobre arrendamiento de viviendas que Podemos no quiso convalidar en la legislatura pasada), y al mismo tiempo, buscar consensos parlamentarios amplios y variables. El modelo de dos bloques (un gran partido de derechas o de izquierdas con otros partidos-satélites) se ha debilitado en España y ya no es posible (o muy difícil) hacer políticas de bloques ideológicos nítidos. Conforme al variopinto sistema de partidos aparecido en 2015 y asentado en 2016 y 2019, el Gobierno debe gobernar buscando aliados para cada iniciativa política. Es más difícil de gestionar para el propio Gobierno, exige una política parlamentaria muy medida y compleja pero puede ser eficaz porque permite aislar a los partidos contrarios a la Constitución (como VOX y los independentistas) y, a contrario sensu, exige constantes acuerdos con Grupos Parlamentarios minoritarios. No debemos engañarnos: si los grandes partidos se han erosionado y ya no disponen de mayorías absolutas o cuasi-absolutas, la política de cada Gobierno debe contar con partidos minoritarios, no necesariamente los mismos en cada situación, pues eso es lo que han pedido los electores.

Por eso la nueva política parlamentaria del Gobierno de Pedro Sánchez puede ser más una oportunidad que un problema: sus políticas públicas, cuando necesiten formalización parlamentaria, pueden responder al programa de gobierno del PSOE pero también a los programas de otros partidos minoritarios, que tras la lógica negociación, pueden elaborar productos políticos plurales y apoyados por una amplia representación partidista. Si ya no hay partidos que forman dos bloques enfrentados, los Gobiernos, aunque sean de un solo partido, habrán de aplicar políticas pactadas que representen mayorías políticas. No es el viejo paradigma parlamentario pero es el modelo que mejor se puede adaptar a la irreversible transformación del sistema de partidos. Por eso adquiere especial intensidad la política parlamentaria del Gobierno, que durante muchas legislaturas era una simple traslación de la fuerza numérica del Grupo Parlamentario del Gobierno: ahora es un pilar central de la estrategia gubernamental y debe cuidarse como se cuida la política de seguridad ciudadana o la política de gasto público.

La posición parlamentaria del futuro Gobierno de Pedro Sánchez no será fácil pero es una oportunidad para practicar el consenso y el entendimiento con otros partidos. Esperemos que así lo entiendan los restantes partidos.