LAS MATEMÁTICAS POLÍTICAS Y LA PARADOJA DE LAS SUMAS SUSTRACTIVAS

En política, las matemáticas tienen sus complejidades y paradojas. Por eso, los sondeos preelectorales son objeto de vivos debates y por eso el libre albedrío influye en los comportamientos políticos, a veces de manera difícilmente escrutable.

Si, después de Heisemberg y su principio de la indeterminación, todo el mundo sabe que hasta el electrón tiene márgenes de libertad (incertidumbre) y que las condiciones y formas de la observación influyen en lo observado y en las mediciones correspondientes, cuesta trabajo entender por qué algunos se continúan aferrando a prenociones más próximas a las artes de la adivinación que al método científico.

Pero, si este tipo de comportamientos (poco científicos) se hacen aún presentes en el campo de la sociología electoral, como exponente de un notable simplismo, más chocante aún resulta la manera en la que algunos manejan las matemáticas políticas para intentar arrimar el ascua a sus particulares sardinas estratégicas.

Esto es lo que sucede, por ejemplo, con los cálculos parlamentarios que algunos realizan, sin entender que a veces hay sumas parlamentarias –y electorales– que, al tiempo que suman, también pueden restar, con resultados finales que, en el fondo y en la forma, se corresponden con la paradoja de las “sumas sustractivas”. Con balances finales que pueden acabar siendo negativos. Algo que sucede tanto en el terreno de las alianzas preelectorales como en las postelectorales.

En España tenemos un ejemplo reciente bastante ilustrativo del efecto sustractivo de ciertas alianzas preelectorales. Después de las elecciones de 2015, algunos pensaron que si se sumaban los votos que entonces obtuvieron Podemos e Izquierda Unida se lograría un sorpasso respecto a los que entonces tenía el PSOE. Y, por eso, no facilitaron la propuesta del programa conjunto elaborado por el PSOE y Ciudadanos, cuando este partido se presentaba con perfiles centristas e incluso socialdemócratas.

Sin embargo, la celebración de nuevas elecciones en 2016 frustró las expectativas de que los votos –entonces unidos– de Podemos e Izquierda Unida sumaran más que los del PSOE. Aunque, la verdad es que no se sabe bien para qué se intentaba tal cosa, ni con qué alcance político.

Lo que sucedió entonces es que algunos votantes de Podemos y de IU no votaron por la coalición resultante, evidenciando la “paradoja de las sumas sustractivas”, de forma que la agregación (pretendida) de las partes arrojó un resultado matemáticamente inferior.

Después de esta evidencia empírica –y aún sin molestarse en estudiar la amplia documentación disponible sobre casos similares en casi todo el mundo–, era de esperar que algunos de los que vivieron la frustración de aquel suceso no cayeran nuevamente en el error de desconocer que dicha paradoja se hace presente también en las alianzas parlamentarias postelectorales. Algo que está dando lugar a planteamientos estratégicos que conducirían automáticamente –caso de darse– a paradojas similares, con resultados y efectos políticos desastrosos. Sobre todo para el propósito de poner en marcha políticas de progreso y solidaridad.

La pretensión de Unidas Podemos de formar un gobierno de coalición con el PSOE, no solo desconoce que este tipo de gobierno, por sí solo, no suma lo suficiente ni para superar la investidura ni para gobernar de manera razonablemente estable, sino que también ignora lo que realmente votaron los españoles el 28 de abril y lo que piensan sobre alianzas la inmensa mayoría de los votantes del PSOE y la mayoría del electorado español en su conjunto. Desconocer tal cosa supondría caminar en una dirección diferente a lo que votaron el 28 de abril aquellos que confiaron en el PSOE.

Aunque es cierto que “la política a veces hace extraños compañeros de cama”, como apostilló Churchill en circunstancias políticas muy singulares y difíciles, no debe olvidarse que en nuestros días una de las principales razones de la desconfianza –e incluso de la desafección política– de bastantes ciudadanos es la causada por ciertas alianzas postelectorales. Alianzas que los electores ven como una especie de apaños por la espalda que ni se anunciaron previamente, ni estaban en las agendas políticas de las campañas electorales.

Situación que no deja de resultar problemática cuando nadie alcanza mayorías electorales suficientes y cuando los sistemas políticos no prevén –ni garantizan– que gobierne la minoría mayoritaria. Por lo tanto, la única garantía de una buena –y correcta– funcionalidad democrática descansa en que un talante mínimamente razonable por parte de los perdedores facilite en el Parlamento el gobierno de quienes han obtenido más apoyos en las urnas.

Por eso, la situación a la que nos estamos enfrentando es tan difícil y por eso es tan alto el riesgo de decepcionar a los votantes con operaciones políticas que, más que sumar fuerzas, lo que pueden hacer es restar posibilidades de operatividad, solvencia, credibilidad y apoyos de cara al futuro. Y, por lo tanto, generar costes políticos y electorales que solo llevarían a una mayor fragilización del electorado y a un aumento de la decepción.

Decepción que ya se está notando en los electorados de los tres partidos de la derecha que, aunque el 28 de abril se presentaron separados a las urnas –entre otras cosas para evitar sumas sustractivas–, al final han dejado claro que estaban más coordinados para formar gobiernos regresivos de lo que podían hacer pensar sus proclamas electorales.

De ahí que, a la vista de los hechos, no pueda negarse que de facto estamos ante una especie de confederación de las Derechas, que fueron a las urnas por separado, porque sabían que si iban conjuntadas de antemano, o si anunciaban sus propósitos de pactar, obtendrían menos apoyos, tanto por parte de los electores menos radicales del PP, como de los más centristas y progresistas de Ciudadanos.

Por eso, las encuestas postelectorales anuncian descensos en los tres partidos de las derechas. Aunque no solo.

En consecuencia, en estos momentos la única manera de ser fieles a la voluntad del electorado y de preservar la buena funcionalidad de las instituciones es facilitar que gobierne Pedro Sánchez, por una u otra vía, y que se aprueben cuanto antes unos Presupuestos Generales como los que, en términos generales, se pergeñaron en su día. No hacer esto, o retrasarlo excesivamente, supone causar daños objetivos al conjunto de los ciudadanos, retrasando obras públicas, inversiones, investigaciones, disposición de más fondos –que tanto se necesitan– en educación, sanidad, servicios sociales, etc. Es decir, se trata de unos retrasos que ya están sufriendo muchos españoles y españolas, generalmente de los sectores más débiles y necesitados de la sociedad.

En definitiva, lo que la sociedad española necesita en estos momentos no son malabarismos estratégicos, ni tacticismos personales de vía estrecha, sino generosidad personal y altura de miras. Y, sobre todo, capacidad para pensar y actuar a medio plazo, al margen de casuísticas condicionadas por intereses personales raquíticos. La sociedad española necesita, y espera, un Gran Pacto de interés general, que responda al sentido de lo que se votó el 28 de abril. Un acuerdo de fondo que ahora tendrían que impulsar –y/o facilitar– los partidos políticos responsables, contando con los principales agentes sociales, sindicales, empresariales, etc. En definitiva, un Gran Pacto con la sociedad española para poder avanzar de manera equilibrada y justa por la senda de progreso y prosperidad, que tenemos al alcance de la mano.

Mucho ojo, pues, con defraudar estas expectativas.