LAS ELECCIONES FRANCESAS EN PERSPECTIVA

A menos de tres meses, las elecciones presidenciales francesas podrían ser la base para el guión de una serie televisiva, con entregas semanales y una incertidumbre cada día más espesa en cuanto al resultado final.

Para entender mejor lo que está ocurriendo no es inútil recordar algunos datos fijos. Es una elección a dos vueltas y en la secunda sólo pueden competir los dos candidatos que más votos hayan cosechado en el primer escrutinio. No sirve de nada ser tercero.

Desde la última elección todos los sondeos sitúan a la candidata de extrema derecha en cabeza y con tal margen que su presencia en la segunda vuelta resulta casi cierta. Por lo tanto, es importantísimo quién será segundo. Porque este tendría entonces todas las probabilidades de ser el Presidente electo, salvo que los conservadores de Francia votasen a la extrema derecha para que no triunfe un Presidente de izquierdas en un hipotético, aunque poco probable, duelo entre los dos. Tal situación, que se ha producido ya en elecciones locales, nunca se ha dado en las proyecciones para una elección presidencial. Otro posible escenario sería una masiva abstención o voto nulo por parte de los eliminados que, junto a la que ya suele darse, dejaría el resultado entre un 60% de los electores, con total incertidumbre.

Unas semanas después del doble comicio de las presidenciales se celebraran automáticamente elecciones a diputados, también con sistema electoral mayoritario a dos vueltas, y entre las dos convocatorias pueden hacerse alianzas, compromisos, retiradas estratégicas. Esta secunda votación permite entender la voluntad de figurar en las presidenciales por parte de partidos que, sin ninguna posibilidad de vencer, están preparando las posibles actas de diputados. Tradicionalmente estas elecciones dan una mayoría holgada al nuevo Presidente.

¿Quiénes son los candidatos importantes?, al margen de que hay muchos más, algunos todavía sin los avales necesarios. Recordemos que para presentarse se necesita el apoyo nominativo y público de 550 de cargos electos.

Se pueden citar a cinco, por orden de derecha a izquierda: Marine Le Pen (Frente Nacional) extrema derecha, François Fillon ( Partido Los Republicanos) derecha, Emanuel Macron ( sin etiqueta), Benoit Hamon ( Partido socialista), Jean Luc Mélanchon (Partido de Izquierda). En el campo de las izquierdas hay que añadir al representante de los ecologistas y al de la extrema izquierda, que sumaran, quizá, en torno al dos por ciento de los votos. No son muchos votos ¡pero en 2002 bastaron para que el socialista Jospin cediera la plaza de secundo a Jean Marie le Pen y perdiese una elección que tenía a su alcance!!

Sólo el candidato de las derechas y el de los socialistas han pasado por Primarias. Los tres otros se han autodesignado y su formación política −salvo Macron que no la había creado aún− ha ratificado la candidatura.

No se puede decir que los electores estén ante un abanico de programas monótono. Se oponen unos a otros de manera bastante brutal. Podemos resumirlos así:

La extrema derecha, que figura en cabeza de los sondeos, se afirma como nacionalista, antieuropea, proteccionista y esconde indiscutibles rasgos racistas. Actualmente no para de alabar a Trump. Propone celebrar rápidamente un referéndum para salir de Europa; volver a la moneda nacional −el franco−; cerrar las fronteras económicamente y parar la inmigración; dar prioridad absoluta a los nacionales en el trabajo, en la salud, en el alojamiento, etc.; derogar la ley del matrimonio entre ambos sexos; dificultar el aborto…

Fillon, obcecado por la Deuda, propone un programa de restauración financiera y económica muy duro, al estilo del programa impuesto a Grecia. Entre sus medidas más fuertes destacan la reducción de los gastos del Estado en cien mil millones de euros en cinco años, la no sustitución de 500.000 funcionarios públicos a medida de que se jubilen, la supresión del impuesto sobre el patrimonio, la subida del IVA en dos puntos, volver a la jornada de 39 horas semanales −previsiblemente pagadas 37−, la jubilación a los 65 años, la venta de activos del Estado en varias sociedades y por fin cambiar el Seguro de Enfermedad retirando del reembolso lo  que no corresponda a enfermedades graves o crónicas, siendo este confiado a los seguros privados. Por lo tanto, privatizando parcialmente el Seguro de Enfermedad. Ante la presión de la opinión pública y de algunos de sus partidarios, ha añadido últimamente escasas y mínimas medidas sociales, como la subida de las pensiones más baja. En Francia hay muchas pensiones que no alcanzan los 500 euros. En política exterior, reservada al Presidente de la República por la Constitución, quiere suprimir las sanciones a Rusia y establecer un nuevo dialogo con Vladimir Putin, de quien es amigo, en particular sobre la guerra civil en Siria. Recordemos que Fillon se impuso, netamente, en las primarias de las derechas contra todos los pronósticos que eran favorables a Alain Juppé, candidato de centro derecha más moderado. Debido a sus confesados valores tradicionales católicos se opuso, aunque lo haya negado, a todas las medidas legislativas que favorecen el aborto. También se manifestó en contra del matrimonio de homosexuales. Pero afirma que sólo suspenderá el derecho a la adopción para las nuevas parejas. Hay centristas de derecha, como François Bayrou que han calificado su programa de socialmente brutal  e inadecuado para la sociedad francesa.

Macron no ha definido, hasta la fecha, un programa muy concreto. Lo anuncia para finales de febrero. Pero ha dado orientaciones en favor de la modulación del trabajo- no suprime formalmente las 35 horas-, la flexibilidad, las inversiones en tecnologías modernas, las reformas estructurales y las disminuciones de gastos de funcionamiento del Estado, para que éste recupere capacidad de inversión. Es visceralmente pro Europa y defiende la firmeza ante Rusia. Se le puede definir como un social-liberal, aunque él rechace cualquier etiqueta y afirme que se niega a negociar con otros partidos para las elecciones a diputados. Destaca por su virginidad política, ya que entró en política en 2014 de la mano de Hollande, que le confió el Ministerio de Economía, del que dimitió dos años más tarde, su juventud, y también su modernidad. La opinión le sitúa más bien en la izquierda moderna y tiene fuertes apoyos en estos sectores, en particular entre destacados socialistas, así como en medios empresariales. Se le puede definir como un candidato con carisma, ya que nadie conoce exactamente su programa. Puede que sea una maniobra más. Ya se ha comportado como un político hábil en varias ocasiones; al no presentar aún sus propuestas elude los ataques a ellas y espera todo lo posible, mientras va consolidando su imagen antes de entrar en la batalla programática.

Benoit Hamon, el candidato socialista elegido en elecciones primarias, en las que el favorito era Manuel Valls, propone lo que él llama la VI República: participación  de la población en iniciativas y controles legislativos, un único mandato de siete años para el Presidente, sistema proporcional en las elecciones generales, y reforma del Senado. Su proyecto más importante es la instauración de una renta universal para todos, de instauración progresiva, lo que al final supondría una financiación de 300 000 millones de euros. Defiende la reducción de la jornada laboral semanal más allá de las 35 horas. Los robots pagarían una tasa especial. Tiene un programa ecológico muy voluntarioso, con supresión total del Diesel en 2025 y el objetivo de alcanzar el 50% de energías renovables para la misma fecha. Se declara partidario de la legalización de la marihuana. En cuanto a la inmigración propone la creación de un pasaporte humanitario automático. Afirma que derogará la última ley de regulación del trabajo, lo que le enfrenta automáticamente con el ala pro-gubernamental del PS.

Jean Luc Mélanchon es revolucionario declarado, con un programa muy detallado de ruptura total con la V Republica: subida importantísima de los sueldos de los funcionarios y del salario mínimo, reforma constitucional con elección de una Asamblea Constituyente, nueva negociación de los tratados europeos, política ecologista agresiva con abandono de la energía nuclear, derogación de la Ley sobre el trabajo, reducción de la jornada a 32 horas semanales, jubilación a los 60 años, sistema electoral proporcional….

Como  puede verse los programas van desde el populismo de derecha y de izquierda hasta la política durísima y antisocial del favorito inicial Fillon, hasta las propuestas consideradas un tanto utópicas de Hamon. Hay un vacío evidente y significativo: ninguno candidato se proclama socialdemócrata, quizás sea la mayor peculiaridad de estas elecciones. El único que se proclamó socialdemócrata, Valls, fue eliminado.

Hoy por hoy, efectivamente parece que las elecciones se van a desarrollar con la ausencia de dos fuerzas, dos ideologías, dos propuestas programáticas clásicas de las sociedades europeas desde la Segunda Guerra Mundial hasta recientemente: el centro derecha y la socialdemocracia. Se haya producido conscientemente o no, los electores eliminaron en las primarias a los representantes de dichas políticas. Alain Juppé y Manuel Valls.

Las condiciones mismas de las elecciones primarias pueden ser una primera explicación. Cabe recordar que en las primarias de las derechas la mitad de los votantes eran pensionistas y católicos -Fillon se define como católico practicante y convencido de los valores tradicionales-, y en la primera vuelta de las primarias socialistas sólo el 37 por ciento de los votantes era militante o próximo al PS.

Se puede argumentar que los vencidos no han entendido las diferencias que existen entre defender programas en elecciones primarias y defenderlas frente a todo el pueblo. Lógicamente a las primarias acude sólo una parte, la más motivada, del electorado correspondiente a las formaciones que convocan. Por lo tanto es preferible presentarle un programa con el cual se identifiquen mejor, de derecha dura para las primarias de la derecha, de izquierda visionaria para los partidarios de este campo. Más tarde llegará el momento de adecuar las propuestas a un electorado mucho más amplio y menos homogéneo, al que necesariamente es preciso seducir para ganar. Fillon lo hizo de maravilla y cosechó una victoria indiscutible. Valls defendió -como se veía obligado a ello−, una versión un poco actualizada de la política que como Primer Ministro había dirigido desde 2014. No podía soslayar sus responsabilidades y además tenía argumentos válidos para defender la política seguida durante el mandato de Hollande. Pero ciertamente tal argumentación no era adecuada para el electorado que debía decidir en ese momento. Por ejemplo su defensa, en todos los debates, de la laicidad y sus reproches a la tibieza de Hamon en este terreno no podían impactar en un electorado para quién los temas de identidad, de las relaciones de la República con el Islam, no son en absoluto prioritarios, aunque puedan serlo para el conjunto de la población francesa. Ciertamente añadió propuestas nuevas. Pero fracasó.

Otro factor explicativo es que acudieran a las primarias votantes con una voluntad prioritaria: la eliminación de un candidato, aunque es innegable que la segunda vuelta ratificó a los que ganaron en la primera con unos 60% de votos de apoyo. Efectivamente en las tres primarias resulta muy notable la eliminación de los favoritos: Cécile Duflot, que fue Ministra crítica de Hollande, para los Verdes, Juppé para las derechas, y Valls para los socialistas, de manera rotunda. La voluntad de cambiar radicalmente el personal político se ve confirmada por la derrota tremenda del antiguo Presidente, Presidente del Partido Republicano, Nicolas Sarkozy, cuando el actual inquilino del Palacio del Eliseo, François Hollande, había tenido que renunciar ante unos sondeos catastróficos e inéditos en la vida política francesa. Se trata de una auténtica purga de la clase política que traduce el sentimiento de desconfianza de la sociedad hacia los políticos. Algo que está ocurriendo no sólo en Francia.

Ante tal panorama los últimos sondeos no permiten saber, hoy por hoy, quién será el segundo en las elecciones Presidenciales. Marine le Pen sigue encabezando el voto. Las próximas semanas, los próximos días, serán capitales para las posibilidades respectivas de Fillon, de Macron y de Hamon. Muy diferentes por otra parte.

El candidato de la derecha que veía su camino triunfal bien abierto se enfrenta  a un escándalo mayor que puede quitarle votos decisivos, y casi le tira a la cuneta. Su mujer Penelope Fillon habría cobrado durante 15 años cerca de un millón de euros por ser su asistenta parlamentaria, cosa que el célebre periódico crítico Le Canard Enchainé afirma que es totalmente falsa. El empleo sería fantasma, así como el que ocupó en una revista propiedad de un amigo de su esposo. Además sus dos hijos también habrían recibido unos 80000 euros para misiones dudosas. La Justicia se ha precipitado a investigaciones que se suceden a la hora de escribir estas líneas. El asunto se pone feo porque hay muchos argumentos para pensar que se trata realmente de un empleo de chapuza. Fillon ha afirmado que renunciará a la candidatura si se ve inculpado. ¿Un chantaje a los jueces? Quizás. Pero estos trabajan a toda prisa para solventar cuanto antes el tema. El candidato se ha justificado en una reciente conferencia de prensa −demasiado floja y repleta de inexactitudes o contradicciones−, en la cual Fillon se ha mostrado firme en su decisión de seguir adelante en la batalla presidencial, a la vez que ha detallado los salarios de su familia. Justificados según él.

Frente a la presión de la opinión pública y de algunos de sus partidarios ha llegado a presentar públicamente sus excusas. De todas maneras la opinión francesa es muy crítica con este escándalo de retribuciones publicas a  familiares por parte de quién pide sacrificios a todos los ciudadanos en su programa, y que desde el inicio de la campaña ha criticado de manera muy clara a sus opositores en las primarias por no ser vírgenes jurídicamente. Con su conferencia de prensa, el candidato de derechas, por lo tanto, ha descartado un plan B que algunos ya imaginaban, por ejemplo el retorno de Juppé. Este lo había desechado de antemano. Pero el golpe ha sido muy fuerte. Quedan menos de tres meses para la campaña. ¿Pero bastará este tiempo? Varios cargos electos se han pasado al campo de Macron, mientras que el eterno François Bayrou, que ya fue candidato tres veces, está al acecho. De todas maneras Fillon que figuraba como seguro secundo, y por lo tanto probable Presidente, ha perdido su secundo puesto en los sondeos. Las semanas que vienen y el nuevo arrancar de su campaña dirá si consigue recuperar el terreno perdido.

Por su parte Hamon lo tiene difícil pero no imposible. Si consiguiera unir sus votos a los de Mélenchon figuraría en buena posición para ser el segundo. Cosa que era inesperada para la izquierda hace unos días. Sí, pero… Por una parte los socialdemócratas del PS tragan mal la derrota y exigen que Hamon no se desolidarice del Gobierno que torpedeó durante tres años, después de dimitir de él. Cosa difícil de conseguir. Algunos ya han apoyado públicamente a Macron. Sobre todo, tendría que convencer al verde Jadot y al rebelde Mélenchon. El primero puede retirarse porque es un candidato testimonial y lo sabe, aunque salga de unas primarias -¡votaron 13.000 personas!- ¿Pero, el segundo? ¿Cómo va a renunciar a la lucha que mantiene desde hace años? Hace unas semanas, los sondeos le daban más votos que a un eventual candidato socialista, mientras que hoy, después de las primarias, el impulso a Hamon le ha llevado a este a un neto sorpasso. Sería el final de su combate, cuyo personalismo es innegable -anunció su candidatura sin siquiera consultar a su propio partido y sólo consiguió el apoyo de los comunistas mediante una consulta a las bases, con un 53% de votos a favor, cuando el Comité nacional de estos lo había rechazado-. Es probable que se repita lo del 4 de marzo en España con Podemos, y que Mélanchon no facilite una posibilidad seria de triunfar a Hamon, que es miembro del PS enemigo.

La única baza que podría jugar Hamon es obtener su retirada a cambio de un acuerdo de reparto de circunscripciones para las elecciones generales que permitiera una buena representación del Partido de Izquierda en el contexto de una eventual mayoría parlamentaria. Pero Hamon actualmente es minoritario en el PS y, por lo tanto, no tiene libertad para tal tipo de acuerdo, que los partidarios de Valls no aceptarían. Además han pasado dos semanas desde que Hamon fue designado y ¡todavía no ha llamado a Mélenchon! Claro que el joven socialista, con su visión nueva, puede dirigirse directamente a los electores de Mélenchon en un intento de obtener un voto no sólo útil, sino también de renovación del proyecto socialista. Pero, no está claro que esto sea suficiente para quitarle suficientes votos y pasar a la secunda vuelta.

Quizás en esto resida el mayor interés de estas elecciones: algunas propuestas de Hamon pueden parecer hoy realmente utópicas, pero abren seriamente un debate sobre el trabajo en la era postindustrial de la economía digital y de la robótica, y consolida la derrota de quienes se reivindican socialdemócratas y de un socialismo de gobierno que promete debates congresuales, que pueden ser interesantes si se discuten las ideas y no los egos. El discurso de Hamon, que sostiene que la realidad del progreso científico transforma el trabajo en algo que ni será totalmente necesario para todos, ni estará disponible, tiene componentes de revolución de la sociedad. Su idea de proporcionar a cualquier ciudadano una renta de unos 700 euros mensuales, sean cuales sean sus ingresos -y, algo muy importante, que empezará inmediatamente por los jóvenes entre 18 y 25 años−, resulta difícil de aprobar en una sociedad con una Deuda próxima al total de su PIB, con un nivel de contribuciones y cotizaciones obligatorias del 57% de los recursos de los ciudadanos. Pero plantea problemas serios para el futuro. Su programa tiene componentes ilusionantes, algo que ha estado ausente de los programas socialistas en las últimas décadas. Será interesante ver como tal ilusión se trasforma en tema de serio debate.

Por otra parte, si la candidatura Macron triunfase −para ello bastaría que estuviera en segunda posición en la primera vuelta, como se pronostica cuando se escriben estas líneas−, transformaría radicalmente los hábitos políticos franceses y podría contagiar al resto de Europa. Sería, para unos, una forma modernizada de la izquierda, para otros una puesta en escena innovadora del eterno centro. Pero, en absoluto sería una tercera vía, ya que se sitúa fuera de los partidos. El joven banquero insiste machaconamente que no es de derechas ni de izquierdas, aunque la opinión pública y los comentaristas le sitúen más bien en la izquierda, quizás porque viene de un gobierno socialista. Él insiste en la noción de mayoría de ideas, en la libertad de la acción política, que considera demasiado encorsetada por los aparatos de los partidos, así como por los intereses creados, muchas veces destinados a desaparecer inexorablemente ante las mutaciones económicas y sociales.

Las desilusiones de los vencidos en las primarias, partidarios de Juppé y de Valls, pueden venir a engrosar sus votos, y basta con ganar unos puntos de porcentaje para que le permitan llegar al Eliseo. Pero resultaría un choque de un alcance tan importante como la elección de Trump, si la sociedad francesa, tan curtida en debates y luchas políticas, se alejase así de los partidos políticos que la han vertebrado desde hace más de un siglo. Sería la demostración definitiva de que sociedades informadas y cultas pueden volcarse hacia la incógnita del carisma personal, de una auténtica aventura, a pesar de la ausencia de un programa claro, dando la espalda a formaciones políticas que han asegurado, a lo largo de décadas de luchas políticas partidistas, el bienestar y la seguridad de la cual goza hoy.

Realmente, si Francia tiene problemas importantes, la mayoría de los franceses son quizá los únicos europeos que no han sufrido, al menos hasta ahora, la resaca de la crisis que ha azotado a tantos pueblos de su entorno.

Pero en la confusa situación actual no deben rechazarse posibilidades terribles, como un posible aluvión de votos reaccionarios hacia la candidatura de Marine Le Pen si el conservador Fillon se viese obligado por la Justicia a tirar la toalla, o si se hundiese en los sondeos.

Dichosos periodistas franceses que tienen a diario materia para ricas columnas y expertas extrapolaciones.