LAS DIFICULTADES PARA OTRO MODELO DE DESARROLLO

Escribo este artículo pre-agosto con tres informes encima de la mesa y cuatro artículos seleccionados de las noticias cotidianas que nos informan, a la vez que nos instruyen, sobre los enfoques e intereses de los periodistas que las firman.

Empiezo por el artículo de portada de la edición impresa de The Economist de 26 de julio de 2018: “El cinturón y los planes de carreteras de China deben ser bienvenidos, pero también motivo de preocupación”. Lo que nos quiere decir The Economist con este artículo es que está muy bien la política neokeynesiana china de inversión en infraestructuras (rutas/autopistas marítimas y red de nuevas y mejoradas carreteras para optimizar la accesibilidad y conectividad entre China y Europa, a través de Oriente Medio y África), porque ayudará al desarrollo económico de los países en los que se invierte; pero –señala- hay que preocuparse porque detrás de estos proyectos está el objetivo chino de crear un “nuevo orden mundial en el que China sería el poder preeminente”, desplazando a EEUU de su hegemonía actual asiática.

Sorprende este enfoque exclusivamente economicista y geoestratégico, cuando en la misma revista se recoge otro artículo sobre Cambio Climático, donde se describe cómo el calor está causando graves problemas en todo el mundo, destacando que este tipo de problemas empezarán a ser cada vez más frecuentes. Las temperaturas records en Finlandia, los incendios en el Ática griega o en Suecia, o la sequía extrema citada para amplios territorios de distintos países, son otros tantos elementos que, con tiempos de recurrencia cada vez más breves (es decir, cada vez más frecuentes) nos muestran un futuro preocupante no sólo en términos de salud y bienestar para las personas, sino también en términos de pérdidas económicas.

 

Obviamente programas de inversiones como los señalados para China es posible que sean preocupantes para The Economist, por los posibles cambios geoestratégicos en las áreas de influencia y poder de este país frente al de EEUU, Rusia o la UE; pero parece que deberían poder ser los habitantes de cada país los que definieran la influencia que les es más beneficiosa para su bienestar, y que fueran ellos los que decidieran -en una situación democrática con capacidad real de decisión de los ciudadanos a la que parece no ha conducido hasta ahora la influencia occidental- si esas políticas infraestructurales deben ser una de sus prioridades. Sobre todo teniendo en cuenta una situación de riesgo global, en la que sí es para todos preocupante que se amplifique y potencie un modelo de desarrollo carbonizado y materializado que nos hunde cada vez más en una dinámica de calentamiento global y de ruptura de los equilibrios ambientales del planeta, cuyas consecuencias globales están siendo cada vez más graves a medio plazo, y lo serán todavía mucho más para algunos de esos países implicados.

Y en este punto es quizás conveniente una referencia a uno de los informes que citaba (el de Global Footprint Network) sobre el creciente proceso de acortamiento de los días en los que el Planeta alcanza el equilibrio entre su huella ecológica y su biocapacidad. Fecha que cada año sufre un progresivo adelanto y que implica que la humanidad actual sobreexplota las capacidades de aportar recursos y de metabolizar residuos de la Tierra cada vez durante más días al año. La pregunta es ¿durante cuánto tiempo podrá continuar ese proceso?

Una última reflexión relacionada con otro de los informes (Séptimo Informe sobre la Cohesión Económica, Social y Territorial, de la Comisión Europea) al que ya he hecho referencia antes en estas páginas, cuyas principales Conclusiones nos señalan que los Objetivos de la Estrategia Europea 2020 es difícil que se puedan alcanzar salvo en las regiones más desarrolladas de la UE; y que, en particular en España, todas las CCAA disminuyeron su índice del PIB per cápita entre 2008 y 2015, y sobre las que queda claro que el impacto de la globalización, la migración, la pobreza y la falta de innovación, el cambio climático, la transición energética y la contaminación son procesos en los que dichas regiones españolas no salen bien libradas. Ni en lo que respecta a su situación en 2015, ni en lo que respecta a sus tendencias y a su futuro, pese al sostenido crecimiento en el PIB y a la mejora en las cifras de empleo (que no suficientemente en la calidad del mismo). Y destaca en este Informe algo que se reitera sucesivamente en todos los Informes sobre esta temática: España en su conjunto, y en particular muchas de sus regiones, están expuestas a graves consecuencias como consecuencia del Calentamiento global y Cambio Climático asociado, y son muy insuficientes las medidas de adaptación/resiliencia que se están poniendo en práctica de forma efectiva por el Estado (esperemos que el nuevo Gobierno signifique un revulsivo en este sentido), por las CCAA o por las Corporaciones Locales en sus respectivos ámbitos de competencia.

Y no es buena noticia la previsible no aprobación de los nuevos objetivos presupuestarios de déficit y deuda pública en el Congreso y el Senado, ya que no sólo se limita la capacidad de mejorar la deteriorada situación en los servicios públicos de bienestar social a que nos ha sometido el Gobierno del PP desde 2011, sino que dificulta la imprescindible actuación en políticas de descarbonización y desmaterialización que, ahora sí, esperamos promueva y lleve a cabo el nuevo Gobierno socialista.