LA VOLUNTAD POPULAR DE LOS ESPAÑOLES Y LAS ELECCIONES DEL 26 DE JUNIO

tezanos080616

En determinados momentos de la historia de algunos países se hace explícita una voluntad popular muy definida, una comprensión bastante nítida sobre qué es lo que habría que hacer. Posiblemente, en España nos encontramos actualmente en una de esas situaciones que, paradójicamente, coincide con otras tendencias de notable fragmentación electoral. Es decir, al mismo tiempo los españoles coincidimos bastante en aquello que estos momentos debiera hacer un gobierno que pretenda representar la voluntad general y, simultáneamente, distribuimos nuestros votos entre varios partidos en una forma que prácticamente hace imposible que uno de ellos pueda formar gobierno. Y plausiblemente tampoco dos de ellos por sí solos.

¿Acaso supone esto que los españoles nos hemos vuelto un poco locos o irresponsables en términos electorales? ¿Dónde ha ido a parar la proverbial inteligencia electoral de la ciudadanía española, que tanto ponderaron los analistas durante el largo ciclo de la Transición Democrática? ¿O es que ahora dicha inteligencia se está manifestando de forma mucho más sutil y compleja por medio de una fragmentación electoral que lleva implícito un mensaje político más profundo?

Sea como sea, lo cierto es que una gran mayoría de españoles coincidimos en estos momentos en identificar tres necesidades críticas de nuestra vida política. En primer lugar, hemos llegado al convencimiento de que en España urge una regeneración política y moral profunda, y que tenemos que salir cuanto antes de la situación a la que se ha llegado y que amenaza con socavar las bases de nuestro sistema democrático y hasta de cualquier atisbo de legitimidad política. En este sentido, es imprescindible llegar urgentemente a un punto cero y empezar una nueva etapa política, con líderes limpios y no contaminados por la corrupción. Líderes que puedan impulsar un conjunto eficaz de medidas que pongan coto al cáncer político de la corrupción. Solo si esto queda meridianamente claro ante la opinión pública se podrá ganar esta batalla, y se estará en condiciones de superar el actual estado de decaimiento democrático y moral.

Lógicamente, aquellos líderes que han estado más afectados por casos de corrupción es imposible que puedan formar parte activa de la gran iniciativa de regeneración que está siendo urgida por la inmensa mayoría.

El segundo pilar en el que se asienta la convergencia que está produciéndose es el que concierne a las políticas sociales y laborales. En este sentido, existe también bastante coincidencia en entender que un país serio y digno, que quiera tener un papel en el futuro, no puede resignarse a mantener tan altas tasas de paro, precariedad, pobreza, exclusión social y déficits educativos. Por esa vía el crecimiento económico tenderá a auto-taponarse y colapsarse, mientras buena parte de las nuevas generaciones tenderán a desmoralizarse y a indignarse, al tiempo que el clima social y político se verá abocado a la tensión y a los conflictos recurrentes. Como de hecho está ocurriendo. Por eso, se impone nuevamente un gran consenso social de tipo keynesiano capaz de aunar esfuerzos, orientados a restablecer oportunidades para todos, y esperanzas en un futuro mejor de prosperidad, trabajo y bienestar social. Los líderes políticos, los partidos y los gobiernos más inteligentes fueron capaces de llegar a tal tipo de conclusiones y acuerdos en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial; y no hay razones que nos impidan pensar que ahora también es factible caminar por una vía similar hacia un consenso keynesiano que conduzca a un relanzamiento de nuestras economías y a una mejor distribución de las rentas y las oportunidades.

La mayor parte de los españoles en estos momentos secundarían, y apoyarían, tal tipo de entendimientos socio-económicos, que lógicamente solo dejarían fuera a aquellos líderes y partidos que apuesten por vías tan insensatas y negativas como las que han seguido durante los últimos años los gobiernos radicales y demagógicos de Grecia y Venezuela, entre otros. Por lo tanto, es urgente que se clarifique de verdad quiénes continúan defendiendo y postulando tales modelos de cara a las elecciones del 26 de junio, ya que incluso la mayoría de quienes votaron por Podemos el 20 de diciembre no comulgan con tal tipo de enfoques de política económica. Política cuyos efectos al final siempre acaba sufriendo el pueblo llano, mientras los mandamases continúan viviendo de manera palaciega y gastándose con holgura el dinero de todos para “ayudar” en los medios de comunicación y en la movilización cotidiana a quienes se han comprometido por escrito (ojo) a promover los enfoques y las alianzas bolivarianas en España y de cara a Europa.

La tercera gran coincidencia de la voluntad soberana de los españoles es la que se refiere a la propia necesidad de un entendimiento político como tal. Por eso, nos encontramos, precisamente, ante la contradicción sustancial entre converger en torno a tres grandes objetivos políticos y sociales, y al mismo tiempo discrepar en la manera de distribuir el voto entre diferentes partidos. Algo que en la práctica puede impedir que se forme un gobierno monocolor, o incluso puede llegar a impedir que se constituya cualquier gobierno. Por eso, los españoles votaron como votaron el 20 de diciembre, e incluso como puede que vuelvan a votar, con distribuciones muy similares, el 26 de junio. ¿Qué significa esto? Obviamente, significa que se quiere pasar una nueva página de la historia, y se quiere que los líderes de los principales partidos sean capaces de llegar a entendimientos más amplios y en algunos aspectos inéditos, en base a los tres grandes bloques de cuestiones en torno a las que existe una apreciable convergencia en la opinión pública. Lo cual exige tener claro que el acuerdo debe producirse en torno a las tres cuestiones básicas indicadas, sin dejar fuera a ninguna de ellas. Y especialmente sin prescindir de los componentes sociales y laborales; ya que, de mantenerse los problemas existentes sin que se afronten soluciones efectivas, se verán socavadas gravemente no solo las bases de legitimidad de cualquier gobierno salido de las urnas, sino posiblemente también la legitimidad de toda nuestra actual arquitectura política.

Solo a partir de estos grandes acuerdos será posible abordar la otra gran cuestión política pendiente: la reforma –que no sustitución─ de la Constitución de 1978, en aquellos aspectos en los que resulte necesario y en los que sea factible alcanzar un grado de consenso razonable.

Ni que decir tiene que el principal obstáculo que existe para vehiculizar y dar forma a una salida razonable de la compleja encrucijada política española, es el comportamiento de los líderes que en mayor grado ya obstaculizaron los acuerdos políticos después de las elecciones del 20 de diciembre. Es decir, de Mariano Rajoy e Iglesias Turrión, que han terminado haciendo de la ocultación de su propia ideología, de sus tacticismos interesados, y de sus liderazgos “indiscutibles” la principal razón y causa política, forzando a sus respectivos partidos a supeditarse a su propia voluntad e interés personal. Sea cual sea el coste de tamaño reduccionismo político personalista. Con unos resultados que pintan mal de cara al 26 de junio.

Mientras tanto, los mismos medios de comunicación social que el 20 de diciembre auguraban para el PSOE un tercer o incluso un cuarto puesto, continúan con la misma cantinela demoscópica y mediática, confiando –quizás─ en que poco a poco cunda un estado de ánimo que permita verificar la regla de “la profecía que tiende a cumplirse a sí misma”; mientras que en las páginas editoriales de los mismos medios se asiste al espectáculo tartufiano de una exhibición aplastante de las advertencias más severas sobre las nefastas consecuencias económicas y sociales que tendrían las ocurrencias y confusiones políticas que ellos mismos propician desde sus páginas y sus ondas un día sí y otro también.

Por eso, ante este panorama, lo único que queda es confiar en la inteligencia y la sensatez del electorado español, para que el 26 de junio no ejerza su voto en forma de “tiro en el pie”, como hizo en su momento el pueblo heleno. Algo que aún están lamentando y sufriendo muchos griegos en sus bolsillos y en su calidad de vida.