LA TENTACIÓN DE AZNAR

Resulta imposible disociar análisis psicológico del estrictamente político a la hora de especular razonablemente sobre las verdaderas y últimas intenciones del golpe de efecto dado por José María Aznar al comunicar por una carta su decisión de renunciar a la Presidencia de Honor del PP y a participar en el próximo Congreso de su partido. En las líneas dirigidas a Rajoy se argumenta sobre la incompatibilidad de simultanear un cargo partidario con su presencia al frente de la FAES. Una excusa banal, ya que esa decisión pudo haber sido tomada cuando se anunció la ruptura entre la Fundación y el Partido, que suponía el fin de las subvenciones públicas y la comodidad de percibir las sustanciosas ayudas privadas sin el control del Tribunal de Cuentas. En su carta, Aznar reivindica su independencia, como si hasta ahora no hubiera utilizado FAES como un baluarte de ideas críticas contra lo que viene considerando una peligrosa deriva ideológica en las políticas que La Moncloa se ve obligada a practicar como consecuencia de su debilidad parlamentaria y la necesidad de pactos.

Aznar no ha digerido bien su alejamiento del poder, después de haberlo ejercido sin contemplaciones y haber saboreado las mieles de la adulación y las fotos junto a algunos dirigentes mundiales. Incluso aquella que ya marcará siniestramente su biografía en Las Azores. El hombre que designó como su sucesor debiera haber sido, quisiera que hubiera sido, su marioneta, y haber aceptado ese papel subordinado. Es un error común. Las herencias se olvidan muy pronto y los sucesores aspiran inmediatamente a construir su propia imagen. El propio Rajoy, el de la actual legislatura, no quiere saber nada del Rajoy de la mayoría absoluta. No quiere ni heredarse a sí mismo. No puede hacerlo si aspira a lograr su máxima aspiración: seguir gobernando, como -de una manera u otra- viene haciéndolo durante décadas sin bajar del coche oficial. Su respuesta a la carta de Aznar ha sido el mismo silencio displicente, el adiós sin aspavientos, con el que va asistiendo a la caída de adversarios internos y externos.

Frente a esa estrategia “marianista” en algunos sectores del Partido Popular sí se asiste con cierta preocupación a la hipótesis de que Aznar pueda sentirse alentado a encabezar una formación política, creada a su imagen y semejanza, que le reclamara como líder y “salvador de las esencias”. Algunos observadores políticos trabajan ya en los estudios sociólogicos de los espacios existentes a la derecha del Partido Popular que, por el momento, no han sido capitalizados en las urnas. Seguramente, me asegura un politólogo de largo recorrido, por la falta de una personalidad como la de Aznar al frente del proyecto. La idea de una derecha “sin complejos” cobra fuerza en algunos países europeos y sería grata al próximo inquilino de la Casa Blanca, quien vería con buenos ojos al hombre que no dudó en respaldar la guerra de Iraq.

Los fallidos intentos de Adolfo Suárez con el CDS o de Rosa Díez con UPyD frenan algunos entusiasmos iniciales, pero los autores intelectuales del incipiente proyecto “aznarista” argumentan que la sociedad española ha cambiado sustancialmente y se va  acomodando a la idea de una recomposición del mapa político, con más opciones que el bipartidismo hegemónico protagonizado por el conservadurismo de amplio espectro y la socialdemocracia clásica. Aznar, piensan los que le empujan a la aventura, representaría un modelo de “populismo” que encontraría buen eco en los medios de la derecha nostálgica, junto a una financiación sobrada. El franquismo sociológico que votaba al PP “porque no había otra cosa” espera una señal para decantarse en las urnas. Y la primera señal esperan que les llegue desde Francia, máxime desde el fiasco de Sarkozy, la primera tentación de Aznar.