LA RESOCIALIZACIÓN EN SOCIEDADES EXCLUSÓGENAS

Es un hecho fehaciente que el ser humano vive en sociedad, pero ello lo alcanza tras una preparación que posibilita su adaptación e identificación con el medio social en el que se desenvuelve y para ello debe adquirir habilidades y conocimientos que le permitan una convivencia gratificante. Se trata de un proceso que abarca toda su vida, pues la adaptación y readaptación son permanentes, de ahí la complejidad del proceso.

Para Edgar Morin “… la evolución verdaderamente humana significa el desarrollo conjunto de la autonomía individual, de la participación comunitaria y del sentido de pertenencia a la especie humana” y ello se realiza a través de la socialización. En definitiva, la entiende como un proceso evolutivo que le permite satisfacer su necesidad de sentirse miembro activo de una comunidad identitaria.

La socialización lleva de sí tres dimensiones, la primera la adquisición de una herencia cultural que comporta la translación de conocimientos, valores, formas de comportamiento, etc. Nos va troquelando desde nuestro nacimiento de cara a nuestra supervivencia, además de para nuestra integración en el grupo humano que nos socializa Por otro lado, conforma la personalidad de los individuos. De hecho, los elementos de la sociedad y de la cultura pasan a formar parte integrante de la estructura mental del sujeto y con ello construye su identidad. Por último, hace posible la integración de la persona en su contexto social. Como estamos expresando, el individuo socializado interioriza sentimientos, aspiraciones, gustos, actividades propias de su “ambiente social”, al punto que pierde gran parte de su equipamiento innato y deviene en miembro aunado con su colectividad.

La socialización es, por tanto, un continuo que se inicia ya antes del nacimiento (con las formas de cuidado prenatales), prosigue con el nacimiento, la niñez, la adolescencia, la edad adulta, continúa a lo largo de todo el ciclo vital y finaliza con la muerte. Se divide en cuatro períodos socialización primaria (socialización que tiene lugar en la infancia), socialización secundaria (se inicia con la aparición del componente racional-formal) y socialización terciaria (empieza con el cese de la vida laboral y abarca hasta el final de la vida). Por último, se habla de resocialización, aludiendo a los procesos que tienen lugar en el ámbito carcelario.

En la bibliografía especializada se detalla que se trata de una segunda oportunidad que se brinda a las personas que delinquen, a partir de procedimientos reeducativos que tienen como objetivo rehabilitar y reintegrar en la sociedad a individuos no adaptados, modificando sus valores, normas y comportamientos.

La Constitución española lo recoge en el artículo 25.2 en los siguientes términos: “Las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social y no podrán consistir en trabajos forzados. El condenado a pena de prisión que estuviere cumpliendo la misma gozará de los derechos fundamentales de este Capítulo, a excepción de los que se vean expresamente limitados por el contenido del fallo condenatorio, el sentido de la pena y la ley penitenciaria. En todo caso, tendrá derecho a un trabajo remunerado y a los beneficios correspondientes de la Seguridad Social, así como al acceso a la cultura y al desarrollo integral de su personalidad”.

En conclusión, se busca que sean aceptados y que se sientan miembros de la sociedad y para ello es preceptivo, siguiendo a Naciones Unidas, mejorar las condiciones de las cárceles, respetando las circunstancias personales de los allí recluidos (http://www.unodc.org/unodc/es/justice-and-prison-reform/compendium.html).

En España hay actualmente cerca de 60.000 presos (59.160 según registros de Instituciones   Penitenciarias del pasado mes de octubre), el 92,51% son hombres (54.726) y el 7,49% mujeres (4.434). En su mayor parte han cometido delitos contra la propiedad (19.432) y hay 988 de primer grado. Entre los delitos más graves, 9.000 están  por delitos contra la salud pública, 4.381 por violencia de género, 3.645 por homicidio y 3.284 por delitos contra la libertad sexual.

España, en la media de la Unión Europea, ocupa el número 124 del mundo en encarcelamientos con una ratio de 136 presos por cada 100.000 habitantes, si bien el índice de criminalidad es notablemente inferior al de la media europea, 44,1 delitos por cada 1.000 habitantes frente a los 61,3 de Europa. El 69% no vuelve a reincidir tras salir de prisión frente al 31% que comete de nuevo algún delito, según informa Instituciones Penitenciarias, en función de una investigación realizada con confinados con largas condenas, publicada en el año 2017 (http://www.interior.gob.es/documents/642317/1201664/La_estancia_en_prision_126170566_web.pdf/9402e5be-cb74-4a2d-b536-4a3a9de6ff59).

Entre ese 31% adquieren relevancia sucesos como el de un expreso que hace varias semanas se autolesionó a las puertas de una cárcel tras impedírsele reingresar, después de haber cumplido una condena de dos décadas. Y no ha sido, ni será el único, yo misma, en calidad de docente de la UNED, habiendo examinado más de 20 años a internos de numerosos centros penitenciarios, fui informada hace unos años de un varón que tras veintidós años en cautividad por una concatenación de delitos había expirado su condena e iba a ser excarcelado. La reacción de este hombre fue de una preocupación extrema, pues estaba socializado en ese medio, tenía un grupo de pares con el que compartía y se sentía reconocido, en síntesis, había encontrado su lugar, su hueco vital, a la par, que como en la mayor parte de estas ocasiones había roto hacía tiempo los vínculos con sus redes familiares y sociales. Lo que sucedió fue que a su salida se instaló en una tienda de campaña en las cercanías del centro, haciendo llegar escritos a una de las responsables del mismo con la finalidad de reingresar (tengamos en cuenta que las peticiones y comunicaciones en estas instituciones cerradas se hacen a través de instancias por esta vía).

Estos hechos ponen de relieve cómo y en qué medida las prisiones, además de cumplir una función resocializadora, son espacios de socialización, que generan identidades y pueden convertirse en el cobijo al que se “agarran” los que han perdido su espacio en la sociedad. Tengamos en cuenta que suelen ser personas con fuertes carencias afectivas, además de con una alta incidencia de enfermedades tanto físicas, como mentales y de consumos de sustancias psicoactivas. En consecuencia, son un sector social mayoritariamente de procedencia social marginal, además de estigmatizado y excluido y si no disponen de una familia que les ampare a su salida (este es uno de los puntos clave de cara a su vuelta a la vida normalizada) disponen de pocas alternativas de futuro.

En ese sentido estimo deberían repensarse y potenciarse los programas que se aplican en las cárceles, siendo necesario disponer de más medios y recursos con la finalidad de atender a esta población en sus necesidades, haciendo posible su reinserción social. En ese sentido, es preciso abordar adecuadamente dos dimensiones básicas: la reinserción laboral (formación ocupacional y para el empleo, talleres ocupacionales, orientación laboral, técnicas de búsqueda de empleo, acompañamiento y seguimiento para la inserción laboral..) y la integración social (asesoramiento personal y jurídico, acogida para enfermos de SIDA y otras enfermedades, atención a personas con discapacidad sensorial y/o física, apoyo familiar; desarrollo personal, preparación para la vida en libertad; pisos de acogida para permisos, libertad condicional y definitiva…).

Acometerlo satisfactoriamente constataría la alta capacidad del ser humano de aprendizaje a la hora de adquirir habilidades y conocimientos para la convivencia, independientemente de la edad, y cómo y en qué medida el proceso de socialización permite nuestra adaptación en diversos medios. Cuestión diferente es si realmente la sociedad es o no inclusógena y, sea como fuere, por sentido de justicia la meta ha de ser alcanzar la máxima igualdad de oportunidades y construir un contexto societal que ofrezca futuros certeros para todos los ciudadanos, independientemente de donde el azar de la vida les haya situado y permita segundas oportunidades.