LA PRIMERA PARTE DE LA INVESTIDURA YA ESTÁ CERRADA: COMIENZA UNA NUEVA RONDA

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El debate de investidura de Pedro Sánchez estaba ya decidido desde la semana pasada cuando Podemos se levantó de la mesa y se rompieron las negociaciones. Ya sabíamos lo que iba a pasar. Por tanto, no hay que escandalizarse porque ahora mismo estamos en tiempo muerto; en este debate no descubriremos nuevas posiciones, ni acercamientos, ni posibles líneas de negociación. Todo eso vendrá luego. Ahora el guión ya estaba escrito.

Sabíamos, por tanto, que Sánchez no tendría éxito en su discurso. Lo importante ahora es analizar ciertos errores en el procedimiento para que no se bloquee la negociación posterior e intentar hacer que lo que hoy es imposible pueda ser posible unas horas antes de la convocatoria de las elecciones.

En primer lugar, el discurso de Sánchez me pareció creíble, sólido, socialdemócrata, reconfortante, renovado, y capaz de liderar un gobierno que es un verdadero puzzle. Sinceramente, creo que ahora mismo es quien mejor sabe las dificultades que hay para formar gobierno. Demostró talante y paciencia, capacidad de resistencia, y suficiente cintura para saber que esto no ha terminado todavía, sino que estamos ante la segunda parte de las negociaciones.

Tuvo varios aciertos. Por ejemplo, volver a marcar la única línea roja: la ingobernabilidad con el PP. “La peor de las medidas acordadas es mejor que la posiblidad de que el PP siga gobernando”. También su análisis del estado de la situación; hay quienes piensan que dedicó demasiado tiempo a exponer cómo estamos, pero es que esta situación política de ingobernabilidad es inédita en España, no estamos ante algo conocido, y de ahí su complejidad. Y el tercer acierto fue la definición de la gobernabilidad: no pasa por la izquierda y la derecha (lamentablemente porque así no salen los números), sino entre las fuerzas conservadoras y la regeneración política, porque esta nueva época necesita nuevas formas políticas. Lo que no quiere decir que el debate izquierda/derecha esté superado, simplemente está aletargado hasta que existan mimbres gubernamentales.

Ahora bien, también se cometieron errores que, en mi opinión, son la cara de la misma moneda. En primer lugar, la escenificación “exageradísima” del acuerdo con Ciudadanos que debería haber pasado más discretamente. Es un paso, pero ni el único ni el esencial para gobernar. Se le dio demasiado “bombo y platillo” a un acuerdo que, en cierto modo, va contra natura de los principios socialistas. Pactar con Ciudadanos es como tragarse la medicina amarga que recetan los médicos, y Sánchez pretendió ofrecerlo como el pastel más suculento. Una gran equivocación. Dio la impresión de mandar un mensaje de tranquilidad hacia los “barones/as” que, por otra parte, siempre serán insaciables.

Eso provocó el segundo error. La estrategia frente a Podemos no puede ser solo un “frentismo” de ubicarlo en el terreno del NO, como al PP. Porque muchos no se creen ese mensaje tan simple. Hasta ahora, el alambre que está tejiendo Sánchez lo está haciendo minuciosamente, por lo que no puede caer en mensajes infantiles. Y las relaciones entre PSOE y Podemos tienen, a veces, mucho de “infantilismo” y poco de rigor. Si quiere que Podemos se siente en la mesa, no puede arrinconarlo en el corner, sino darle tanto o más protagonismo que a Ciudadanos, pues el peso de sus votos y escaños es mucho mayor, y también las afinidades ideológicas deben ser mayores.

No sólo los errores son de Sánchez, porque en ese juego de parchís también está Podemos. Ahora mismo, ya no pueden modificar su posición hasta que pase el debate de investidura. Pero, a partir de la semana que viene, Podemos debe saber también qué hacer. Tiene que mentalizarse de que la amenaza “conmigo o con Ciudadanos” no es válida, porque no salen los números. Debe dar más argumentos, más razones, y más capacidad de negociación. Tiene que sentarse en la mesa con la seguridad de que debe ser el número dos de esa negociación pero no el único. Si marca muchas líneas incompatibles, no habrá acuerdo. Y da la sensación de que Podemos no ha digerido bien la situación actual: uno, que el puzzle es complejísimo y ellos son una pieza importantísima pero no única; dos, que hay que gobernar, no basta con ser oposición que es donde mejor se mantiene la “pureza”. Los ejemplos del gobierno de Madrid demuestran que la “bisoñez” y cierta soberbia infantil provocan errores (menos mal que la “madre” Manuela está al frente del Ayuntamiento).

En mi opinión, Pablo Iglesias se ha equivocado completamente con su discurso en el debate de investidura. Con tópicos, clichés, y desaforado, ha roto todas las vías de una posible negociación. Y tengo la impresión de que no lo ha hecho, ni siquiera, conscientemente, sino que es una fuerza más poderosa: es él mismo. Le ocurre como el cuento del escorpión que sube arriba de la rana para pasar el río, ¿por qué le pica sabiendo que va a morir?, porque así es su naturaleza. Iglesias se ha dejado llevar por lo mejor que sabe hacer: exaltación. Pero su discurso no sirve ni para negociar ni para gobernar. Lo que también se ha evidenciado es la mezcla que existe en Podemos y los grupos con voz propia: ni los discursos, ni las estrategias ni los liderazgos son lo mismo.

Y el tercero de los protagonistas es Ciudadanos.

No sé qué pretende y, en estos momentos, puede convertirse en “el dinamitero” del posible gobierno. Ha conseguido más de lo que hubiera imaginado con el resultado que obtuvo en las elecciones. Ha sabido mantenerse a flote cuando fue incapaz de llevarse los votos del PP que es el partido “acosado, hundido, solo y corrupto”. Podría haber sido el último invitado a la fiesta, y se ha hecho un hueco gracias a las presiones internas que vive Sánchez en el PSOE.

Pero su papel ahora debería ser de absoluta discreción. Ya se ha colado y se ha sentado en la fiesta como invitado de primera. Si fuerza más la situación, puede ser él el origen de la ruptura. Está creando una situación de provocación continua, por ejemplo, con el problema de la financiación de las Comunidades Autónomas o sacando pecho con medidas del pacto que no son las más presentables, como la derogación o no de la reforma laboral. Antes de sentarse a negociar, está creándose enemigos innecesariamente.

Y esa es mi duda: ¿los enemigos que se está creando lo hace sin ser consciente o sabe perfectamente cuál es su estrategia?

Rivera sigue insistiendo en la defensa del PP, de Rajoy, y de la gran coalición. Seguramente es la única estrategia que percibe, lo que indicaría que Ciudadanos no es nada más que “la marca blanca” del PP sin capacidad de autonomía. ¿Hasta dónde va a llevar su defensa del PP como fuerza necesaria del gobierno?

Si lo lleva hasta el final, se equivocará. En primer lugar, porque si el PSOE acaba en la gran coalición, será el fin de ese partido, y el claro “sorpasso” de Podemos. En segundo lugar, porque también será el fin de Ciudadanos.

Si el PP consigue de nuevo alzarse con el gobierno a través de una coalición, Rivera ya puede disolver su partido y apuntarse como militante del PP, pues se lo habrá merendado en la primera sentada.