LA POLÍTICA MEDIÁTICA VERSUS LA POLÍTICA REAL

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Resulta muy sencillo criticar desde la barrera cuando los líderes de los principales partidos van de cabeza, intentando hacer llegar sus propuestas, sus iniciativas, conseguir la confianza y el voto de los electores.

Presupongo la nobleza y honestidad de los que encabezan las listas, conscientes de la difícil situación de parálisis que vive España, de la necesidad de un cambio de fondo y formas en la representación política que devuelva la confianza de la ciudadanía. Imagino también que todos intentan ofrecer lo mejor de ellos mismos y de sus ideas y propuestas.

Todos, salvo permitan que haga la excepción del PP. A estas alturas de la carrera profesional política de Mariano Rajoy, sabe perfectamente en la situación que viven los españoles, los recortes aplicados, la deuda y el déficit, así como la corrupción que ha minado la confianza en las instituciones. Y me parece de mala fe que siga jugando con las medias verdades y las mentiras ocultas cuando dice que, por ejemplo, “bajará los impuestos”. Un recurso muy recurrido del PP en campaña electoral: anunciar que con la derecha se pagan menos impuestos para luego, inmediatamente que gobiernan, subirlos de forma excesiva a aquellos a los que pueden aplicar un control sobre sus salarios e ingresos. Y luego, el año electoral, de forma magnánima, abren la mano para bajar unos puntos, subir unas décimas las pensiones o el salario mínimo, y soltar una batería de propuestas y medidas sociales extraordinarias que no han pensado en cumplir.

Lo que hace el PP ya lo conocemos, y pese a ello, una mayoría importante de la ciudadanía le vota. Una mayoría importante pero no absoluta, porque mayor es la gente que apuesta por otras opciones políticas alternativas.

El problema es el que hemos visto durante estos meses pasados: que resulta muy difícil sumar la alternativa al PP para encontrar un gobierno diferente, sorprendente, plural y nuevo.

Mientras tanto, la campaña se viste de nuevo de slogans, debates televisivos, entrevistas en radios, titulares de prensa, y un despliegue intentando en breves segundos conquistar votos.

Y aquí es donde reina la confusión. Es evidente que los ciudadanos no van a leer tochos de programas electorales antes de emitir el voto, ni buscar propuestas creíbles y viables a las soluciones más dramáticas, sino que se dejarán llevar por la empatía antes que por la razón. Pero ahora mismo parece más un juego de espejos que un análisis de la realidad.

La coalición Unidos Podemos parece más interesada en hacer un sorpasso al PSOE que en ganar realmente las elecciones, y sería terrible si al final de esta segunda vuelta electoral no hubiera posibilidad de realizar el tan cacareado cambio. De momento, y por si acaso, su campaña se basa en crítica tras crítica, sabiendo que su éxito se encuentra en sumar el descontento, que en decir cómo solucionar problemas sociales y económicos, porque quizás, si se supieran ciertas medidas, mucha gente se bajaría del carro.

Ciudadanos navega como puede buscando un espacio moderado, de centro, alejado de Rajoy pero no del PP, dejándose querer al tiempo que negando. Parece un “vivo sin vivir en mí” más propio de Teresa de Jesús, todo un sacrificio para que la ciudadanía tenga en mente, bien grabado, que Ciudadanos y el PP tienen la misma raíz.

Y para el PSOE no ha sido una buena semana. Pedro Sánchez necesita recuperar el oxígeno que obtuvo cuando dio el paso para formar gobierno. Resulta injusto, en mi opinión, que sea él a quien se le atribuya mayor culpa de no haber conseguido gobernar, cuando fue él quien se lanzó sabiendo que podía quemarse en el intento, mientras otro seguía fumando y leyendo El Marca.

Pero no le ayuda nada “la vieja guardia” que, en su momento, conquistó votos, ilusiones, derechos, mejoras, y que hoy aparecen con imágenes como la de Chaves y Griñán, la de González y su carta “diplomática”, o la reaparición de Corcuera son su estilo peculiar.

De forma insistente, algunos comentaristas, de forma aislada o haciéndose eco de los murmullos internos, hacen correr la “gran coalición”, de la que Pedro ha de negar y abjurar un día y al siguiente también. Lo que le obliga a estar más preocupado de desmentir que de proponer.

No obstante, las propuestas parecen diluirse. Ni los fichajes que ha hecho Pedro, ni las posibilidades de gobierno del PSC, ni disponer de presidentes autonómicos como en Valencia, … ¿qué ocurre?

Unidos Podemos dice tender la mano al PSOE, pero nadie le cree. Ciudadanos dice que no negociará con el PP pero nadie le cree. El PSOE dice que facilitará un gobierno y que no se repitan elecciones, y el desconcierto aventura las más rocambolescas posibilidades.

Hay algo de fondo que sigue sin funcionar cuando existe desconcierto político y desconfianza social.