LA NIEBLA BELICISTA

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Las potencias occidentales parecen decididas a iniciar una escalada militar contra el terrorismo yihadista. La represalia francesa tras el atentado múltiple de París ha precipitado otras decisiones: el inicio de los bombardeos británicos de posiciones del Daesh en Siria minutos después del voto favorable del Parlamento, el compromiso alemán de respaldar materialmente el esfuerzo militar galo y el anuncio del envío a Irak de una reducida fuerza norteamericana de élite con la intención de apoyar a las fuerzas opuestas al yihadismo.

Esta intensificación militar no se corresponde, curiosamente, con una amenaza terrorista creciente. Al contrario, el Daesh está en su momento más débil en quince meses. Algunas informaciones indican que sus repliegues territoriales lo han aislado en sus feudos y mermado su capacidad táctica y logística. Es muy probable que la organización extremista haya anticipado esta ofensiva occidental y esté preparando una reubicación de fuerzas, e incluso un replanteamiento estratégico. Libia podría ser un centro alternativo de gravedad (1).

A medida que se van conociendo detalles de la preparación y ejecución del múltiple atentado de París, bastante chapuceros, se pone en evidencia la debilidad de la organización terrorista. Por supuesto, el Daesh puede replicar con otras acciones terroristas. Pero no lo impedirán los bombardeos, sino una mejora de la coordinación policial y de inteligencia.

¿Cómo puede explicarse entonces este afán belicista?  Todo indica que se quiere acelerar el declive operativo del Daesh para abordar de una vez el problema sirio. Esta misma semana el número dos del Departamento de Estado, Tony Blinken, ha afirmado que “nunca se ha estado tan cerca de la solución”, en gran parte debido a la intervención rusa (2). Pero los riesgos de la escalada militar son notables, como hemos comprobado en los últimos días.

EL ESFUERZO INCIERTO DE HOLLANDE

El presidente Hollande se embarcó en una maratón diplomática con objetivo confuso. Se habló inicialmente de “forjar una coalición internacional” para intensificar la “guerra contra el terrorismo yihadista”; luego se matizó el propósito, a la vista de su improbable consecución, y se sustituyó “coalición” por “coordinación”. No resultó convincente. El protagonismo de un Jefe de Estado o de gobierno encaja con el empeño de la coalición. La coordinación debería ser  un trabajo de instancias políticas de inferior rango, incluso técnicas, propias de militares.

Hollande cerró su ronda diplomática con un discreto balance de resultados (3), que adicionales ceremonias de homenaje y condolencias apartaron, oportunamente, del foco central de atención.  Obama trató de enfriar sus aspiraciones, aunque con cálidas compensaciones de comprensión y solidaridad. El presidente norteamericano lleva años resistiendo el belicismo insensato de republicanos, algunos militares descontentos, académicos y expertos automartirizados con el supuesto declive del poderío estadounidense bajo su mandato. Por impresionado que estuviera Obama por la dimensión trágica del atentado de París, su carácter analítico y templado y sus fuertes convicciones sobre la inconveniencia de una escalada bélica neutralizaron el discurso emocional de Hollande. No menos importante, en la Casa Blanca temían que las urgencias francesas acercaran las agendas del Eliseo y el Kremlin y se debilitara la frágil estrategia aliada en Siria, frente al empuje ruso.

Putin, más interesadamente, aceptó de su colega francés lo que encajaba en sus intereses y capacidades, pero no dejó de recordar a Hollande que estaba solicitando ahora lo que él había propuesto solemnemente en la cumbre de la ONU en septiembre: aparcar el futuro del régimen sirio para concentrarse primero en derrotar al terrorismo yihadista. Hollande se cuidó de no parecer demasiado atento a la posición rusa y rubricó el encuentro con un modesto compromiso de no interferirse en sus operaciones de bombardeo.

Sólo los aliados europeos de primer rango (británicos y alemanes) se han sentido concernidos por la reclamación francesa de unidad. Se trata de una combinación de solidaridad y de prestigio. La moción del parlamento británico excluye expresamente la intervención de fuerzas de tierra y la división laborista es síntoma de las reticencias sociales. El apoyo alemán será militarmente más discreto (aviones de vigilancia y fuerza de refresco en Mali, seguramente). En su línea habitual, Rajoy se quitó de en medio con un discurso confuso y claramente electoralista. De esta forma, la “coalición” que Hollande intentó se ha reducido a  una modesta escenificación de unidad europea.

En cuanto al anuncio del próximo envío de fuerzas de élite norteamericanas a la zona, hay que esperar a conocer objetivos y misiones concretos. Parece que tendrán base en Irak, aunque la intención es que respalden a los peshmergas kurdos que combaten al Daesh en el norte de Siria. La medida parece contradecir la reiterada repugnancia de Obama a colocar “botas sobre el terreno” y podría interpretarse precipitadamente como un cambio, si no de estrategia, al menos de tono. No es halagüeño que el primer ministro iraquí, a quién se tiene por dócil amigo, haya manifestado “que no son necesarias más tropas extranjeras”.

EL SOBRESALTO RUSO-TURCO

Pero lo más inquietante de los últimos días ha sido la escalada de tensión entre Rusia y Turquía. El derribo del caza bombardero Su-24 ruso por la fuerza anti-aérea turca ha ocasionado una crisis de envergadura, que costará encauzar, no digamos ya cerrar.

Turquía, aliado esencial de la OTAN, país frontera en la guerra fría y casi de “trinchera” ahora, en esta nueva “guerra” contra el enemigo yihadista, ha sido un continuo quebradero de cabeza para Washington y Bruselas. Costó mucho que Ankara colaborara en el despliegue militar limitado de Estados Unidos y han sido necesarios muchos meses de paciencia y poderosos estímulos para que los turcos se comprometan a controlar su porosa frontera y evitar el trasiego de yihadistas europeos y occidentales hacia y desde Siria y a gestionar el flujo de refugiados. Este desafío cruzado con Rusia añade un nuevo elemento de perturbación.

Circulan todo tipo de versiones sobre el incidente del avión ruso. Washington, como mandan los cánones, se ha puesto públicamente del lado de Turquía y ha avalado la versión de la violación rusa del espacio aéreo turco. Pero al recomendar contención a ambas partes, siendo una de ellas un aliado de primera clase, la diplomacia norteamericana envía una señal de indisposición frente al riesgo de conflicto mayor. Otros analistas más desconfiados creen que los norteamericanos pueden haber consentido el derribo del avión para crearle problemas a Moscú, pero sobre todo para obstaculizar los planes de cooperación económica entre Rusia y Turquía (en especial el proyecto de gasoducto alternativo al actual que garantiza el suministro a Europa a través de la conflictiva Ucrania).

En los últimos días, la tensión ruso-turca no deja de aumentar, con petición recíproca de disculpas, desplantes (negativa de Putin a reunirse con Erdogan durante la cumbre del Clima en París) e imputaciones graves (acusación rusa de que el hijo del Presidente turco es el responsable del suministro fraudulento de petróleo por parte del Daesh a Turquía). A pesar de la desavenencia radical sobre el presente y futuro de Siria, la importancia de la cooperación ruso-turca debería ser mucho más poderosa que el enfrentamiento de las últimas dos semanas. Pero la tensión del momento, las calenturientas referencias historicistas a una rivalidad tradicional interesadamente manipulada (3) y la personalidad mercurial de los dos líderes (motejados como zar y sultán) pueden complicar la gestión de la crisis.

 

(1) “ISIS’s grip on a libyan city gives it a fallback option”. NEW YORK TIMES, 29 Noviembre.

(2) “Top U.S.diplomat: political solution to Syria civil war now in sight”, FOREIGN POLICY, 2 de Diciembre.

(3) LE MONDE, 26 de Noviembre.

(4) “Clash of Empires.Why Russia and Turkey fight”. AKIN UNVER. FOREIGN AFFAIRS, 29 de Noviembre.