LA METÁSTASIS SOCIAL CONTINÚA. ¿HASTA CUÁNDO?

La elección como Presidente de EEUU de Donald Trump es un avance más en la metástasis social que recorre las democracias desde hace varias décadas, y especialmente desde la última crisis. Una metástasis que nos muestra, por una parte, sociedades fracturadas y sin un proyecto colectivo; y por otra, profundas heridas sociales, donde la desigualdad ha alcanzado los niveles más altos de las últimas décadas, en paralelo a la mayor concentración y aumento del poder y la riqueza en un número cada vez menor de personas.

¿Qué ha ocurrido para que alguien al que cerraron su cuenta de twitter en los últimos días de campaña porque no se fiaban de cómo la manejaba, aunque desde su equipo se negara el suceso, tenga en un futuro próximo los códigos nucleares? ¿Qué ha sucedido para que un país como Gran Bretaña votara para salir fuera de la Unión Europea, cuando hasta los líderes que defendían esta opción, decían en privado que era negativo para ellos? ¿Qué pasó en Colombia para que los ciudadanos votaran NO al acuerdo de paz con las FARC? ¿Qué puede acaecer en Francia donde el Frente Nacional tiene reales posibilidades de llegar a la Presidencia?

Aunque algunos sigan sin explicarse el por qué, o no quieran verlo, desde hace años se han ido consolidando una serie de factores que hacían evidente, como así hemos denunciado, que nos adentrábamos en una etapa donde se iban a producir escenarios crecientemente problemáticos, tanto a nivel social y político como económico y laboral. El estado de frustración, de incertidumbre y de miedo de un número cada vez mayor de personas, junto con la crisis, los recortes en los servicios públicos y la austeridad mal entendida, ha sido, y va a seguir siendo, el caldo de cultivo que están utilizando los populismos en todas las sociedades democráticas para llegar al poder y provocar la ruptura.

Una ruptura, a la que contribuyen de forma activa unas élites económicas y políticas, que con la excusa de la globalización, utilizan todas las herramientas a su favor para incrementar su poder e imponer su agenda de intereses a la sociedad en su conjunto. Al tiempo, que no se sienten involucrados y obligados a cumplir la parte del contrato social que a ellos les corresponde.

¿Seguirán hablando de austeridad y recortes en Bruselas? Si lo hacen, cada vez más ciudadanos pasarán de preguntarse para quien trabajan esos burócratas, porque ya conocerán la respuesta. Y esa respuesta, hábilmente manipulada puede hacer que democráticamente un número de ciudadanos reducidos, pero mayoritario en las urnas, decida que hasta aquí hemos llegado en el proyecto de mayor bienestar colectivo que ha creado el hombre, que se llama Estado de Bienestar. Y se refugien en un proteccionismo nacionalista que traerá problemas de mayor magnitud e imprevisibles a nivel local y global.

Se conoce como están teniendo éxitos estos populismos y por qué. Incitan y crean miedos sobre mentiras mil veces repetidas que la gente cree, y después se presentan como los salvadores que traerán la seguridad a nuestras vidas. Ante esta situación de emergencia política, social y económica, hay que pasar de ser espectador a jugador. Hay que conjugar las declaraciones grandilocuentes con las políticas concretas que llegan a la vida de la gente.

En definitiva, es necesario cambiar el rumbo democrático de nuestras sociedades para volver a establecer un nuevo contrato social que integre y sea aceptado por todos los ciudadanos. Un nuevo contrato social que combata la desigualdad y garantice el bienestar a todas las personas. De no hacerlo, y seguir exprimiendo a la mayoría de los ciudadanos en beneficio de unas élites cada vez más ricas y poderosas, la ruptura está aquí para quedarse. Y ya conocemos cuales fueron las consecuencias en el hoy más que nunca olvidado siglo XX.