LA IZQUIERDA Y LOS TRATADOS COMERCIALES

simancas070916

La investidura fallida de Rajoy y la campaña vasca-gallega proporcionan un paréntesis en el debate político nacional, que bien podría aprovecharse para tratar cuestiones de un alcance mayor al habitual en estos últimos meses.

Resulta muy interesante, por ejemplo, la coincidencia paradójica que se está produciendo entre una parte de la izquierda y algunos sectores de la derecha extrema en el rechazo radical a cualquier intento de ampliar y facilitar los intercambios comerciales. Está en el discurso de Trump y de Sanders, al mismo tiempo. Y adquiere un protagonismo creciente en los planteamientos tanto de la Ukip británica y el lepenismo francés, como de la socialdemocracia francesa y alemana. También el populismo izquierdista español se ha sumado a las críticas más oportunistas.

Desde luego, tal coincidencia merece una reflexión crítica. La negociación del tratado comercial entre la Unión Europea y los Estados Unidos (TTIP) ha sido el objeto más habitual de las polémicas orquestadas a un lado y otro del océano atlántico y en un extremo y otro del eje ideológico. Pero los reproches se han extendido ya a los intercambios comerciales en el seno de la propia Unión Europea, y en las relaciones crecientes de europeos y norteamericanos con economías emergentes en Asia y Latinoamérica.

El análisis es tan simple como antiguo. La llegada a nuestro territorio de productos competitivos procedentes de otros ámbitos pone en riesgo a corto plazo los puestos de trabajo en la economía local. Además, cualquier estrategia propia para ganar competitividad frente a los actores foráneos conlleva automáticamente, se dice, un retroceso en nuestros derechos y en nuestras condiciones de vida. La conclusión también es obvia: si la ampliación de los espacios comerciales supone una amenaza, evitémosla y constriñamos en lo posible nuestros mercados. En pequeñas dosis se llama proteccionismo. Llevado al extremo se trata de la vuelta a la autarquía.

Pero el análisis es falso y, por tanto, la conclusión es errónea. De hecho, la ampliación de los espacios comerciales permite a los de aquí disfrutar de lo mejor que se hace fuera y vender fuera lo mejor que se hace aquí. Unos y otros pueden crear más empleo. El balance no tiene por qué ser negativo en parte alguna. Más bien debe resultar globalmente beneficioso. A estas alturas del desarrollo tecnológico, el debate no es ya si la globalización se producirá o no. La globalización ya está aquí y ha llegado para quedarse. El debate está en si la globalización se produce bajo la ley de la selva o bajo una regulación que garantice el bien común. Y ahí es donde la izquierda tiene un papel clave.

Si los intercambios comerciales en un mundo globalizado se llevan a cabo bajo la ley del más fuerte, como ocurre ahora en buena medida,la competitividad seguirá dirimiéndose fundamentalmente en los precios, en los salarios y en los niveles de explotación laboral, social o ambiental. Si los intercambios comerciales, por el contrario, se llevan a cabo bajo regulaciones estrictas y pactadas, la competitividad podrá dirimirse en la innovación y en la calidad de productos y servicios. En este último escenario, los estándares de salarios, de condiciones laborales, de respeto al medio ambiente y de protección al consumidor, entre otros, estarían asegurados en todo el espacio comercial acordado.

El papel de la izquierda no consiste en combatir el desarrollo económico y el comercio en el contexto irreversible de la globalización, sino en establecer unas reglas claras que proporcionen seguridad a trabajadores y a consumidores en la defensa de sus derechos y libertades.

Unas reglas claras en este sentido para los intercambios comerciales entre Europa y Estados Unidos servirían, además, como referencia para el resto del mundo. Podríamos luchar así con armas poderosas, por ejemplo, contra la explotación de los trabajadores del sector textil en Bangladesh, contra los salarios de miseria en la huerta marroquí o contra la producción antiecológica en China.

El TTIP aún no se ha acabado de negociar y, por tanto, no cabe establecer conclusiones sobre un texto final que aún no se ha escrito. No obstante, el carácter oscurantista de la negociación y los inaceptables posicionamientos estadounidenses que se han filtrado en este tiempo, han provocado una sentencia legítima, anticipada y desfavorable en la mayoría de la población europea. En consecuencia, posiblemente, el TTIP sea insalvable ya. Pero esto no debe evitar una nueva negociación futura, más transparente y garantista del bien común.

A la izquierda no le conviene frenar la ampliación de los espacios comerciales, sino pelear por un comercio amplio sometido a reglas que, además del beneficio privado, aseguren para la mayoría los derechos sociales, labores, ambientales y de consumo más exigentes.