LA IZQUIERDA Y LOS NACIONALISMOS

Muchas personas que se consideran a sí mismas de izquierda estiman que consultar a los distintos pueblos de España si desean seguir perteneciendo o no al Estado español es de lo más democrático. Y se apuntan al llamado “derecho a decidir”, término cuidadosamente escogido por los partidarios de la independencia para sumar adeptos a su causa. ¿Quién se puede negar a que la gente decida? ¿No es votar la máxima fiesta de la democracia? Otras posiciones no tan radicales abogan por el reconocimiento de las distintas naciones que hay en España, entendidas dichas naciones en un sentido de identidad cultural e histórica, no en el sentido naciones con un Estado propio. Ambas izquierdas andan en mi opinión bastante despistadas en lo referente a este tema. Convendría que repasáramos un poco la historia para entender cuál ha sido históricamente el papel de la izquierda y cuál el de los nacionalismos.

Empezando por la izquierda, desde el minuto uno de su surgimiento en base a las teorías marxistas, los partidos socialistas formaron una organización internacional. Entendieron que el capitalismo era un “mal” global al que había que combatir en todos los países a la vez. Lo atestigua el que, durante la revolución rusa de 1917 tuvieron lugar acalorados debates sobre si era posible o no construir el socialismo en un solo país. Hasta la fecha, esas organizaciones internacionales han seguido funcionando y en el ámbito europeo los partidos socialdemócratas se reúnen con frecuencia en la actualidad para coordinar sus políticas. Lo hacen porque siguen entendiendo que muchos de los problemas de la globalización provienen precisamente de la ausencia de estructuras políticas supra-nacionales que embriden los desmanes del capital financiero, que se mueve a sus anchas en el ámbito global y que provoca crisis periódicas como la que todavía sufrimos.

La esencia de la izquierda es defender que el Estado, o en su caso unidades más amplias como la Unión Europea, garanticen la libertad y la dignidad de las personas. Y estas no son posibles cuando la riqueza se reparte de un modo muy desigual. El Estado del Bienestar impulsado por la socialdemocracia, se construyó para proteger a los individuos de las situaciones de vulnerabilidad que nos depara la vida, como son la enfermedad, la ausencia de rentas por desempleo, la dependencia y la vejez. Sin un Estado redistribuidor, que obtenga recursos de los más favorecidos y los emplee en crear servicios públicos para toda la población, la mayor parte de los ciudadanos estaríamos a merced de todos los contratiempos.

El objetivo de los nacionalismos ha sido otro muy distinto, básicamente el de proporcionar una identidad común en la que los individuos se sientan cómodos y reconocidos. Sentirse parte de una nación confiere a estos un tranquilizador sentimiento de pertenencia y de colectividad. Los ha habido de muy diverso tipo. Algunos han tenido una raíz religiosa, como fue la creación del Estado de Pakistán: la religión musulmana y la hindú no fueron capaces de convivir sin matarse entre sí en la antigua India y tuvo que crease un Estado separado para los musulmanes. Otros han sido de naturaleza étnica, como fue el caso del nacional-socialismo alemán de los años 30. La exaltación de la raza aria frente a otras etnias consideradas inferiores fue el combustible que condujo entre otras tragedias al genocidio de seis millones de judíos. Los hay también de tipo económico, en el que una región rica dentro de un Estado más amplio desea independizarse para no tener que compartir su riqueza con el resto del Estado al que consideran un lastre para su desarrollo. Tal es el caso de la región del Punjab en la India, o de Baviera en Alemania. Durante el siglo XIX y comienzos del XX, muchos Estados se constituyeron en base a naciones preexistentes. Pero la Segunda Guerra Mundial cambió el panorama y los Estados resultantes agruparon en muchos casos a varias naciones. Tales fueron los casos de la URSS, de la antigua Yugoslavia, y de Checoslovaquia. La Europa actual consta de 27 Estados, pero se admite la existencia de más de 50 naciones diferentes.

En España, los movimientos nacionalistas en Euskadi y en Cataluña nacieron a finales del siglo XIX. En el primer caso tuvo una fuerte raíz étnica y apareció como reacción a la inmigración interior que desplazó a grandes masas de población desde Castilla y Andalucía hacia Euskadi en busca del trabajo de las minas de hierro y de las siderurgias del País Vasco. En Cataluña, las pulsiones nacionalistas han sido siempre más de tipo económico. Se forjó allí un sentimiento persistente en el tiempo de que los gobiernos de España han sido muy ineficientes y corruptos y les han impuesto políticas que han frenado su desarrollo. Ese sentimiento considera que el pueblo catalán es más laborioso y productivo que el resto de los pueblos de España, y conduce a no desear cargar con el lastre de repartir su riqueza con regiones en su opinión más indolentes y perezosas.

En todos los casos enumerados el nacionalismo parte de un sentimiento de superioridad con respecto a sus vecinos, y a veces de una sensación de pérdida de identidad por considerarse invadidos por poblaciones a las que ven como ajenas. La reacción suele ser indefectiblemente el levantamiento de muros para preservar su identidad o su riqueza. Lo hemos visto en el caso del Brexit del Reino Unido y lo estamos viendo en la actuación de Estados Unidos bajo su actual presidente ultranacionalista. Levantar un muro es también lo que defienden los independentistas catalanes. Se trata de un movimiento defensivo, y a la vez regresivo, que estima que es mejor salvarse solos que tratar de mejorar el estado común. Pero en el mundo global es más eficaz cooperar con otros para defender lo común que aislarse en pequeñas comunidades.

Las naciones confieren identidad a sus pueblos, pero no derechos. Los derechos de ciudadanía y la protección frente a las adversidades los da el Estado, o a veces unidades más amplias como la Unión Europea. El papel de la izquierda es precisamente la defensa de esos derechos. Cuando la izquierda se adentra en el terreno de las identidades y compra, aunque sea parcialmente, el discurso de los nacionalistas, está abdicando de su papel. ¿Cómo se puede defender desde la izquierda el derecho a decidir, es decir el derecho a trocear el Estado, que es la fuente de nuestros derechos? ¿Se puede defender desde una visión progresista una sanidad mejor para los catalanes a costa de empeorar la de los canarios, que es lo que pasaría si Cataluña dispusiera de todos sus impuestos?

La formación de los Estados obedece a circunstancias históricas, son producto de guerras, matrimonios reales, fusiones voluntarias y otros avatares. Los movimientos migratorios del siglo XX han incorporado a los Estados modernos poblaciones procedentes de muchos rincones del planeta. Son sociedades multi-identitarias. El Estado español se ha formado a lo largo de más de cinco siglos. Las poblaciones de las distintas regiones se han mezclado libremente y las relaciones familiares se extienden más allá de las fronteras de cada comunidad autónoma. Romper esa historia común sería de lo más traumático. España es actualmente una sociedad plural donde conviven muchas identidades, tanto en el conjunto como en cada una de sus comunidades. Por ejemplo, en Cataluña, las encuestas arrojan sistemáticamente que los sentimientos de identidad “solo catalana”, “tan española como catalana” y “solo española” se reparten equilibradamente entre la población, sin que ninguna de las tres sea predominante. ¿Por qué entonces el empeño de los independentistas en uniformizar a todos bajo la identidad “solo catalana”? ¿Por qué el empeño de la derecha centralista en imponer a todos la identidad “solo española”? La identidad, como la religión, nunca debería ser obligatoria, ni en Cataluña, ni en Euskadi, ni en España. Entre los derechos que el Estado ha de proteger, debería estar también la libertad de elección de identidad. Igual que hace con las religiones, debería ampararlas todas y no imponer ninguna.

La diversidad enriquece y la uniformidad obligatoria empobrece. Nadie debería renunciar a su identidad, ni debería imponer a otros la suya. Lo que la izquierda debe defender no es la pluri-nacionalidad de España sino la pluri-identidad de sus ciudadanos, y el derecho de todo ciudadano a sentirse como prefiera y a que nadie le imponga una identidad que no desea. Pero además de las identidades, están los derechos. Y de lo que sobre todo debería ocuparse la izquierda es de que todos los ciudadanos tengan los mismos derechos, vivan en el territorio que vivan.