LA IZQUIERDA Y LA TENTACIÓN PROTECCIONISTA

El discurso proteccionista avanza aparentemente imparable en voces ya no solo populistas, sino también de la derecha e incluso de la izquierda tradicional en buena parte del mundo.

El “América primero” ha sido el factor decisivo para hacer Presidente de los Estados Unidos a un personaje tan controvertido como Donald Trump. Las mismas tesis aislacionistas llevaron a millones de trabajadores británicos a apostar por la salida de la Unión Europea. Y son esas propuestas, aunque con diverso relato, intención y tono, las que impulsan en buena medida tanto a Hamon como a Le Pen y otros líderes extremistas en Europa.

El éxito de los planteamientos proteccionistas tiene una lógica simple y eficaz. La globalización sin reglas trae como consecuencias la fuga de las empresas propias en búsqueda de salarios más bajos, por una parte, y la entrada de productos a precios más competitivos, por otra. El resultado invariable es el de la pérdida de empleos domésticos y una tendencia a la baja en las condiciones propias de trabajo. ¿Cómo responder a estos desafíos? Primero, lo nuestro. Que las empresas no se vayan, bajo amenaza de graves sanciones fiscales. Y que los productos foráneos no entren, aplicando barreras arancelarias. Simple y eficaz.

La autarquía, sin embargo, no es una idea nueva. En el pasado la abrazaron tanto la derecha franquista aquí, como el comunismo en el campo soviético. El resultado invariable siempre fue el empobrecimiento generalizado. En el ámbito de la izquierda, además, choca de manera frontal con los principios ideológicos y morales más básicos. Porque la izquierda siempre fue internacionalista y siempre promovió la solidaridad y la justicia universal, por encima de fronteras, sin desentenderse de los derechos y condiciones del resto de los trabajadores del mundo.

Y si el proteccionismo autárquico confronta con los valores, resulta absolutamente incompatible con la experiencia práctica de las políticas económicas y sociales en el campo progresista. Hace tiempo aprendimos que la apertura comercial equivale generalmente a competitividad, crecimiento y desarrollo. Las sociedades diversas se enriquecen con el contacto, con el intercambio y el mestizaje. Y las relaciones transfronterizas fomentan el diálogo, la empatía y el entendimiento y, por tanto, ayudan a preservar la paz y la cooperación entre los pueblos. La autarquía, por el contrario, genera retroceso, desconfianza y riesgo de conflicto.

Ahora bien, es preciso hacer un análisis crítico y con propósito de enmienda sobre las condiciones en que se ha desarrollado hasta ahora la globalización liberal y el comercio abierto sin reglas. Porque han sido tales condiciones y sus consecuencias, en términos de pérdida de derechos para la mayoría, de paro y pobreza para millones, y desigualdad insoportable para el conjunto, las que han arrojado a muchos votantes trabajadores a los brazos de populistas, ultranacionalistas y extremistas peligrosos.

Globalización sí, pero sometida a las reglas de la democracia y la justicia. Unas relaciones económicas abiertas, pero gobernadas desde la política que asegura el bien común. Comercio abierto al juego de la competencia, pero con normas de obligado cumplimiento, que impidan competir mediante bajadas brutales de salarios o recortes de derechos sociales y laborales.

La izquierda debe ser inconformista y radical. Pero no en los discursos del proteccionismo añejo, empobrecedor e ineficaz, sino en la exigencia de un Estatuto global de los Trabajadores, con derechos garantizados e iguales, primero en Europa, después en el mundo. La izquierda ha de gobernar para establecer una fiscalidad valiente y justa sobre los beneficios empresariales, sobre todo los beneficios financieros que hoy escapan a las contribuciones para el bien común. Para financiar el ejercicio de derechos de ciudadanía, como un seguro europeo de desempleo y un Ingreso mínimo europeo, que protejan de la pobreza y la exclusión social a quienes van quedando en la cuneta del camino de la globalización.

Contra la globalización injusta, sí. Pero no para volver a la autarquía, no para ir hacia atrás. Contra la globalización injusta, para conquistar una globalización justa, en los negocios y en los derechos.