LA INTERNACIONAL AUTORITARIA

La crisis financiera que se desencadenó en buena parte del mundo a partir del año 2008 devino, como sabemos, en una quiebra muy generalizada de la confianza en el propio sistema democrático. Una de las grandes paradojas de nuestros días consiste precisamente en que aquellos movimientos del “No nos representan”, que surgieron por doquier exigiendo una democracia más participativa, han acabado dando lugar a una especie de “internacional autoritaria” con el dueto Trump-Putin como exponente más significativo.

El histriónico Trump inicia su mandato presidencial en Estados Unidos nombrando a grandes oligarcas financieros como responsables de las instituciones económicas que deben velar por el bien común. Vladimir Putin, fiel continuador del estilo de los Románov al frente de la gran Rusia, aumenta su influencia en el este de Europa, el sur de Asia y Oriente próximo. Personajes de gatillo fácil como Duterte, Orbán o Maduro se consolidan al frente del poder en grandes naciones como Filipinas, Hungría o Venezuela. La hija consecuente del fascista Le Pen encabeza las encuestas presidenciales en Francia…

Putin ha sido el más explícito a la hora de describir las coincidencias en los representantes de esta nueva internacional. El nuevo zar ruso habla del “apego a los valores tradicionales”, y por tales valores refiere la defensa de la identidad nacional (militarista y xenófoba), el sostén de la institución familiar (machista y homófoba), la influencia religiosa en la vida pública (sectaria y clerical), la unidad en torno a la dirigencia (desprecio a la pluralidad y recorte de libertades)..

En realidad, cuando los críticos de las democracias representativas reprochaban el excesivo poder de la política, el problema era el inverso. La política democrática, el poder de las instituciones que representan a la ciudadanía, sus intereses y su voluntad, perdían influencia ante el empuje de otros poderes, fundamentalmente el financiero, el mediático, el de las grandes empresas transnacionales… Pero la reacción ha sido la de empoderar a políticos autoritarios, que se han valido de la frustración y el enfado de las mayorías para asumir el control de las instituciones públicas, en beneficio propio.

Muchas de las críticas que se vertieron y se vierten contra la democracia representativa tienen un fundamento racional y justo. La democracia vive una crisis de eficacia, porque no resuelve los problemas de las mayorías. Una crisis de justicia, porque no corrige las grandes desigualdades crecientes. Una crisis de legitimidad, porque prolifera la corrupción impune. Una crisis de dimensión, porque las instituciones democráticas son de influencia local mientras los desafíos trascienden las fronteras. Una crisis de participación, porque la demanda de participación democrática ya no puede circunscribirse al llenado de las urnas cada cuatro años.

Pero la respuesta al contrasentido de la internacional autoritaria no puede ser la mera denuncia. Tampoco cabe reivindicar el statu quo o la resignación ante las limitaciones de las democracias vigentes porque “lo otro es peor”. Las democracias representativas deben evolucionar al ritmo de las nuevas demandas y de los nuevos desafíos. Una democracia más global, más participativa, más eficaz y más justa. Este es el reto. Solo así lograremos que los Trump y los Putin se conviertan en una enfermedad pasajera para el mundo.