LA INSOPORTABLE PESADEZ DE LA INDEPENDENCIA

No merece la pena emplear ningún tiempo en hablar de la necesidad de la política pero sí, quizás, en decir que esta no es la única necesidad del ser humano ni, incluso, si ese ser humano es catalán.

Desde hace años, en Cataluña parece que la actividad hegemónica de la vida humana ha sido intentar conseguir que sus dirigentes políticos adquieran más poder a costa de importarlo de la capital del Estado. Primero intentaron hacerlo de manera convenida con los cedentes pero, al no llegar a un acuerdo, decidieron trasladar, ya no las competencias, sino la capital del Estado. Pero, para esto, para tener una capital del Estado, necesitaban un Estado. Y a eso se pusieron.

Esta tarea ofrecía dificultades técnicas, administrativas, económicas y, sobre todo, jurídicas. Pero todo esto, a gente trabajadora y eficaz como son los catalanes, no les arredró. Con un poco de surrealismo, del que también han tenido alguna figura de talla universal, pensaron haberlo arreglado. Tampoco el hecho de que solo encontraran, sino apoyo internacional, al menos alguna comprensión en países bálticos o caribeños, les sirvió de impedimento. Antes al contrario, la voluntad se fortalece en las dificultades y nadie ha dicho que el hecho de que todo el mundo opine lo contrario que tú te debe ocultar la verdad cuando la tienes cogida por el rabo.

Pero el principal problema que han tenido esos líderes es que, al parecer, han podido cometer uno o varios delitos. Ya saben, cosas del código penal que establece que, en el ámbito territorial donde son vigentes, determinadas actividades humanas son consideradas delictivas, y penadas con reclusión en establecimiento penitenciario. Puede ser que sí, o que no, sean delitos, eso ya lo dirán los tribunales. Pero, por si acaso, algunos de esos líderes se han trasladado fuera de ese ámbito territorial añadiendo una presunción más de que no las deben tener todas consigo.

Bien y, mientras tanto, ¿Qué hacen los empadronados en Cataluña? Pues incrementar de manera muy notable el tiempo empleado en comentar, apoyar, manifestarse y actividades parecidas para intentar conseguir que esos líderes políticos consigan su objetivo de incrementar su poder. Sus esfuerzos parecen haber llegado al terreno educativo donde, no solo en la universidad, sino hasta en los colegios de primaria, se inculca a los estudiantes la idea de que cuando sean mayores deben ser, ya no ingenieros o médicos, como antes, sino independientes catalanes. Dicen que, en algunos hogares, a los niños se les enseña antes la palabra independencia que papá o mamá e, incluso, que su primer juguete ya no es un sonajero sino una esteladita de peluche. Yo, francamente, no me lo llego a creer y lo encuentro una exageración, pero cuando el río suena, agua lleva. Las razones de todo esto son, a los efectos de este comentario, indiferentes, pero deben partir del convencimiento de que ese incremento de poder para sus líderes va a redundar en una mejora de sus condiciones de vida en cuantía, por lo menos, suficiente para compensar sus esfuerzos.

Esta mayor dedicación a la tarea está llevando a una reducción simultánea del tiempo empleado en lo que los catalanes han tenido siempre fama mundial: trabajar. Es verdad que no solo de pan vive el hombre, pero tampoco de política y los catalanes han conseguido que su producto estrella no sea, ya, el cava, sino la independencia, que muchos de ellos llaman a gritos por la calle in-de-pen-den-ciá.

Este monocultivo se está cobrando ya las primeras víctimas en forma, por ejemplo, de huida de empresas, reducción de las reservas turísticas o descenso del crecimiento económico previsto, pero nada de esto parece afectar a los promotores de la idea mientras lo que descienda no sea el apoyo a sus tesis. Y no hay que estar seguro de que, si eso se produce, pueda ser un obstáculo para implementar lo que se cree puede ser un designio sobrenatural. Hay quien piensa que la figura del process es un caballo desbocado corriendo hacia un precipicio pero, la verdad es que, el caballo, debe ser Pegaso porque el precipicio hace tiempo que lo han dejado atrás. Claro que ese caballo tiene algo de mercurial y de jupiterino (cosas que no me detengo en explicar porque apelo a google).

Lo peor de todo es que ese virus del solopolitismo catalán ha afectado desde hace algún tiempo al resto de España. Si hablo por mí, cada vez hablo menos con la gente ya que, al hecho de que no quiero que nadie me hable de Cataluña, se une el que nadie quiere que yo les hable de eso. Y no tenemos otra cosa de la que hablar.

Solo hay una esperanza en el horizonte: no ha habido, hasta ahora, unas elecciones que se hayan repetido más de una vez, por lo que, a mediados del próximo año, podremos, quizás, empezar a hablar de otras cosas, como del Campeonato Mundial de Fútbol, por ejemplo.

Y, a propósito, aprovecho para desearles que ese próximo año sea lo más feliz posible.