LA INSOPORTABLE LEVEDAD DE NUESTRA DEMOCRACIA

Escribo estas líneas mientras contemplo las imágenes del desarrollo del día-D, del choque de trenes que está teniendo lugar este 1 de octubre en Cataluña. Mi primera preocupación es que no haya que lamentar desgracias personales. La situación es tan tensa y el número de incidentes tan abundante que, unido a las informaciones sobre la probable aparición de grupos ultras de otros países, hacen temer que pueda producirse algún hecho irreversible.

Todo lo que llevo visto estos días, incluido el día de hoy, me ha llenado de perplejidad y también de cierta melancolía. Está claro para mí que algo hemos debido de hacer muy mal, la generación que protagonizamos la Transición, para que hayamos llegado hasta aquí.

Me llena de perplejidad ver a tantísimos jóvenes en Cataluña despreciando todo lo español y deseando liberarse del supuesto yugo que España impone a Cataluña. Ese desprecio no se logra en un día, ni en unos pocos años, sino que ha sido grabado a fuego en sus mentes desde la más tierna infancia ¿Que ha hecho mal la izquierda catalana para permitir que su sistema educativo haya sido colonizado por el nacionalismo? ¿Qué hemos hecho mal los partidos de ámbito estatal para permitir este adoctrinamiento? ¿Por qué la izquierda no ha tenido un relato alternativo al del nacionalismo, que todos sabemos es ajeno a ella? ¿Por qué incluso ha coqueteado con él y ha aceptado algunos de sus postulados?

Me llena de perplejidad ver el arrastre emocional que el nacionalismo ha logrado en la mitad de la población catalana. Cuando uno contempla esos miles de velas en Llivia formando la bandera estelada, o la organización casi militar de sus manifestaciones, uno imagina que estas personas viven el nacionalismo como una especie de fe ciega, como una religión que todo lo cura. Muchos parecen pensar de buena fe que la pretendida república catalana va a resolver todos sus problemas, que va a ser un edén donde no habrá corrupción, ni recortes, ni escasez de recursos. Como ha sido argumentado profusamente, sabemos que esa convicción no resiste el menor análisis racional,  empezando por la inmensa deuda catalana, por lo difícil que tendría el sobrevivir fuera de la Unión Europea, o financiarse en los mercados internacionales. Pero ellos no atienden a la razón sino a su emoción.

Otra cosa que debemos reflexionar, nuestra generación, es por qué no hemos puesto suficientemente en valor la Transición y hemos permitido que se frivolice con ella y con el franquismo, como se está haciendo. Por qué no hemos hecho más difusión de lo que fue el franquismo, de lo que significó la falta absoluta de libertad, de partidos, de prensa libre, o de poder manifestarse en la calle. O de que podían caerle a uno muchos años de cárcel por una simple huelga laboral. Por muy mal que lo haga Rajoy y su partido, es muy frívolo compararles con el franquismo.

Los nuevos partidos, supuestamente de izquierdas, han acuñado el ominoso término de “régimen del 78” para expresar que la democracia que tenemos fue poco menos que regalada y tutelada por el franquismo. No hemos creado una generación que ame y respete su democracia, y sobre todo que sepa comportarse democráticamente. Todo el procés catalán está repleto de comportamientos antidemocráticos y sin embargo sus protagonistas parecen aceptarlo con normalidad. Que desde el poder solo se haga propaganda del sí, que se señale a los disidentes, que se les insulte y persiga, que los medios públicos de comunicación están monopolizados por el Govern, etc, no parece incomodarles. Entienden que su fin es tan bueno que los medios para conseguirlo no importan.

Los nuevos partidos, supuestamente de izquierdas, se han plegado a las tesis nacionalistas y apoyan el supuesto derecho de autodeterminación, no solo de Cataluña, sino de cualquier parte de España que lo desee. ¿Qué tendrá que ver la izquierda con los sentimientos nacionales? Se han sumado a sus movilizaciones y han puesto el foco, no en la violación de las leyes democráticas, sino en las medidas del Gobierno español para impedirla. Según ellos, el problema es Rajoy, y no el intento de golpe de Estado de los independentistas. Objetivamente, esos partidos están haciendo todo lo necesario para debilitar la democracia y se han convertido en aliados de países como Rusia, que persiguen el mismo fin: acabar con el oasis de democracia que hoy representa en el mundo la Unión Europea.

Nuestra democracia se ha vuelto leve, o no hemos conseguido que sea más fuerte. El populismo triunfa por doquier. Enormes cantidades de personas, seguramente muy razonables en sus vidas privadas, viven la violación de las normas democráticas como un derecho. No distinguen entre sus convicciones y el respeto a los procedimientos. No entienden que es legítimo ser independentista y promover esa idea, pero no lo es imponerla por la fuerza a los demás. Que es legítimo sentirse catalán y no español, pero no lo es no respetar al que siente de distinta manera. Los sentimientos identitarios excluyentes, sean estos religiosos o nacionalistas, han causado ya demasiados muertos en la historia. La democracia no va de sentimientos, sino de derechos, de leyes que los protegen y de procedimientos regulados para cambiar aquellas. Todos los sentimientos son respetables. También los de los que no queremos que nos arrebaten una parte de España. O los de los que se sienten tan catalanes como españoles. Derecho a decidir, por supuesto, pero para todos los implicados, que somos todos los españoles.

Cuando se serenen los ánimos que -como era previsible- hoy están tan exaltados, habrá que reflexionar sobre todo esto. Habrá que hacer mucha pedagogía democrática, y habrá también que convencer a la derecha de que el inmovilismo y el bloquear los cambios es otra forma de violencia y de atentar contra la democracia. De que la democracia se defiende haciendo política y no escondiéndose detrás de los jueces. Resulta clamoroso el silencio del Gobierno español en estos días: ningún intento de hacer pedagogía, o de ofrecer un relato; tan solo ha insistido en la aplicación de la ley y en agitar la bandera española por doquier. Desde luego, no es el mejor momento para la guerra de banderas; para contraponer un sentimiento nacionalista a otro distinto. Es el momento de defender la democracia como un régimen superior de convivencia frente a los basados en la uniformidad de sentimientos, o en los sentimientos obligatorios. Necesitamos urgentemente menos bilis y más demócratas.