LA IMPOSIBLE MOCION DE CENSURA

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El agónico proceso de negociaciones para formar Gobierno, la inaudita cautela de Mariano Rajoy que, al acecho, espera obtener su investidura del cansancio de todos y en particular del país, quizás tenga un motivo añadido que poco se señala en los comentarios políticos: las exigencias constitucionales de una moción de censura.

Un Gobierno sólo puede caer por dos motivos: por voluntad propia, convocando nuevas elecciones anticipadas, situación que ya se ha visto, o porque los diputados aprueben una moción de censura, lo que hasta ahora nunca se ha producido.

Cuando se discutió nuestra actual Constitución, en un primer borrador figuraba la moción de censura al estilo italiano o francés de la cuarta República. Bastaba con que una mayoría de diputados censurase el Gobierno para que este se viera obligado a dimitir. No se exigía que la moción precisase quien iba a sustituir al Presidente del Gobierno. Este sistema facilita la inestabilidad de gobierno, la IV República francesa, así como la italiana lo habían demostrado de sobra. El PSOE estaba a favor de tal redacción, como se demostró en la reunión de su Comité Federal cuando estudió dicho borrador. Pero en el texto definitivo la moción de censura salió transformada en lo que se llamó una censura constructiva. Se exigía que los diputados no sólo rechazasen la gestión del Gobierno, sino que obligatoriamente debían proponer el sucesor al Presidente censurado. Fue lo que impidió que se concretase la pinza a Felipe González entre Aznar y Anguita. Los dos estaban de acuerdo en derrotar al líder socialista, pero de ninguna manera podían los comunistas comprometerse proponiendo a Aznar para Presidente. Así quedó demostrada la eficacia de la moción de censura constructiva para dar estabilidad al poder ejecutivo. Y desde luego en los tiempos de la Transición era una prioridad absoluta para fortalecer, no sólo el nuevo Poder ejecutivo, sino también la joven Democracia.

Hoy, cuando es noticia diaria la dificultad para conseguir un compromiso mayoritario para formar un Gobierno, aunque sea por mayoría simple, parece lógico que quienes discuten en el Parlamento piensen también que idénticas, o mayores, dificultades se plantearían a la hora de elaborar y votar una moción de censura al futuro Gobierno, moción que no supondría otra cosa que una nueva y evidentemente difícil investidura. Y, paradójicamente, un Gobierno que hoy naciera débil, por su minoritario apoyo, se transformaría en un Gobierno reforzado por la dificultad o la imposibilidad de tumbarlo.

Ciertamente no es una situación que convendría a un Gobierno que pensará en reformar, en cambiar legislaciones vigentes, en modificar rumbos económicos y sociales, porque para ello necesitaría obligatoriamente de una mayoría parlamentaria que votara sus proyectos, cosa difícil cuando se sabe que, en la vida política, fácil y acostumbrada es la conjunción de las fuerzas extremas para paralizar. Pero para un Gobierno que sólo tenga por objetivo durar, prorrogar la legislatura anterior, dejando los problemas en la cuneta, vivir al día, sería una buena perspectiva. Y en tal alternativa ¿quién más adecuado que Mariano Rajoy?

¿Entonces? Para quien aspire a un Gobierno para la reforma, por qué no disipar de antemano cualquier nube provocada por esa imposible moción de censura proclamando como previa a cualquier negociación el compromiso de presentarse dentro de dos años, no ante los diputados, sino ante los electores, quienes democráticamente son los más habilitados para censurar un Gobierno.

Serían nuevas elecciones, ciertamente, pero con más motivo y utilidad que las que se avecinan en junio próximo.