Rafael Simancas

LA HORA DEL PSOE

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Hay una constante en la historia española del último siglo que relaciona directamente la unidad y la fortaleza del PSOE con los mayores progresos colectivos en nuestro país. La constante se mantiene también en sentido inverso. Cuando el PSOE está unido y fuerte, España avanza. Cuando el PSOE está dividido y débil, España sufre. Tengámoslo en cuenta para estos días difíciles.

Un Partido Socialista fortalecido en su organización y en su liderazgo dio pie a los grandes avances sociales del periodo republicano entre 1931 y 1933, gracias a la gestión de los ministros socialistas Largo Caballero –en Trabajo-, Fernando de los Ríos –en Instrucción Pública- e Indalecio Prieto –en Obras Públicas-.

El largo periodo de unidad y fortaleza socialista que se inauguró en Suresnes (1974), con Felipe González y Alfonso Guerra, proporcionó a España una Transición Democrática modélica, la incorporación a las instituciones europeas y la creación del Estado de Bienestar. El cierre de filas en torno a Zapatero tras el 35 Congreso dio pie una nueva etapa de fortalecimiento de derechos y libertades civiles a partir de las elecciones generales de 2004.

En sentido contrario, las crecientes controversias internas en el PSOE conforme maduraba el periodo republicano contribuyeron a la inestabilidad del régimen, a la llegada del bienio negro derechista y, desde luego, ayudaron poco en la tarea de evitar los trágicos acontecimientos posteriores.

Las fracturas en el seno del Partido Socialista durante los años noventa precipitaron el desgaste del mejor Gobierno que ha tenido la historia de España, y dieron lugar a la llegada del denostado Aznar, sus políticas ultraliberales y la lamentable participación de nuestro país en la guerra de Iraq. Y por último, los desencuentros durante y después del 38 Congreso socialista en Sevilla (2012) debilitaron, sin duda, la oposición que hubiera merecido la mayor ofensiva de la derecha contra los derechos de los españoles, protagonizada por Mariano Rajoy bajo la excusa de la crisis económica.

Los desafíos que tiene la sociedad española ante sí en este nuevo tiempo político requieren de un PSOE a la altura de su propia historia.

España afronta un gravísimo deterioro social, producto de la revolución conservadora emprendida a partir del año 2012. La reforma laboral ha precarizado los empleos, ha empobrecido a los trabajadores y ha finiquitado la negociación colectiva. Los recortes sociales han acabado con la universalización de la sanidad pública, ha hecho retroceder la calidad y la equidad de la educación, ha convertido la Ley de atención a la dependencia en papel mojado, y ha puesto en crisis la dignidad de las pensiones de hoy y su sostenibilidad para mañana.

El avance separatista en Cataluña y la indolencia calculada en términos electorales por la derecha española han puesto en riesgo la integridad territorial del país. Y la resistencia del PP a la apertura de las instituciones y al control efectivo de las corruptelas ha causado una gran desafección hacia el propio sistema democrático por parte de millones de españoles, especialmente entre los más jóvenes.

El PSOE no ha concurrido a las elecciones del 20 de diciembre en su mejor momento, claro está. Arrastra problemas de fondo desde hace tiempo. No ha logrado acelerar el ciclo histórico que retrasa significativamente en nuestro país la recuperación de la credibilidad como alternativa tras una mala salida del Gobierno. El ciclo histórico entre la salida del Gobierno y la vuelta a las mayorías nunca fue de solo cuatro años, y el vacío dejado por el rápido deterioro electoral del PP ha sido ocupado en buena parte por otras fuerzas con crédito disponible para promover el cambio.

A pesar de los evidentes esfuerzos en este último año y medio, al PSOE aún le cuesta combinar su tradicional discurso a favor de la igualdad y la justicia social con el discurso necesario para atender las demandas de la “nueva política”, en relación a la regeneración, la renovación, la apertura, la transparencia y la rendición de cuentas.

El llamado malestar urbano, consecuencia de una crisis letal y una gestión flagrantemente injusta de esa crisis, ha alimentado el surgimiento de fuerzas coyunturales, sin facturas que pagar por errores pasados y con un desparpajo notable para pronunciar las descalificaciones más gruesas y las promesas más imposibles de cumplir, pero que muchos ansiaban escuchar.

La fuerte influencia de los medios de comunicación de masas y el creciente peso de las nuevas redes sociales en la conformación de la opinión pública, han favorecido por una parte a la derecha respaldada por los grandes grupos económicos y, por otra, a las emergencias de moda. No es un escenario fácil para una fuerza política socialdemócrata y tradicional como el PSOE.

A pesar de todas las dificultades, el Partido Socialista, con Pedro Sánchez al frente, ha llevado a cabo un gran esfuerzo colectivo durante este último año plagado de difíciles citas electorales. Los resultados del 20 de diciembre fueron objetivamente malos, pero el PSOE se ha mantenido como la primera referencia del cambio progresista en España, con 90 diputados y más de 5,5 millones de votos. Los socialistas gobiernan en nueve de diecisiete Comunidades Autónomas y en miles de Ayuntamientos. No es el mejor bagaje posible, pero es una buena base para disponerse a servir con coherencia y eficacia al bien común del país.

En este momento histórico complejo, España necesita al PSOE. Y el PSOE necesita de toda la fuerza que deviene de los valores progresistas compartidos con la gran mayoría de los españoles, de su experiencia en el liderazgo de los grandes retos del país, de sus equipos capaces en la resolución de las crisis más complejas, de su compromiso indeclinable con el interés de España por encima de cualquier otro interés…

Es la hora del PSOE. Nuevamente. Y lo último que necesita el PSOE es una nueva crisis orgánica. Porque sufriría el PSOE. Y, sobre todo, porque sufriría España.