LA GUSANERA

sotillos1712

El puñetazo en la cara del presidente de gobierno durante un paseo electoral como candidato ha marcado el final de la campaña. A partir de ese momento, los mítines de los partidos, sus mensajes finales en el intento de inclinar la balanza en unos resultados que se prevén muy ajustados, han pasado a un segundo plano. Todos los líderes en disputa han reaccionado a la agresión en las calles de Pontevedra con urgencia y unanimidad en la condena .Ejemplarmente. El propio Rajoy ha hecho el esfuerzo de restar dramatismo al suceso, ha pedido que no se extraigan consecuencias políticas y, mucho menos, que se intente vincular ese incidente con la confrontación dialéctica, por dura que fuera, con el candidato socialista. Oportuna llamada de atención, que debería ser seguida por la petición de perdón de alguno /a de sus correligionarios más exaltados.

Una absurda y obsoleta norma electoral impide la publicación de encuestas electorales, con severas sanciones económicas para los infractores, desde el martes pasado. Ello ha impedido pulsar la opinión sobre el resultado del “cara a cara” entre Pedro Sánchez y Mariano Rajoy, con excepción de algunas “votaciones” en los medios de comunicación, tan dispares entre sí que ponen de manifiesto, exclusivamente, la mayor capacidad de movilización y los recursos técnicos al alcance de los equipos de los grupos políticos. Esa misma cláusula restrictiva elimina también la posibilidad de conocer el impacto de un puñetazo en la decisión de los votantes. La única ventana abierta a la curiosidad de unos pocos está en un periódico de Andorra y en su reflejo parcial en medios minoritarios, donde España es una verdulería y los partidos se equiparan a berenjenas, mandarinas o fresas, con cotizaciones variables. Un esperpento equiparable a la llamada jornada de reflexión.

Frente a esa realidad que afecta a la superficie más visible de una sociedad analógica, millones de mensajes se entrecruzan en las redes sociales y es posible tomar la temperatura a un colectivo que se expresa a impulsos de visceralidad. Incluso las conversaciones, supuestamente privadas, de grupos en “whatsapp” salen a la luz y muestran, como en el caso del joven de Pontevedra, la existencia de micro-células cancerígenas en nuestro cuerpo social. En las últimas horas he asistido con seria preocupación al desarrollo de los debates espontáneos sobre el suceso de Pontevedra en las redes sociales, y he llegado a la triste conclusión de que existe una alta proporción de personas necesitadas de algún tratamiento psicológico, violentos en estado puro, ocultos en el semi-anonimato, que disfrazan sus actitudes fascistas con cualquier ropaje ideológico. Resultadistas que anteponen el triunfo de sus colores a las propias ideas, inequívocamente democráticas, que son la seña de identidad de los partidos a los que mancillan con sus vómitos verbales.

Afortunadamente, la tan denostada clase política ha demostrado que es posible competir con toda crudeza durante la campaña electoral y guardar las formas, transmitiendo un sentido de unidad, ante situaciones realmente trágicas. La reunión del pacto contra el terrorismo islámico y el funeral de Estado en honor a los policías asesinados en Kabul han sido dos momentos a valorar positivamente y poner de relieve sin complejos. El día 21 de diciembre va a ser imprescindible apelar al sentido de la responsabilidad para organizar un futuro de gobernabilidad que dé respuesta a los grandes desafíos nacionales. Corresponderá a los líderes partidarios y a sus equipos directivos corresponder a la responsabilidad delegada. No para extraer beneficios coyunturales, sino para consolidar la Democracia. Y, en ningún caso, para alimentar el submundo de las gusaneras en las que se agitan los gérmenes de los nuevos fascismos.