LA GUERRA DE LAS BANDERAS

sotillos190516

Viví muy de cerca aquel día en el que el gobierno de UCD legalizó la ikurriña. La mayoría de los españoles no la conocían, y la única referencia que tenían de la que hoy es la bandera de Euskadi era su uso por el nacionalismo y, más trágicamente, las noticias sobre algunos muertos de la Guardia Civil, víctimas de una bomba-trampa colocada por ETA, cuando procedían a retirarla de unas instalaciones. En el telediario del 17 de enero de 1977, tras una larga negociación, mostramos en un cartón una reproducción -“nada de exhibirla ondeando”, me dijeron- y, como había muchos receptores en blanco y negro, iba señalando dónde estaba el rojo, el blanco y el verde. Un mes antes, los jugadores del Athletic de Bilbao y la Real Sociedad se habían conjurado para sorprender a los espectadores del Derby vasco en el estadio de Atocha, sosteniéndola conjuntamente. La policía no intervino y no hubo incidentes. En 1979 el Estatuto de Autonomía reconocería a la ikurriña como la bandera nacional del País Vasco.

La “estelada” no es la bandera nacional de Cataluña, sino un símbolo de la voluntad independentista con la que se identifica una parte significativa de la sociedad catalana y ha ido ocupando espacios de visibilidad en las manifestaciones callejeras, en los balcones de muchas localidades… y en los estadios de fútbol. En la final de la Copa del Rey, jugada en Valencia, muchos aficionados “culés” portaban la “estelada”, convivieron pacíficamente con los seguidores del Real Madrid, y no hubo ningún problema. Las gradas del Nou Camp se llenan de “esteladas” todos los días que juega el Barça, sin que la Delegación del Gobierno en Cataluña se plantee la necesidad de aplicar una ley que lo prohíba.

Ahora, la Delegada del Gobierno en Madrid ha provocado un debate de impensables consecuencias al anunciar que la policía impedirá acceder al estadio Vicente Calderón a los aficionados barcelonistas que pretendan introducir esa bandera, dando por supuesto que dará lugar a actos de violencia. La primera reflexión que produce esa decisión de la señora Dancausa es la manifestación de un problema de fondo: la distinta forma de interpretar una ley de aplicación estatal a distintos territorios. Parecería, según el criterio de la Delegada, que admite la existencia de una excepcionalidad legislativa, en seria contradicción con principios que debe defender.

Lo que ha conseguido realmente la señora Dancausa es encrespar los ánimos ante un acontecimiento deportivo y dar lugar a que hoy asistamos a un panel de soluciones imaginativas para sortear la prohibición, como es acudir con camisetas que lleven estampada la “estelada”, o directamente pintadas sobre el torso. Ha logrado también que los representantes de las principales instituciones políticas catalanes, el President de la Generalitat y la Alcaldesa de Barcelona anuncien su ausencia del palco oficial y que incluso se alcen voces sugiriendo que el equipo azulgrana no comparezca a disputar el encuentro frente al Sevilla. Despropósito tras despropósito, lo que debiera ser una fiesta se ha convertido en un innecesario conflicto por mor de una resolución política que tal vez no sea fruto de una irreflexión sino de una meditada táctica electoralista, que sueña con polarizar los votos del nacionalismo español aprovechando cualquier circunstancia. El PP fracasa constantemente en sus relaciones con Cataluña y es especialista en romper puentes. Parece que no les importa. Pero es una grave irresponsabilidad. Años después de aquel 1977 en que se legalizó la ikurriña, entristece volver a la guerra de las banderas.

PD.-Habrá quien piense que este es un tema menor, que el fútbol no debe ser objeto de un comentario político. Sólo consideren, los que así lo estimen, qué partidos tienen la capacidad de movilización y el número de “militantes activos” que los grandes clubs de la Liga española.