LA FORMACIÓN DE GOBIERNO NO ES SOLO UNA CUESTIÓN DE MATEMÁTICAS ELECTORALES, SINO UN ASUNTO EMINENTEMENTE POLÍTICO

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En el largo, y a veces tedioso, debate para la formación de gobierno en España, algunos líderes repiten continuamente la misma letanía “161 escaños son más que 131 escaños”. Si estuviéramos hablando de matemáticas, nadie podría objetar que esta es una afirmación evidente. Pero, como quiera que estamos tratando de política, la lógica del argumento-letanía no resulta tan evidente.

En primer lugar, no es evidente porque en la realidad política concreta no solo se suma, sino que también se resta, se condiciona e incluso se lastra. Por eso, algunos de los escaños de los que habla Iglesias Turrión pueden acabar restando más que añadiendo, sobre todo cuando el agregado necesario para llegar a la cifra de los 176 escaños que se requieren para gobernar en el día a día, puede implicar un precio impagable. Y suicida. Los portavoces secesionistas lo dijeron muy claro en el debate de investidura de Pedro Sánchez cuando afirmaron que el precio que ellos ponían para que hubiera gobierno en España era simple y llanamente su independencia. Es decir, para arreglar un problema (la dificultad de formar gobierno) se puede crear otro problema mucho mayor, para España y para Europa (la fragmentación nacional).

Por lo tanto, cuando Iglesias Turrión mantiene machaconamente tales argumentos demuestra que sabe lo suficiente de matemáticas (al menos sumar), pero no sabe de Política. O bien, lo que dice no se compadece con lo que de verdad piensa.

Sea como sea, lo cierto es que, tal como están las cosas en España, para formar gobierno se precisa al menos del concurso de tres fuerzas políticas importantes. Aunque este consenso, lógicamente, puede tener varias modalidades y diferentes grados de implicación práctica. Por ejemplo, podría formalizarse un gobierno en torno al núcleo central PSOE-Ciudadanos y sus 200 propuestas, con los posibles añadidos y matices que pudieran alcanzarse, y adicionalmente este gobierno podría sustentarse con el apoyo (basado en acuerdos formales concretos) de otro partido que no tendría que entrar necesariamente en el gobierno (de geometría variable), aunque pudiera contarse con Ministros consensuados que tuvieran una buena aceptación. Lo cual exigiría descender desde el terreno de las matemáticas puras al campo de la Política, con P mayúscula.

¿Cómo podría avanzarse en un camino razonable de este tipo? ¿Con quién o quiénes?

Desde luego, lo primero que habría que conseguir es lograr que algunos líderes se apearan del argumentario matemático cerrado, y que procedieran con mayor amplitud de miras. También Mariano Rajoy, y su círculo duro, que no dejan de sostener (con menos autoridad matemática) que 123 son más que 131 (la suma de la otra propuesta alternativa de gobierno formado por PSOE-Ciudadanos). Lo que significa que con el PP las dificultades son dobles (de interpretación matemática y de voluntad política).

Cuando nos acercamos a las fechas cruciales para poder llegar a un acuerdo, lo más importante es tener debidamente en cuenta lo que esperan y desean en estos momentos la mayoría de los españoles. Es decir, hay que pensar en qué tipo de gobierno no defraudaría sus expectativas y qué gobierno posibilitaría aquello que más desean (necesitan) de manera prioritaria y común.

Si procedemos de esta forma, es evidente que, hoy por hoy, un gobierno encabezado por Iglesias Turrión, o en el que su partido tuviera un papel central de control, suscitaría temor y el rechazo en más de la mitad de la población, y probablemente introduciría serios riesgos de tensionamiento y bipolarización en España. Ello por no hablar de los recelos de Bruselas, que no son ninguna broma, como se vio claramente en Grecia. Por lo tanto, cualquier persona sensata y realista (también de Podemos) puede entender que esta no es una opción viable en estos momentos.

La segunda alternativa sería un gobierno liderado por Mariano Rajoy y su núcleo duro, que durante las últimas semanas ha continuado haciendo todo lo posible para que el PP sea considerado como un “partido antipático”. El nasty party, como dice Esperanza Aguirre. Esta opción, obviamente, tiene no solo un problema matemático, como es que 123 escaños continúen siendo claramente menos que 131 (PSOE-Ciudadanos), sino una dificultad añadida de “adiciones imposibles”, ya que nadie está dispuesto, hoy por hoy, a sumar sus escaños a los del Señor Rajoy, que en consecuencia parece que ha alcanzado su tope máximo-mínimo.

Además, ¿alguien se imagina lo que pensarían –y cómo reaccionarían─ los españoles si al final de este periplo continuara gobernando Mariano Rajoy? El problema es que con un 28% de votos el actual PP se encuentra en su estación término, y que el 72% restante de los votantes quieren un verdadero cambio de gobierno, que resulta incompatible con la continuidad de Rajoy.

Si nos atenemos a los índices de popularidad del Señor Rajoy –incluso entre bastantes votantes potenciales del PP─, a las pésimas valoraciones que según el CIS hace la opinión pública sobre su gestión, y a esto se añaden todos los contenciosos judiciales que actualmente aquejan a dicho partido, nadie sensato puede postular que la salida a la actual encrucijada política pase por un gobierno liderado por Mariano Rajoy. Que, además, cualquier día puede ser llamado a declarar ante un Juez.

Las reacciones de la gran mayoría de los españoles ante un gobierno encabezado por Rajoy podrían llegar a ser tan contundentes como preocupantes. Además de francamente inasumibles por cualquier otro partido del actual arco parlamentario. Lo cual, da lugar a que esta sea una hipótesis carente de viabilidad y alejada de cualquier propósito de intentar dar altura Política (con P mayúscula) al trabajo del futuro gobierno.

Por lo tanto, la única alternativa viable que queda es la que se puede nuclear en torno al actual bloque PSOE-Ciudadanos. Alternativa que, por sí sola, como ya se vio, no cuenta con el apoyo de los escaños necesarios, o lo que es lo mismo, a la que no le salen bien los cálculos matemáticos. Pero, como quiera que, si se repitieran las elecciones, lo más plausible es que los resultados –y los problemas─ continuasen siendo los mismos, la única alternativa que nos queda (hoy o mañana) es la apertura agregativa de la opción PSOE-Ciudadanos a otro de los dos grandes partidos.

¿Cómo abordar esta apertura? Sentándose y negociando sin exclusiones, hablando y viendo si se puede llegar a acuerdos y a propuestas programáticas compartidas. ¿Cuál es la mejor metodología para explorar estas posibilidades? Desde luego, no intentando poner la carreta delante de los bueyes, sino ateniéndonos a lo que en estos momentos se necesita más perentoriamente en la sociedad española y priorizando aquello que puede ser mejor valorado y aceptado por los ciudadanos.

Asumiendo que nos encontramos en unas circunstancias excepcionales y que tenemos por delante amenazas y problemas económicos y sociales muy serios, habría que hacer un esfuerzo político paralelo de excepcionalidad y, durante un tiempo acotado (de dos años, por ejemplo), asumir unos compromisos de gobierno acotados a cuatro o cinco metas inexcusables para la sociedad española. Metas que no es difícil identificar entre todos, y que concuerdan con lo que piensan básicamente la mayoría de los españoles, como exigencias para salir de la crisis económica, política y social. Crisis que no es ninguna broma. ¿Qué piensan la mayoría de los españoles que es necesario abordar de manera urgente? Por ejemplo, una reforma de la Constitución que nos permita ponernos al día y evitar las disfunciones detectadas; una ley consensuada de Educación e Investigación, que ponga fin al malestar y a los cambios legislativos continuos en cuestiones cruciales para cualquier país que quiera contar en el futuro; un paquete de medidas de apoyo social que amparen debidamente y den perspectivas de futuro a los sectores sociales que lo están pasando muy mal, y que nos permita acabar con la vergüenza de que España sea el país con más pobreza y más situaciones carenciales de toda Europa; y, en cuarto lugar, y no como lo menos importante, un gobierno de amplia convergencia como el que se necesita tendría que ser capaz de lograr un relanzamiento consistente de nuestra economía a partir de un gran acuerdo de interés general, similar a lo que en su día fueron los “Pactos de la Moncloa”; para lo cual es importante pensar en economistas con suficiente autoridad académica y política y suficiente sensibilidad social como la que tuvo en su día el profesor Fuentes Quintana, para lograr sentar en una mesa a todos los responsables políticos, sociales y económicos y pensar de una manera conjunta en el interés general de España.

¿Alguien me podría decir, en serio, si todo esto es o no es lo que se necesita hacer realmente en estos momentos, aún sin agotar el temario, y si hay algún motivo por el que los españoles no nos podamos implicar en ello? De momento, el PSOE y Ciudadanos se han puesto manos a la obra y han concretado un conjunto serio de propuestas. ¿Tan difícil es que otros partidos se avengan a apearse de sus argumentarios matemáticos, que no conducen a ningún lugar, y se pongan a la tarea de ayudar a perfilar o matizar los contenidos de un gran programa de interés general? Programa que pueda encomendarse a un gobierno de gestión, si se quiere incluso con un plazo tasado (dos años, por ejemplo), para que solucione –o encauce─ estas grandes cuestiones, y que luego convoque nuevas elecciones con un panorama más despejado y menos trufado de tensiones e incertidumbres que ahora.

Si somos capaces de hacer algo de este tipo es evidente que todos ganaremos. Y si no lo hacemos todos perderemos; sobre todo los españoles que lo están pasando peor. En suma, lo que se impone es la Política, con P mayúscula.