LA DOCTRINA TRUMP: DEL DESASTRE DE CANADÁ A LA IRREALIDAD DE SINGAPUR

En las últimas décadas, casi todos los presidentes norteamericanos desean pasar a la historia dejando una visión inspiradora de un conjunto de políticas coherentes en las relaciones exteriores. Es lo que suele denominarse “doctrina”.

‘Paz con los enemigos y guerra con los amigos’. Bien podría ser ésta una improbable “doctrina Trump”. O, para ser más rigurosos, una antidoctrina, en negativo, una impugnación del concepto doctrina. En apenas una semana frenética, caótica y desconcertante, ha quedado perfilada la manera en la que el presidente contempla el mundo exterior.

La desastrosa cumbre del G-7 en Canadá no pudo salir peor. Eso dicen todos los analistas con el mínimo sentido común. No para Trump, que quizás obtuvo lo que quería. Dar un desplante a sus aliados, en particular al anfitrión, el primer ministro Trudeau, a quien Ivanka Trump dice admirar.

Dos días después, el presidente hotelero puso rumbo hacia un resort exótico muy de su gusto en Singapur, tigre asiático por excelencia, ejemplo pionero de ese modelo capitalista autoritario que tanto lo seduce, para protagonizar el acontecimiento que quizás termine definiendo su mandato: la cumbre con el líder norcoreano Kim Jong-un.

Lo que en Canadá fueron tensiones, incomodidades, dificultades para encontrar un lenguaje común o fijar criterios afinados sobre asuntos que vienen siendo compartidos desde hace más de medio siglo, en Singapur se transformaron en palabras grandilocuentes y huecas, calidez de cartón piedra, invocaciones a futuros paradisíacos, etc.

TRUMP PERFILA UN G-8 A SU MEDIDA

Trump no se encuentra a gusto en el club de países democráticos aliados. Eso ya era de todos conocido. Prefiere retratarse con autócratas, sin necesariamente asociarse con ellos. Acuerdos rápidos, puntuales, genéricos y revisables. Sin compromisos. Sin seguimiento. Sin agotadoras sesiones de negociación y puntillosos comunicados que resuelvan o suavicen las inevitables discrepancias. Es la política del contacto, del apretón fuerte de manos, del abrazo sin contemplaciones, de la carcajada fácil, del discurso inflado y vacío.

Dice Dana Milbank, un articulista iconoclasta del WASHINGTON POST, que Trump necesita abandonar el G-7 y hacer un grupo afín (1). Los siete componentes más ricos de la alianza occidental son cosa del pasado para Trump. El futuro pertenece a un grupo con guts (con huevos). Es decir, dirigentes autoritarios con los que el testosterónico mandatario norteamericano confiesa sentirse a gusto: los presidentes de China (Xi Jinping), Rusia (Putin), Filipinas (Duterte), Egipto (Al Sisi), Turquía (Erdogan), el líder de Corea del Norte (Kim Jong-un) y el príncipe heredero saudí (Mohammed Bin Salman). Siete autócratas acreditados. Y Trump de padrino.

Otro padrino, pero de ficción, Robert de Niro, ha servido de portavoz de muchos norteamericanos, a quien les apetece decirle cuatro frescas a su presidente. La vergüenza ajena desborda las redes sociales. Los politólogos ya no se atreven a codificar el comportamiento de un individuo que se ha saltado casi todos los límites y exigencias responsables de su cargo. Los más optimistas esperan la decisión del fiscal especial Mueller. Pero crece cada día la impresión de que el riguroso servidor público evitará un conflicto constitucional de primera magnitud y Trump se salvará de la amenaza del impeachment.

Tanto da que en el propio Partido Republicano no se hayan arrepentido lo suficiente por haber vendido su alma al diablo y haberlo respaldado electoralmente. Poco importa que los dirigentes decentes del mundo se esfuercen por embridar al “amigo americano” en un comportamiento razonable. Trump se ha salido de los raíles. Es un easy rider.

A Trump le importa todo eso un ardite. Siempre habrá un Kim con quien hacerse fotos imposibles de imaginar hace apenas unos meses. Un Putin que le haga los coros. Un Erdogan que le ayude a teorizar el poder de la convicción. Un Duterte que le embellezca la persecución ilegal (y criminal) del crimen. Un Al-Sisi que haga escarnio de la sociedad civil y de los disidentes. Un Mohamed Ben Salman que le sirva sustanciosos contratos (antes y después de su paso por la Casa Blanca).

UNA CUMBRE DE CARTÓN PIEDRA

Los analistas se han pasado semanas haciendo evaluaciones, pronósticos, propuestas y quimeras (2) sobre el resultado de la cumbre internacional más atrabiliaria desde la celebrada en Múnich hace ochenta años, entre Hitler y las potencias aliadas europeas.

Habrá que esperar a ver si lo que se ha alumbrado en Singapur no es más que una hamburguesa diplomática. La declaración conjunta y las manifestaciones de Trump y Kim apenas si dejan lugar a la reflexión seria. Términos como “nueva era”, “brillante futuro de paz”, “ruptura con el pasado” , etc. son tan huecos que no merecen más de una línea.

A esta hora, poco se sabe de los compromisos más serios y concretos, si es que ha habido alguno en realidad. Se sabe, al menos, que Estados Unidos abandonará sus “juegos de guerra” conjuntos con Corea del Sur para seguir ganándose la confianza del joven líder norcoreano. A cambio, éste confirma sus vagas promesas de abandonar la nuclearización y empezar a destruir algunas de sus instalaciones más temidas. Pero se está lejos aún, por lo que parece, de ese acrónimo un poco endemoniado (CVID) que ha codificado las ambiciones de Washington: completa, verificable e irreversible desnuclearización de Corea del Norte. Por eso, cautela mínima, las sanciones económicas se mantendrán, por el momento.

Una antigua agente de la CIA en Corea (3) asegura que muchas de las apreciaciones que se han manejado en Occidente sobre Kim son equivocadas, precipitadas y estereotipadas. Quizás porque la comunidad de inteligencia y los líderes políticos ponen sus prejuicios por encima de sus análisis. Afirmación impecable, y la historia aporta numerosos ejemplos.

Trump no buscaba la paz con este encuentro ficticio de Singapur, sino el reconocimiento personal. Es la vanidad y no su responsabilidad de hombre de Estado lo que le mueve, lo que inspira sus actos. No se puede pasar de despreciar a un semejante a convertirlo en un socio en apenas unas semanas. No se disuelven instintos racistas, prejuicios xenófobos, reflejos prepotentes de un día para otro.

En cuanto a Kim, seguramente tiene lo que buscaba. Reconocimiento y legitimidad, si no internacional, al menos sí la que, con carácter oportunista, le regala el discutible líder de la única superpotencia mundial. Después de que sus antecesores hayan reducido al hambre, la humillación y el desconsuelo a sus conciudadanos, el titular de la dinastía norcoreana se propone un cambio de timón según el libreto chino: más consumo, cero libertades y derechos.

Nada de eso parece importarle a Trump que ha pasado del “infierno de furia y fuego” al un ficticio paraíso de paz cuyo alcance y significación reales tardaremos en esclarecer.

 

NOTAS

(1) “Finally, a president with the guts to stand up to Canada”. DANA MILBANK. THE WASHINGTON POST, 11 de junio.

(2) “A better North Korea strategy. How to coerce Pyongyang without starting a war”, VICTOR CHA  y FRASER KATZ”. FOREIGN AFFAIRS, 1 de junio; “The nine steps required to really disarm to North Korea”. DAVID SANGER y als. THE NEW YORK TIMES, 11 de junio.

(3) “The education of Kim Jong-un”. JUNG H. PAK. BROOKINGS INSTITUTION. Febrero 2018.