LA DESIGUALDAD EN LA SOCIEDAD DE LA INCERTIDUMBRE

Hace varias semanas se publicó el informe de Oxfam Intermon, titulado «Una economía para el 99%. Es hora de construir una economía más humana y justa al servicio de las personas». En dicho informe se alertó de nuevo sobre el aumento  de la desigualdad a escala planetaria que se ha producido en los últimos años, y que representa una amenaza para la cohesión social. Los datos no dejan lugar a dudas, desde el 2015 el 1% más rico de la población mundial dispone de más recursos económicos que el resto del planeta; en estos momentos ocho varones cuentan con la misma riqueza que 3.600 millones de personas; se anticipa que durante los próximos 20 años 500 personas dejarán como herencia a sus herederos 2,1 millones de dólares, una cantidad que supera el PIB de la India; los ingresos del 10% de los más pobres han aumentado menos de 3 dólares al año entre los años 1988 y 2011, a diferencia del 1% más rico que se ha incrementado en 182 veces. Por último, según un nuevo trabajo de Thomas Piketty, en Estados  Unidos los ingresos del 50% más pobre se han congelado en los últimos 30 años, a diferencia del 1% con mayor nivel económicocuyos ingresos han aumentado en un 300%.

Por su parte, el informe del Foro Económico Mundial The Global Risks Report 2017, apunta en este sentido y plantea que las cinco principales tendencias internacionales son: la desigualdad económica, el cambio climático, el aumento de la polarización social, la dependencia cibernética y el envejecimiento de la población.

La desigualdad es, por tanto, un cáncer social producido por la propia lógica económica y societaria que, lejos de erradicarse a través de las terapias adecuadas, se extiende cada vez más y más, en un proceso similar al de una agresiva metástasis que acabar con cualquier asomo de vida. Y es el escenario en el cual situar a la pobreza y la exclusión social, debiéndose, en buena medida, a la idea errónea de que la lucha contra semejante patología social tiene costes en términos de crecimiento económico, que suele ser la justificación para no adoptar medidas correctivas. La historia demuestra que a través de las políticas sociales adecuadas, junto a un sistema impositivo redistributivo, la lucha contra la pobreza y la exclusión social es efectiva, basta que echemos la mirada hacia los países nórdicos, que llevan décadas aplicando políticas universales que han repercutido positivamente sobre el bienestar de la ciudadanía.

Y todo ello ha tenido lugar en un contexto de tránsito desde la primera modernidad, fundamentada en el Estado-Nación, la familia y el trabajo, a la segunda modernidad caracterizada por la crisis de la sociedad laboral, la flexibilidad y el riesgo, con un predominio del individualismo como valor social prioritario. Pensadores de la altura de Paugam, con su teoría sobre el vínculo social; Ulrich Beck y su visión sobre la “sociedad del riesgo”;Zygmunt Baumany sus reflexiones sobre la “sociedad líquida”; Anthony Giddens con su perspectiva sobre la “modernidad reflexiva” o Alain Touraine con su idea de la “tardomodernidad”, han dado buena cuenta de esta fase histórica, con reflexiones de gran interés sobre la dinámica de las sociedades de nuestros días, compartiendo la perspectiva del valor de lo efímero y de la inseguridad en todas las dimensiones de nuestras vidas como seres sociales.

Las aportaciones de Bauman resultan primordiales a nuestro fin, pues buena parte de los trabajos que ha realizado en los últimos años, hasta su reciente fallecimiento, se han centrado en los efectos del individualismo y de la progresiva desaparición de la solidaridad, así como en los efectos de la globalización y del capitalismo de mercado.

A lo anterior añadir, la crítica feroz que hace de las sociedades actuales y de los que instalados en planteamientos políticos neoliberales justifican la desigualdad y culpabilizan a las personas más desfavorecidas de su situación. Para ello plantea que uno de las derivaciones más perversas de la sociedad líquida, moderna y consumista es la “eliminación de los residuos humanos”, que  -según dice- “…Saturan todos los sectores más relevantes de la vida social y tienden a dominar las estrategias vitales y alterar las más importantes actividades de la vida, alentándolas a generar sus propios derechos sui generis: relaciones humanas malogradas, incapaces, inválidas o inviables, nacidas con la marca del residuo permanente”.

La llegada al poder de políticos populistas y mesiánicos incrementa la contingencia de mayores incertidumbres para buena parte de la humanidad, que por el azar de la vida no han tenido oportunidades de crecer y desarrollarse como seres humanos plenos, aunque esperemos que en aras de la justicia social y de la propia racionalidad de la que hacemos gala como especie, sepamos dar un cambio de rumbo a lo que se antoja predecible.