LA DERECHA PIRÓMANA

Una vez más nos ocupa el tema catalán, en esta ocasión para analizar la estrategia de los partidos de la derecha, si pudiera afirmarse que estos tienen algo parecido a una estrategia. A mi modo de ver, se comportan como el bombero pirómano, que atiza el fuego que dice querer apagar. De hacer caso a sus propuestas, en este momento tendríamos en Cataluña un incendio de proporciones colosales.

Supuestamente, los dos partidos, Popular y Ciudadanos, están a favor de la unidad de España y en contra de la independencia de Cataluña. En sus discursos y actuaciones públicas enarbolan con frecuencia la bandera española y se envuelven en ella para dejar bien patente la firmeza de sus convicciones patrióticas. Responden con virulencia a cada provocación de los independentistas, exigen aplicar inmediatamente el artículo 155 de la Constitución, y piden que actúen contundentemente las leyes del Estado. Entiéndase por contundentemente, imputar a los cargos públicos de Cataluña, hacerse cargo de su gobierno, de su televisión, de su policía y de su sistema educativo. En definitiva, suspender el autogobierno de esa autonomía.

La radicalidad de los independentistas tiene su imagen especular en la radicalidad de las derechas. Ambos polos se necesitan y se complementan. Los independentistas necesitan que el Estado les maltrate para alimentar su discurso victimista. Es su forma de crecer. Las derechas, a su vez, necesitan maltratar a los independentistas, y envolverse en la bandera española, para arrancar votos en el resto del país. También es su forma de crecer. Cuanta más testosterona derrochen ambos, mejor, porque la testosterona suele tener muchos adeptos en nuestro país. Más que desear resolver nada, ambas partes desean aplastar al contrario. Pero ese proceder, que seguramente deja muy a gusto a sus protagonistas y a sus seguidores, genera un empate permanente, un bucle melancólico que no conduce a ninguna solución al problema que se dice querer resolver: ni los independentistas consiguen la independencia, ni las derechas la unidad de España.

El nacionalismo es una ideología retrógrada, más propia del siglo XIX, y solo puede progresar gracias a las torpezas de los que tienen enfrente. Esa es la enseñanza que podemos sacar de los seis años de gobierno del señor Rajoy. El llevar al Constitucional un estatuto ya votado en el Congreso y en Cataluña, y el que este fallara contra algunos artículos, fue vivido en Cataluña (hábilmente manipulado por los independentistas) como un gran agravio. Unido a la inacción del Gobierno del PP en estos años, el resultado ha sido que el apoyo electoral de los independentistas ha subido desde un 15% hasta el 47% actual. Unas cuantas torpezas más y podremos lograr que sobrepasen el 60%.

¿Cuál es la “solución” de las derechas? Después de ocupar Cataluña con el 155, ¿esperan que haya tranquilidad en las calles y en los pueblos? ¿Van a construir tal vez una inmensa cárcel para dos millones de personas? ¿Van a enviar al ejército, quizás? ¿No pueden entender que el problema no son los dirigentes independentistas, sino el inmenso apoyo que estos han conseguido? Con mentiras, o con medias verdades, eso da igual, pero el caso es que lo han conseguido. Y no ha habido un discurso, o un relato, que se haya opuesto al suyo de modo convincente. En ese sentido, todos los constitucionalistas deberíamos hacer una reflexión autocrítica. Por eso, la única política que puede hacer disminuir un poco el problema es quitar a los independentistas los argumentos que han esgrimido como irrefutables. Es decir, demostrar con hechos a esos millones de catalanes que ni España les maltrata, ni tampoco les roba, ni es la dictadura que les han contado. Pero estas reflexiones les servirían a las derechas si de veras quisieran resolver el problema, y a lo mejor es que no quieren. ¿Lo que desean entonces es “la solución definitiva”, es decir un gran escarmiento en Cataluña? En ese caso, su supuesto patriotismo sería más que cuestionable. Objetivamente, su actitud pone en peligro a la amada patria que dicen defender, pues esa “solución” solo incrementaría el problema. Tarde o temprano, habrá que abandonar la estrategia de la confrontación permanente, y habrá que sentarse a buscar los puntos comunes.

Es muy evidente que hay también un cálculo electoralista contra el Gobierno socialista, haciéndolo aparecer como blando con los independentistas y como rehén de sus votos en el Congreso de los Diputados. Su supuesta “falta de firmeza” sería un pago a cambio de dichos votos. Pero nada de lo que ha hecho el Gobierno de Pedro Sánchez avala esta teoría. Ha propiciado un diálogo con los independentistas y ha acercado a sus presos a Cataluña, pero no ha hecho concesión alguna que violente la Ley. Al contrario, ha dejado claros los límites de lo que puede aceptar.

Sea por cerrilismo, por atraer votos en el resto de España, o por fastidiar al Gobierno, su estrategia es claramente incendiaria: entorpece cualquier vía de solución en Cataluña, alimenta a los independentistas, y cronifica un choque estéril entre dos visiones irreconciliables de España.

Los independentistas tienen ahora mismo graves contradicciones entre ellos, tal como se manifiesta en los bandazos del señor Torra y en los sucesivos cierres del parlamento catalán cada vez que hay un descuerdo entre ellos. No coinciden en la estrategia a seguir, su clientela está frustrada y les pide cuentas por las promesas incumplidas. Sería un buen momento para intentar atraer a algunas de esas personas a posiciones más moderadas. Sería también un buen momento para apoyar la estrategia de diálogo del Gobierno. La unidad de los constitucionalistas ante el desvarío independentista rendirá frutos más rápido que si se encuentran divididos. Pero pedir un apoyo al Gobierno es seguramente pedir demasiado a dos partidos que están obsesionados con derribarle a cualquier precio.