LA DEMOCRACIA PARTICIPATIVA Y EL PODER DE LOS APARATOS EN LOS PARTIDOS POLÍTICOS

tezanos180516

Casi todo el mundo asume que los ciudadanos de las sociedades de nuestro tiempo desean participar más en las decisiones políticas. Lógicamente, los que se afilian a algún partido político aspiran a tener un mayor grado de implicación en las decisiones de una cierta importancia. De ahí que casi todos los partidos –incluso los de inspiración leninista y chavista─ hagan un notable esfuerzo para postular, y demostrar, una alta disposición a consultar a sus afiliados, adherentes o simpatizantes, sea cual sea su forma de organización y el grado de formalización establecida en sus filas.

Sin embargo, como ocurre con casi todo en la vida, una cosa es “predicar” y otra “dar trigo”. Por eso, el balance de las experiencias participativas es bastante disimilar en unas u otras organizaciones políticas.

En el caso de España, tenemos algunos casos recientes que nos permiten establecer comparaciones sobre la “calidad” de las prácticas participativas.

El PSOE, por ejemplo, tiene un censo formal y riguroso de afiliados que pagan su cuotas puntualmente y que son conocidos en sus respectivas Agrupaciones locales y territoriales. Y cuyos datos de identificación oficiales posibilitan una participación perfectamente contrastable. En los últimos tiempos, los afiliados del PSOE han votado varias veces en escrutinios generales y con garantías (con censo, con papeletas secretas en urnas, con mesas con interventores, o a través de Internet con un sistema de verificación muy escrupuloso). Una de esas veces fue para elegir al Secretario General, con tres candidatos que compitieron abiertamente y con el resultado de la elección de Pedro Sánchez por una mayoría muy holgada. La última vez ha sido para pronunciarse sobre el acuerdo planteado con Ciudadanos para intentar formar gobierno. En este caso, los afiliados del PSOE se pronunciaron sobre algo concreto y en base a un amplio documento con 200 propuestas programáticas. En realidad, nadie defendió una postura contraria al acuerdo, por lo que la participación llegó prácticamente al 52%, obteniéndose un respaldo abrumador al acuerdo (78,97%).

Comparativamente, las experiencias de referéndums en otros partidos son bastante diferentes. Por ejemplo, en Podemos no existe un mínimo grado de formalización –y control─ de su censo de adherentes, las consultas que se ha hecho siempre lo han sido en Internet –no se sabe con qué nivel de verificación─ y con un cierto grado de ambigüedad y amplitud refrendatoria en lo que se consultaba, al más puro estilo plebiscitario. De ahí las altísimas tasas de abstención que se han producido en estas consultas, sobre las que generalmente solo se han ofrecido informaciones propagandísticas.

En el caso de IU hay distintos tipos de experiencias (actuales y del pasado), con distinto grado de calidad. Pero, lo cierto es que en la etapa de Garzón se ha tendido a imitar el modelo de Podemos. Por ejemplo, la primera consulta a sus afiliados y simpatizantes sobre el pacto con el partido de Iglesias Turrión, no solo ha sido enormemente inconcreta en su formulación (¿qué era lo que se pactaba exactamente?), sino muy pobre en sus resultados, con un grado de participación de apenas el 28%. Igual puede decirse de la consulta confirmatoria posterior (32%), a toro pasado, cuando el abrazo (¿del oso?) entre Iglesias Turrión y Alberto Garzón ya se había consumado.

¿Por qué existe, en casos como estos, una participación tan escasa –y tan poco controlable─ entre los afiliados a determinados partidos, que se supone que están especialmente motivados para la implicación política? Si ocurriera algo parecido en las votaciones para elegir concejales o diputados, todo el mundo diría que es un fracaso enorme de la democracia. ¿Por qué no se llega a la misma conclusión en el caso de las experiencias participativas de estos partidos políticos?

Es evidente que, si sometes a un escrutinio riguroso determinadas experiencias, habría que concluir que algo está fallando, que se está intentando “dar gato por liebre”, y que más que ante prácticas implicativas e incentivadoras de la participación ciudadana, en algunos de casos estamos ante simples operaciones de simulación y propaganda.

Y eso es algo que también debe ser tenido en cuenta a la hora de decidir a quién se vota el 26 de junio, no vaya a ser que aquellos que se han acostumbrado a practicar tales simulacros se vean inclinados a persistir con tales prácticas, a otros niveles de la sociedad, si alguna vez llegan a ocupar responsabilidades de gobierno.

No hay que olvidar, por lo tanto, que la democracia también consiste en contar con procedimientos claros, contrastados, rigurosos y perfectamente verificables. Es decir, transparentes y con garantías. Y eso es algo que frecuentemente olvidan, o desprecian, los populistas, para los que lo único importante es el poder de los aparatos y la centralidad arrogante de sus líderes carismáticos (o al menos carismáticos en intención).