LA CUESTIÓN CATALANA Y EL FUTURO DE EUROPA

En las próximas vísperas del aniversario de la Constitución Española, algunos miles de independentistas catalanes se manifestarán en Bruselas en apoyo del ex President de la Generalitat, allí refugiado a la espera de que las autoridades judiciales belgas decidan sobre su extradición.

Seguramente, para enardecer sus ánimos, Puigdemont se ha dedicado a desprestigiar al sistema político y judicial español, presentándolo como represivo, violador sistemático de los derechos humanos, con tribunales que no son independientes, donde hay presos políticos y no se acepta el derecho a la autodeterminación de sus regiones, reconocido, según él, en todo el mundo.

Pero también ha criticado duramente a las instituciones europeas y a sus responsables por no reconocer su declaración de independencia, preguntándose retóricamente ”¿qué clase de Europa es esta que no apoya la secesión de Catalunya?”. Sus críticas han ido subiendo de tono hasta reconocer abiertamente, en una reciente entrevista a la televisión pública israelí, que los catalanes deberían decidir si quieren pertenecer a esa Unión Europea, a la que califica de “club de países decadentes”, y otros cuantos calificativos despectivos más. Parece que el ex President ya haya asumido que lo de Europa no va con él ni con su proyecto.

Si antes su sentido de la realidad era escaso, ahora parece haberlo perdido por completo. Y la realidad es que la declaración unilateral de independencia no ha sido reconocida por ningún Estado de la Unión y que la ruptura unilateral del ordenamiento constitucional de un Estado miembro ha recibido el rechazo explícito de los presidentes de las instituciones europeas, Consejo, Comisión y Parlamento.

Se comprende por tanto la decepción de Puigdemont, porque había asegurado a los catalanes que toda la comunidad internacional recibiría con los brazos abiertos a la nueva República catalana, ya que el derecho incondicional a la autodeterminación estaba plenamente reconocido en la Europa democrática, salvo en la España autoritaria y neo-franquista.

Ahora se constata, y ya no le queda más remedio que admitirlo, que la pertenencia a Europa de una hipotética Catalunya independiente no sería automática, y lo que está en juego no es solo la separación de España, sino también de la UE, incluso en el caso de que la supuesta independencia se materializara por vías legales y constitucionales. No solo quedaría fuera de la UE, sino que ni siquiera podría presentar una candidatura de adhesión, dado que no se dan ninguno de los supuestos contemplados en el Derecho Internacional Público para el reconocimiento como nuevo Estado.

Parece mentira que a estas alturas haya que explicitar algo tan evidente como que Cataluña nunca ha sido un Estado soberano, por lo que no ha podido ser víctima de una ocupación militar extranjera, ni un territorio sometido a dominación colonial, ni en esta región el Estado español aplica ningún tipo de discriminación cultural, étnica o de cualquier otra naturaleza. Solo en estos supuestos, y en ningún caso de manera automática, cabría ejercer la dimensión externa de la autodeterminación.

Después de que Juncker dijera que el nacionalismo es el “veneno de Europa” y que Puigdemont respondiera de forma tan radical, los ciudadanos de Catalunya debieran tomarse en serio la ruptura, ahora ya explícita, entre el independentismo y su futuro europeo a la hora de votar el próximo 21 de diciembre de 2017.

La realidad es que la secesión de Catalunya no tiene más apoyo que el del Partido Nacionalista Flamenco, situado muy a la derecha del espectro político europeo. Pero, francamente, Puigdemont no debería sorprenderse, porque se lo habían advertido de todas las formas posibles. No tenía más que leer las declaraciones al respecto de la Comisión Europea y del Comité de las Regiones para convencerse de esta realidad, en vez de repetir, junto con los Junqueras y Romevas de turno, que los catalanes no tenían que preocuparse porque, de una u otra manera, la Cataluña independiente seguiría estando en la Unión Europea.

Esta ha sido una de las grandes falsedades con las que se ha presentado el camino hacia una Arcadia feliz, apoyada por la comunidad internacional en nombre de un imaginado derecho incondicional a la autodeterminación de los pueblos. No han servido de nada las advertencias del propio Ban-Ki-Mun, ex Secretario General de las Naciones Unidas, acerca de que ese derecho solo era aplicable, como se decía más arriba, a los países bajo dominación colonial, ocupación militar, o en casos extremos de violación masiva y sistemática de los Derechos Humanos como en el caso de Kosovo, denominado “secesión remedio” y cuyo precedente no es aun universalmente aceptado.

Pero, disponiendo de la capacidad diplomática de Romeva y de la fe ciega de Junqueras, ¿para qué preocuparse de lo que piensen el Presidente de la Comisión Europea o el Secretario General de la ONU?

La realidad es que todos los gobiernos europeos han comprendido que la violación repetida de la Constitución, el propio Estatut de Autonomía de Catalunya y los reglamentos de su Parlamento, haya hecho inevitable la aplicación del artículo 155 de la Constitución española, un precepto por cierto copiado casi literalmente del artículo 37 de la Ley Fundamental de la República Federal Alemana, aunque no fuese del gusto de nadie tener que hacerlo.

Y los grupos mayoritarios del Parlamento Europeo han certificado, durante el debate de su sesión plenaria del pasado 4 de octubre, que una hipotética nueva República catalana no tendría ninguna perspectiva europea.

La cuestión catalana tiene, además, en su perspectiva europea una dimensión jurídico-legal que se refiere a la violación de la literalidad del Tratado de la Unión Europea, cuando menos en lo que se refiere al respeto del imperio de la ley (artículo 2) y a la amenaza a la integridad territorial de los Estados miembros (artículo 4.2).

Están además los intereses estratégicos de los grandes Estados europeos, que no tienen ningún interés en apoyar la violación del orden constitucional de un Estado miembro, como explicamos detalladamente en el libro Las cuentas y los cuentos de la independencia, haciendo referencia a la multitud de tomas de posición al respecto de los máximos responsables políticos de Francia, Alemania, Italia y el Reino Unido.

Pero la cuestión no es solamente de esos intereses, ni de la interpretación de los Tratados, que según Junqueras era una cuestión menor que ya se arreglaría a su debido tiempo, ya que Europa no podía “permitirse el lujo” de prescindir de Catalunya. Es mucho más profunda, porque tiene que ver con los valores en los que se basa el proyecto europeo, cuyo objetivo fundamental es superar los antagonismos identitarios, construyendo identidades complejas y múltiples, en las que quepan distintos componentes. Es la unidad en la diversidad, que arranca con el legado de Grecia y Roma, la principal característica de la cultura europea. ¿Pero cómo va a caber en él quien considera radicalmente incompatible la doble identidad catalana y española, después de haber compartido no menos de quinientos años de historia?

Los independentistas que se manifiesten en Bruselas, por mucho que sigan levantando en alto sus varas de Alcalde, y por mucho que reivindiquen el separatismo en nombre de los valores europeos, deben saber que su proyecto, además de ser inconstitucional en el fondo y en la forma y excluyente de no menos de la mitad de la población de Cataluña, carece de una inspiración y aspiración europea.

Su viaje a ninguna parte contraviene palmariamente el espíritu del proyecto de integración europea, que nació tras la última gran debacle para poner fin a las guerras en Europa, y que consiste precisamente en la construcción de un espacio político supranacional en el que los Estados-nación comparten la soberanía en clave federal, y actúan de acuerdo con el principio de solidaridad a través de políticas de cohesión.

Joseph Weiler, reputado politólogo y experto en Derecho comunitario, ya explicaba en el 2012 que las razones aducidas para justificar la independencia eran contrarias al ethos histórico de la integración europea. Y que la visión de sus padres fundadores, basada en la superación de identidades antagónicas, de fronteras, de diferencias y de agravios, en vez de tener la mirada puesta atrás en la Historia.

En su momento, esa posición le valió duras críticas, pero la realidad ha demostrado que estaba en lo cierto. Los que se manifiesten en Bruselas el próximo día 5 de diciembre no lo querrán reconocer, pero los planteamientos independentistas que Junqueras y Puigdemont presentan como la vocación europea de Catalunya son en realidad contrarios al espíritu, a los valores y al derecho de la Unión Europea. Esta se basa en la voluntad de construir una “unión” cada vez más estrecha entre sus pueblos y representa por tanto la integración frente a la fragmentación.

Son objetivos difíciles de conseguir, siempre lo han sido, y hoy el resurgir de los viejos y nuevos egoísmos nacionales lo dificulta todavía más. El problema no es solo de una parte de Catalunya contra la otra y versus España, sino que afecta cada vez a más países europeos, porque con la crisis económica las sociedades europeas han sufrido transformaciones que debilitan la solidaridad si esta no se basa en la identificación nacionalista.

Solemos decir que el desafío independentista catalán es una cuestión interna española en la que la UE no tiene ni arte ni parte. Pero aunque sea así jurídicamente, se trata de un asunto europeo en su esencia política.

Y de cómo se resuelva la cuestión catalana, que en realidad es una cuestión española y europea, dependerá el futuro del propio proyecto europeo. Un orden constitucional democrático no puede ser derribado al margen de sus normas. Ni las fronteras que fueron establecidas y estabilizadas en su día después de verter tanta sangre, pueden modificarse unilateralmente. Si así ocurriera, sería el fin de la construcción europea, basado en la unidad, la solidaridad y el respeto a la ley.

Pero tal cosa no va a ocurrir. Las diatribas de Puigdemont contra la UE son el símbolo de su derrota internacional y la constatación de una de las grandes mentiras en las que se ha basado su proyecto.

 

*Artículo realizado en colaboración con Domènec Ruiz Devesa