LA COLINA DE LA FATALIDAD

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Existe una vieja leyenda en Sudamérica que cuenta la existencia de un monte denominado Colina de la Fatalidad. El nombre le viene de que todo el que pasa por el camino que la bordea, siente una violenta sed de sangre que lo arrastra al crimen. Se cuenta que en este lugar ocurrió una riña entre un padre y un hijo, que trajo como resultado la muerte del último, sin que mediara provocación ni odio anterior, sino que, por el contrario, ambos se amaban tiernamente y llegaron allí departiendo en buena amistad.

Estos días que vivimos me han hecho recordar la leyenda, por un lado, y la historia por otro, pensando y preguntándome no vaya a ser que nuestro país, España, esté ubicado en el Territorio de la Fatalidad. En caso contrario es difícil entender los comportamientos y actitudes que estamos viendo estos días; si esto no es una fatalidad habrá que pensar mal y considerar que algunos no quieren separar la cizaña del trigo.

Lo peor de todo es que están jugando peligrosamente con la conformación de la opinión de los ciudadanos, confundiéndoles y malmetiéndoles. Es muy importante que, sin dramatizar, intentemos averiguar con la máxima nitidez lo que se esconde detrás de lo que se dispara como una verdad absoluta.

La instauración de la democracia, no la transición que fue el proceso de consenso no escrito que llevó después al escrito con el pacto que fue la aprobación por referéndum y promulgación de la Constitución española, supuso la “aceptación de los otros” como parte de un proyecto común en un Estado social y democrático de Derecho, propugnando como uno de sus valores superiores el pluralismo político y fundamentado en la unidad de la Nación española, que también reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas. Esta aceptación de “los otros”, como puede verse, no fue una suerte de resignación, sino de compromiso ya que todo estaba inmerso en unos territorios llenos de complejidad (vencedores y vencidos; conservadores, liberales, socialistas, comunistas, nacionalistas; creyentes y laicos; trabajadores y empresarios; etc. y una profunda crisis económica) que encuentra en su contradictorio a su complementario, dentro del denominador común que es el respeto escrupuloso a los principios y procedimientos democráticos. Es lo que se viene a denominar lealtad constitucional.

El Profesor Manuel Jiménez de Parga siendo Presidente del Tribunal Constitucional público en noviembre de 2002 escribió un artículo, cuya lectura recomiendo por vigente e ilustrativo, bajo ese preciso título “Lealtad Constitucional”. Entre otras cosas decía que sin perjuicio de cómo se entienda la palabra lealtad denota un compromiso más allá del estricto cumplimiento de la letra de la norma. Así que lo que el inexistente como persistente Rajoy dice que con él se cumplirá la ley con relación a Catalunya no vale, no solo se es leal con “la observancia de la norma”. Hace falta un plus, un mayor grado de acción positiva para la resolución de los problemas. Para hacer cumplir la ley ya están los jueces, de los políticos se esperan propuestas y que las lleven a cabo mediante el diálogo: “una obligación de discutir y negociar más allá de lo jurídicamente exigible y de hacerlo, naturalmente, con una efectiva voluntad de compromiso” de la lealtad constitucional decía el sabio profesor. También decía “La lealtad constitucional exige prestar atención a las consecuencias de los actos propios”.

Esto no les ha llegado, no ya a Rajoy, sino a toda la actual estructura dirigente del PP, y no voy a entrar al detalle de lo acontecido estos días con lo declarado por el Ministro de Asuntos Exteriores y el paladín de la deslealtad FernándezDíaz, a la sazón Ministro del Interior, relacionando el sentimiento etarra con un posible gobierno liderado por el PSOE. Eso ha sido cruzar todas las líneas rojas habidas y por haber, peor aún que la efectuada al conceder una audiencia, o la de la Vicepresidenta adjudicando la misma causa a la bajada de las bolsas europeas.

Lealtad constitucional es “talante en las formas, el estilo y los procedimientos. Un talante que conlleva un notable espíritu deportivo”.El estilo democrático es imprescindible y ellos se lo han dejado colgado en el ropero con el abrigo y los bolsos de marca de la senadora Barberá, o tal vez con el smoking de otro.

Cada vez más, todo apunta a que vamos a vivir una nueva crisis económica a nivel mundial, entre otras cosas porque se refundó el capitalismo sobre la base de sus defectos y volvimos a confundir el mercado libre con la acumulación de capital. En ese escenario ser adalides de la deslealtad bajo la perversidad de o soy yo o no es nadie, es volver a encarrilar a un país y sus millones de ciudadanos a la fatalidad. Es utópico intentar hablar de principios cuando para algunos sus principios son ellos mismos.