Rafael Simancas

LA BATALLA DE MADRID

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Uno de cada diez diputados se elige en Madrid. La circunscripción madrileña tiene el privilegio de elegir a los candidatos a la presidencia del Gobierno. Y la campaña en la capital es siempre una campaña especial, por concentrarse aquí las principales instituciones del Estado, el núcleo del poder económico y las principales cabeceras de los medios de comunicación.

Los resultados de las elecciones generales del pasado 20 de diciembre en Madrid fueron la consecuencia de una secuencia previsible. Nuestra comunidad ha sufrido de manera especialmente dura las peores consecuencias de la crisis iniciada en 2007. Buena parte de sus clases medias urbanas han sido arrojadas a la precariedad, y buena parte de sus clases precarias han sido arrojadas a la exclusión social y a la miseria.

La comunidad madrileña ha sido objeto y víctima a la vez del recetario austericida más extremo. Si el conjunto de España sufría los recortes de Rajoy y Montoro, en Madrid, además, se sufrían los tijeretazos y las privatizaciones de Aguirre, González y Botella. Si en el país nos avergonzábamos por los Bárcenas, los Matas y las Barberás, en Madrid, además, nos abochornábamos con los Granados, los Sepúlvedas y los López Viejo. Toda España sufría el terremoto de las corrupciones, pero el epicentro siempre estaba en Madrid.

La lógica de los hechos conducía inexorablemente a la eclosión en Madridprimero de la desafección más notoria hacia la política. De ahí el fenómeno del 15-M. La desafección enrabietada se aposentó más tarde en una exigencia muy general de cambio radical, tanto en los contenidos como en las formas de la política. Y al calor de esta demanda acudieron los populismos, como moscas a la miel, como suele ocurrir.

El sufrimiento por las consecuencias de la crisis, la frustración por la falta de soluciones, el enfado por las corruptelas constantes, se convirtieron en el caladero perfecto para pescadores en río revuelto. Amparados en la ventaja de la novedad, pertrechados con las frases contundentes que muchos querían oír, y dispuestos a agitar vísceras antes que a encontrar soluciones, Iglesias y los suyos avanzaron posiciones en Madrid.

En este contexto, las elecciones del 20 de diciembre supusieron la pérdida de 500.000 votos para el PP, de 230.000 para el PSOE y de más de 80.000 para IU. Podemos surgió con la fuerza de 756.000 apoyos y Ciudadanos obtuvo otros 676.000. Los madrileños votaron cambio muy mayoritariamente, pero mayoritariamente también decidieron repartir del voto del cambio, dando una oportunidad a formaciones desconocidas que prometían el cambio radical mediante la “nueva política”.

El contexto de las elecciones del próximo 26 de junio se parece al de diciembre en cuanto a la necesidad de soluciones justas para la mayoría y en cuanto a la pulsión mayoritaria por el cambio. Pero hay una diferencia sustancial. Los “nuevos” ya no son nuevos, y los madrileños tienen buenas pistas sobre lo que cabe esperar de cada opción política.

El PP ofrece continuidad, los mismos recortes, las mismas privatizaciones, el mismo sufrimiento, el mismo Rajoy. De Ciudadanos puede esperarse cualquier cosa, como fuerza pragmática que son, pactarán a derecha o a izquierda en función de los números y de las corrientes de simpatía en la opinión pública. Ahí está su apoyo a Cifuentes en el Gobierno de la Comunidad de Madrid.

Podemos ha traicionado a los votantes que le dieron un mandato de cambio el pasado 20 de diciembre.La querencia de Iglesias por los sillones del poder y el rencor anti-socialista que guía sus decisiones han proporcionado a Rajoy una prórroga para su estancia en La Moncloa, y una oportunidad que no merecía para mantenerse allí durante otros cuatro años. Los votos que reciban Iglesias y su socio menor Garzón son votos para la pinza, no para el cambio.

Solo aglutinando los votos del cambio en el PSOE y en Pedro Sánchez hay garantía de cambio en Madrid y en España. Los votos al PSOE no son para la continuidad ni para la pinza. Son votos para el cambio progresista, para la recuperación justa y para la regeneración democrática. Son votos para el nuevo Estatuto de los Trabajadores, para recuperar las prestaciones a parados mayores de 52 años, para instaurar el ingreso mínimo vital, para universalizar la sanidad pública y para convertir las becas en derechos.

Solo el PSOEha antepuesto el objetivo del cambio a cualquier cálculo partidista. Pedro Sánchez pudo asumir poder mediante la gran coalición de Rajoy o mediante un pacto espurio con quienes buscan romper nuestro país. No lo hizo, porque su propósito no es el de los sillones, ni las vicepresidencias plenipotenciarias ni los puestos “plus” que obsesionan a Iglesias, sino el de las soluciones para la mayoría.

El 20-D la mayoría madrileña del cambio se fraccionó entre varias opciones. No salió bien. El 26-J tenemos que sumar todos los votos del cambio progresista en la opción que quiere y que puede gobernar el cambio: el PSOE.