LA AUTOCRÍTICA TARDÍA DE LA UNIÓN EUROPEA

LA AUTOCRÍTICA TARDÍA DE LA UNIÓN EUROPEA

El presidente de la Comisión Europea, Junker, ha presentado el Libro Blanco en el que se establecen varios escenarios posibles a seguir en el futuro por la Unión Europea (UE). Pero aprovechó el momento no solamente para hablar del futuro, sino que se adentró en el pasado para hacer una autocrítica de los errores cometidos por la UE a la hora de abordar la crisis. La lenta recuperación y los pilares poco sólidos en que se sustenta, así como el negro porvenir que se augura a los jóvenes y el resultado del Brexit, le han servido para reflexionar sobre lo inadecuadas que han sido las políticas de austeridad. Cuando recibí la noticia no supe si mostrar satisfacción o indignación.

La satisfacción venía dada por el reconocimiento que esto suponía para los economistas que hemos venido denunciando la perversidad de las políticas de ajuste. Cualquiera que haya seguido mis artículos en esta revista, así como en otras publicaciones, podrá constatar que he insistido en las críticas sobre las prácticas económicas de la UE. Esta política económica ha alargado la crisis más de lo debido, ha generado muchos damnificados, ha fracturado a la sociedad, y los resultados son escasos. He aportado bibliografía sobre los autores que han cuestionado esta forma de actuar. Se ha predicado en el desierto durante diez años y esto le ha sucedido a premios Nobel, como Krugman y Stiglitz, y a otros con gran relevancia académica. Ahora, se reconocen los costes como resultado de lo que se estaba denunciando.

En este caso, sin embargo, no tiene validez el refrán “más vale tarde que nunca” sino más bien: “A buenas horas mangas verdes”. Por eso mi indignación ha superado a la satisfacción. Los daños ya están hechos y siguen estando ahí, como el aumento de la desigualdad, la precariedad laboral, el poco futuro para los jóvenes y el aumento, en consecuencia, de la exclusión social. Todo esto en países pertenecientes al mundo desarrollado, aunque en grados diferentes. Grecia se ha llevado la peor parte. No obstante, no se reconocen responsabilidades. A pesar de esta autocrítica tardía no se vislumbran cambios en la política económica.

Esto es lo más grave, el reconocimiento de un error, con los muchos damnificados que ha supuesto y sigue causando, y sin que se modifique el rumbo de la política económica. De ahí que tampoco se pueda decir: “Nunca es tarde si la dicha es buena”, pues no hay tal dicha. El malestar sigue existiendo, como se manifiesta en las opciones electorales de la ciudadanía. Si rectificar es de sabios, los dirigentes de la UE están muy lejos de alcanzar la sabiduría. Los males del pasado no están sirviendo para aprender las lecciones de la crisis y extraer enseñanzas para el futuro. La UE está desnortada y sin saber qué hacer. Un ejemplo evidente es el Libro Blanco y los escenarios que propone.

Otro caso, que refuerza lo que digo, ha sido la cumbre de los cuatro, Jefe de Estado y presidentes de Gobierno, de Francia, Alemania, España, e Italia. ¿Alguien ha extraído conclusiones claras sobre qué es lo quieren hacer estos líderes para reforzar el proyecto de integración europeo? Las declaraciones después de la reunión han sido simples y sin ningún contenido concreto. La deriva de la UE es notable y los dirigentes son los principales responsables del hundimiento de un proyecto de integración que comenzó en 1951 con la creación de la Comunidad del Carbón y del Acero (CECA). Poco queda ya de las ideas iniciales que lo hicieron posible, fundamentalmente por parte de Schuman y Monnet.

La falta de ideas de los dirigentes contrasta con las que sí existen desde la economía, política y sociología. Los responsables de las instituciones europeas metidos en una burbuja burocrática no son capaces de comprender la situación social. Hay que escuchar más la voz de los ciudadanos y las razones de su malestar. Las respuestas no pueden ser tecnocráticas sino políticas. Pero para eso hace falta escuchar y estudiar a los predicadores en el desierto. Modifiquen su punto de vista y cambien la cultura de la satisfacción por la de la insatisfacción.  Los ciudadanos también tenemos una responsabilidad si realmente con nuestro silencio y con nuestro voto nos hacemos cómplices de la situación.

Aunque también es cierto que los poderosos medios de la comunicación se encargan de desinformar más que de informar. La alienación y la des(educación) es la fuerza de los poderes hegemónicos. El pensamiento crítico apenas tiene posibilidades de hacerse oír frente al dominante. Esto no solamente sucede a nivel de la calle sino en los propios medios académicos. De todos modos, a pesar de la tristeza que se siente frente a lo que sucede, no hay que olvidar que, como le gustaba decir a Sampedro, mientras hay vida hay esperanza.