KEYNES, DAVOS Y LA CUARTA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL (1)

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El 65 por ciento de los niños y de las niñas que empiezan educación primaria hoy van a terminar trabajando en tipos de trabajo que aún no existen. Este es un ejemplo evidente del ritmo vertiginoso de los cambios que se están produciendo en nuestras sociedades, sin que en muchos casos nos demos cuenta o nos preparemos como sociedad para ellos. Junto a esta realidad, existe otra de consecuencias impredecibles para la igualdad, la convivencia y la democracia, que es el incremento de personas sin trabajo.

En estos años de crisis, la preocupación por el desempleo ha vuelto a crecer entre los ciudadanos, los gobiernos y las élites económicas. Aunque desde distintos enfoques, que se hayan perdido más de 61 millones de empleos desde el año 2008 y que la previsión de la Organización Mundial del Trabajo (OIT) sea que haya más de 212 millones de personas sin empleos en el año 2019, sitúa esta cuestión en el centro de los temas a resolver.

Y más cuando los datos demuestran que mientras la mayoría de los puestos de trabajo que se han perdido durante la crisis pertenecían a sectores con buenas remuneraciones, casi tres cuartas partes de los trabajos que se están creando pertenecen a sectores mal pagados o se ofrecen con reducciones importantes de salarios. La consecuencia es que una civilización con esos niveles de paro permanentes en el tiempo, y con cada vez más número de trabajadores pobres, está abocada al fracaso, es decir, a la desaparición, si no se establecen reformas estructurales con el objetivo último del bienestar de todos los ciudadanos.

En este contexto, las más de 2.600 personas que han acudido al Foro Económico Mundial, más conocido como el Foro de Davos, han centrado sus debates este año en lo que han denominado “La cuarta Revolución industrial” y las consecuencias que ésta produce ya en la sociedad y en el empleo, en el tipo de empleo y en el número de empleos.

En el informe elaborado para ese encuentro, hay que destacar que los cambios que se están produciendo con la automatización en el mercado laboral podrían conducir a una pérdida de 7,1 millones de puestos de trabajo en el periodo 2015-2020, fundamentalmente en puestos de oficina y administrativos, producción de manufacturas, construcción y extracción, arte, ocio y comunicación, legal, instalación y mantenimiento. En sentido contrario, se podrían crear dos millones de nuevos tipos de empleos relacionados con negocios y finanzas, gestión, informática y matemáticas, arquitectura e ingeniería, ventas, educación y entretenimiento.

El impacto social de estos cambios hay que analizarlos para decidir en qué tipo de sociedad queremos vivir. Y el lugar que en ella queremos dar a la tecnología. En este punto, es importante recordar la conferencia que Keynes impartió en Madrid, en junio de 1930. Aquel día, centró su intervención en dos preguntas: ¿Qué nivel de nuestra vida económica podemos esperar razonablemente para dentro de cien años? ¿Cuáles son las posibilidades económicas de nuestros nietos?

En ella, Keynes:

  • Afirmó que era posible que en un plazo de cien años, es decir, 2030, el progreso tecnológico llevara a la humanidad a resolver su problema económico, que identifica con la lucha por la subsistencia: “Llego a la conclusión de que, suponiendo que no se produzcan guerras importantes ni grandes incrementos de la población, el problema económico puede resolverse o por lo menos tener perspectivas de solución dentro de cien años”.
  • Indicó que habría una fase temporal de desajustes: “La rapidez de los cambios nos está perjudicando y está planteando problemas difíciles de resolver… Estamos siendo castigados con una nueva enfermedad, cuyo nombre quizás aún no han oído algunos de los que me lean, pero de la que oirán mucho en los años venideros, es decir, paro tecnológico. Esto significa desempleo debido a nuestro descubrimiento de los medios para economizar el uso del factor trabajo sobrepasando el ritmo con el que podemos encontrar nuevos empleos para el trabajo disponible. Pero ésta es solamente una fase temporal del desajuste. Todo esto significa, a largo plazo, que la humanidad está resolviendo su problema económico. Predeciría que el nivel de vida en las naciones progresivas, dentro de un siglo, será entre cuatro y ocho veces más alto que el de hoy… Y en cualquier caso no sería disparatado contemplar la posibilidad de un progreso todavía mayor”.
  • Señaló que al resolverse el problema económico, se producirían también grandes cambios morales: “Cuando la acumulación de riqueza ya no sea de gran importancia social, habrá grandes cambios en los códigos morales… El amor al dinero como posesión -a diferencia de la moral dinero como un medio para gozar de los placeres y realidades de la vida- será reconocido por lo que es, una morbosidad algo repugnante…”.
  • Y que todos esos cambios serían graduales: “Los acontecimientos se desarrollarán sencillamente en el sentido de que habrá clases y grupos mayores de personas en los que los problemas de la necesidad económica prácticamente habrán sido eliminados. La diferencia crítica se comprenderá cuando esa condición se haya generalizado tanto que la naturaleza del deber de uno hacia su vecino haya cambiado. Porque seguirá siendo razonable tener objetivos económicos en relación con los demás cuando haya dejado de serlo en relación con uno mismo.”

Entonces, con los datos aportados en el Foro de Davos de este año, ¿nos encontramos en la etapa de transición hasta superar el problema económico, es decir, el de subsistencia? ¿Debemos seguir fingiendo todavía, como señalaba Keynes, que lo justo es malo y lo malo es justo, porque lo malo es útil y lo justo no lo es?

Creo que la etapa de transición ha entrado en un nueva fase, como consecuencia de la rapidez de unos cambios tecnológicos que quieren presentarse como neutrales cuando llevan detrás toda una serie de valores y de modelos de organización sociedad, que no están decidiendo los ciudadanos en sociedades democráticas.

La tecnología no es el fin, tiene que ser un medio para una organización social, para una sociedad donde en el centro está la dignidad y el bienestar de las personas. Y a partir de ahí, se establecen adecuadamente los objetivos morales, sociales y económicos. De lo contrario, los cambios tecnológicos serán un fin en sí mismo al servicio de una élite económica que cada vez acumulará más riquezas y generará más desigualdad y sufrimiento.